Lecturas Perjudiciales

Bitácora del lector: Oscuridad en luz alta de Alejandra Lerma (II)

In Lecturas en progreso on 7 marzo, 2016 at 2:09 PM

libro oscuridad en luz alta

Por Pablo Hernán Di Marco para Barbarie Ilustrada

Como les conté ayer, mi cuarta opción a la hora de poder seguir leyendo cuando no tengo plata para comprar libros se llama: “El Cofre Colombiano” (les ruego me permitan la utilización de mayúsculas para referirme a mi querido Cofre). ¿De qué trata? Acá va la pequeña historia:

El año pasado me invitaron a Colombia para dictar una conferencia sobre literatura ante unos doscientos alumnos de escuela secundaria.  Como soy incapaz de dictar nada y las conferencias me resultan soporíferas, me limité a sentarme en el borde del escenario para conversar sobre los libros que más me gustan. Estaba convencido de que los chicos escaparían corriendo o que, en el mejor de los casos, se quedarían todos dormidos, pero por suerte demostraron entusiasmo y fueron increíblemente participativos. La semana pasada ocurrió algo simpático: una chica que asistió a esa charla me escribió un mail contándome que se negó a seguir leyendo unos cuentos que le había dado su profesora de Literatura. Su excusa fue que: “El año pasado vino un argentino que nos dijo que a nuestra edad la única literatura que sirve es la que entretiene. Y que si un libro nos aburre, debemos dejarlo de lado”. Puedo imaginar la cara de la profesora al escuchar aquello. Supongo que ese fue mi pequeño aporte para que los argentinos sigamos siendo lo más detestados del continente.

La charla con los chicos no fue la única alegría de aquel viaje. También aproveché para recorrer Bogotá y pasar el mayor tiempo posible con tantos amigos a los que mucho quiero y poco veo. Y como si todo eso no bastase, siempre hay un premio extra a la hora de volver de Colombia: recibo infinidad de libros de regalo. Tantos, que debo hacer malabares para distribuirlos en las valijas para no tener que pagar exceso de equipaje. Porque mis amigos colombianos son más perspicaces que mi abuela, ellos no me regalan espantosos calzoncillos verdosos, sino adorables y relucientes libros: una novela de Jerónimo García Riaño, el nuevo poemario de Luz Mary Giraldo, cuentos de Andrés Mauricio Muñoz, más cuentos de J.J. Junieles, los dos tomos de Cuentos y relatos de la literatura colombiana, la Obra Completa de Cepeda Samudio que Daniel Ferreira me regaló durante una etílica noche en la librería Luvina… en fin, un listado interminable. ¿Y saben qué? Son todos buenos libros. Todos, del primero al último. Les cuento un secreto: soy un lector quisquilloso. No me gusta la mayor parte de lo que leo (coincido con mi editor español cuando señala que buena parte de los libros que se publican parecen escritos por un mandril borracho), pero cada vez que vuelvo de El Dorado lo hago con un tesoro de libros bajo el brazo. Y a ese tesoro lo llamo: “El Arcón Colombiano” (ya lo saben, con mayúscula), y a él recurro cuando mi economía se descalabra, cosa que ocurre cada vez más seguido.

Entonces ahí lo tienen: la bendita Opción 4. Y a ella debí recurrir anoche, cuando en plena madrugada daba vueltas por mi departamentito desesperado por conseguir algún libro que me arranque del insomnio y la grisura.

Sin embargo, esta vez ocurrió algo extraño cuando comencé a revolver mi Arcón Colombiano: entre las decenas y decenas de ejemplares descubrí uno que jamás había visto. Un poemario de unas cien páginas, de edición cuidada, en su portada el dibujo de una mujer de cabellos efervescentes. Su título era Oscuridad en luz alta y su autora Alejandra Lerma. ¿Por qué jamás me había percatado de ese ejemplar? Traté de hacer memoria. No recordaba que alguien me lo hubiera regalado, y tampoco conozco a la autora. Saqué el libro del Arcón y me eché en mi sofá favorito (en realidad es el único sofá de mi minúsculo departamento). Aquel misterioso poemario de extraña procedencia sería mi lectura de esa madrugada. Acomodé una almohada bajo la nuca y leí la solapa. Caramba, la chica nació en 1991, o sea que tiene… 24 años. Seguí leyendo: comunicadora social, periodista, invitada a infinidad de encuentros literarios en media América, ganadora de un par de premios, finalista en otros tantos, cinco libros publicados… Cerré el libro preguntándome qué estoy haciendo de mi vida. En el tiempo en el que a mí me llevó publicar un mísero libro esta chica publicó cinco. Mis maestras del colegio tenían razón: “¿Sabe cuál es su problema, Di Marco? Que es un vago. Usted es inteligente pero vago. Se lo repito, en caso que no lo entienda: usted es un VA-GO”. Malditas viejas, y para peor tenían razón. ¿Cómo pudieron descubrirme tan temprano? Y entonces pude escucharlas detrás de mí, un detestable coro de voces de pito diciendo: “¡Mírese usted, Di Marco! Haciendo papelones a sus más de cuarenta años, y mientras tanto esta encantadora muchachita recién nacida ya lleva cinco libros publicados. ¡VAGO!”. Me esforcé por espantar esas voces y me consolé recordándome que Saramago empezó a escribir a los cincuenta años, Camilleri a los sesenta y estupideces inconducentes de ese tenor.

Reabrí el libro. Me gusta revisarlos antes de empezar a leerlos; desenvolverlos, investigarlos, descubrirlos bien de a poco. El buen lector, al igual que el buen escritor, debe ser paciente. Al revisar las últimas páginas noté que no tiene agradecimientos. Una pena, me gusta que los libros tengan agradecimientos. La escritura es menos solitaria de lo que imaginan quienes no escriben. Aunque, claro, si la chica tiene cincuenta libros publicados de seguro que ya se quedó sin gente a la que agradecer. Volví a las primeras páginas y leí el prólogo escrito por un tal Jotamario Arbeláez. Como no lo conozco hago el esfuerzo de levantarme del sofá para buscar su nombre en la computadora. Caramba, veo en un ángulo de la pantalla que ya son las cuatro de la mañana. Debería acostarme. No, no pienso hacerlo. Este libro me tiene intrigado. Busco a Jotamario Arbeláez… Parece que el hombre fue algo así como uno de los fundadores del Nadaísmo y yo jamás lo había oído nombrar. Mis maestras olvidaron decirme que aparte de vago también soy bruto. Vuelvo a tirarme en el sofá y leo un pasaje del prólogo del buen Jotamario que me llama especialmente la atención. Al referirse a los libros de poesía, señala que:

     “… el producto difícilmente se vende, si se vende no se lee y si se lee no se entiende, el que lo entiende lo entiende mal y el que lo entiende bien, en general, se siente ofendido. Pero entre aquellos que lo compraron, lo leyeron y lo entendieron como era, se crea una cofradía casi idólatra que justifica el empecinamiento y el sacrificio”.

Lamento haber llegado a usted tan tarde, estimado Jotamario. Sepa que cuenta con mis respetos. A las personas inteligentes se las descubre en tres líneas.

Le pego una ojeada por arriba a algunos poemas. La chica escribe sobre la muerte. Está obsesionada con la muerte. Es más, uno de los poemas se lo dedica a Alejandra Pizarnik. Debería comunicarme con la autora para contarle que hace un par de meses visité el Cementerio Judío de Buenos Aires para dejar unas piedras sobre la tumba de Alejandra (así lo establece la tradición judía, dejar piedras en lugar de flores). En realidad debería comunicarme con la autora para presentarme y contarle que estoy escribiendo sobre su poemario. Aunque… creo que lo mejor que puedo hacer es empezar a leer sus poemas en profundidad. Algo me dice que tengo una perla entre las manos. Un nuevo tesoro de mi adorado Arcón Colombiano.

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