Lecturas Perjudiciales

Bitácora del lector: Oscuridad en luz alta de Alejandra Lerma (I)

In Lecturas en progreso on 5 marzo, 2016 at 1:03 PM

libro oscuridad en luz alta

Por Pablo Hernán Di Marco para Barbarie Ilustrada

De un tiempo a esta parte los lectores libramos una batalla a muerte contra un enemigo terrorífico: el precio de los libros. ¿Desde cuándo un padre de clase media debe hacer malabares con su tarjeta de crédito para comprar tres míseras novelas? Suelo descreer de las confabulaciones del estilo X-Files, pero reconozco que el desmedido precio de los libros parece un plan tramado por el mismo demonio con el fin de hacer caer todavía más bajo la mediocridad de la mente humana.

Días atrás me llamó la atención un capítulo de una biografía de Cortázar (por supuesto que lo leí en una librería, de parado; con lo que ahorré al no comprar ese libro llené la heladera de casa por una semana). Aquel capítulo describía a un Cortázar alejado del estereotipo romántico que adoramos imaginar: es cierto que el hombre vivía en la encantadora París, pero lo hacía en un calamitoso cuartucho con baño compartido, penando todo tipo de estrecheces económicas. Sin embargo, nuestro héroe no se veía obligado a leer en una librería de parado, compraba sus libros como si fuesen caramelos, y los pagaba con dinero contante y sonante. De más está decir que estamos hablamos de alguien que amaba la lectura,  pero el mismo Cortázar reconoce que si podía darse ese gusto era porque en aquellos tiempos un libro costaba menos que un café.

¿Cuándo fue que nos desbarrancamos a este sótano en el que los libros se convirtieron en artículos casi de lujo?

Alguna vez alguien me dijo que todos debemos tener un plan B. Nunca pude aplicar esa máxima: siempre fui de los que ponen todos los huevos en la misma canasta (y así me va en la vida), pero en lo que a precios de libros se refiere, no me quedó otra que buscar planes alternativos. A fin de cuentas tengo muy en claro que, valgan lo que valgan, no pienso privarme del placer de la lectura. Es más, a veces creo que lo único que hago bien en esta vida es justamente eso: leer. Y no hablo tan solo de alta literatura. Porque, a decir verdad, yo leo cualquier cosa. Puedo empezar con Tolstoi, seguir con el siglo de oro de la literatura española, y terminar con el suplemento deportivo del diario (se reirían de mí si pudiesen verme  bajo la ducha, leyendo con ridículo interés las microscópicas letras de la etiqueta del champú).

¿Quieren saber cuáles son mis planes alternativos para combatir el insólito precio de los libros? Los llamaré opciones, y acá se las enumero:

Opción 1: Que me regalen libros. Debiera ser una magnífica opción, después de todo no hay nada más maravilloso que recibir libros de regalo, pero por desgracia jamás me sucede. No entiendo por qué, pero tanto mi madre como mi abuela (los únicos seres en el planeta que muy de vez en cuando me homenajean con algún presente)  han tomado la detestable costumbre de no regalarme otra cosa más que calzoncillos de un horroroso y sospechoso color verdoso (me disculpo por la rima). Pasemos a la siguiente opción.

Opción 2: El robo. Sí, robo, hurto, sustracción o como prefieran llamarlo. ¿Quién no se olvidó de devolverle un libro a un amigo? ¿Quién no se llevó por descuido alguna novelita de una librería? Una vez un sacerdote me dijo que los únicos ladrones que no caen al infierno son los ladrones de libros. No sé si será cierto, pero… creo que no es una opción acertada. Tengo un hijo de 4 años. Se supone que soy la principal referencia ética y moral de mi pequeño, no puedo ir por la vida ocultando libros en el forro falso de mi campera (acabo de delatarme, esa era mi arma secreta en mis viejos tiempos de ladrón de libros. Les ruego confidencialidad). Por lo tanto la opción 2 también queda descartada. Sigamos adelante…

Opción 3: Leer en las librerías. A diferencia de las dos anteriores, esta opción es sumamente viable (ya les comenté que así fue como leí aquella biografía de Cortázar). Buenos Aires se ha vuelto una auténtica jungla invivible, pero debo reconocer que cuenta con alguna que otra librería medianamente acogedora. Y a los empleados de esas librerías (nótese que no me refiero a ellos como “libreros” ya que el librero es una especie en vías de extinción como el koala) muy poco les importa tener a un pobre infeliz parado dos horas con un libro abierto ante un estante. Claro que esta opción cuenta con una contra: quienes amamos la lectura precisamos quedarnos con los libros que leemos. Adoramos acariciarlos, olerlos (no hay perfume francés que se asemeje al aroma de ciertas páginas), revisarlos en busca de pliegues y marcas y, al fin, guardarlos en el rincón adecuado de nuestra biblioteca. Terminar de leer un libro y no poder llevármelo a casa me provoca un profundo vacío. Es como comprar un pasaje de tren y quedarse por siempre sentado, cual Penélope, en un banco de la estación. Por lo tanto la opción 3 es viable, pero con reservas.

Por suerte, cuento con una última opción. Una que hasta aquí jamás me ha fallado, una que me permite disfrutar del placer de la lectura sin poner en jaque mi economía, ni avergonzar a mi hijo, ni pedirle a mi abuela que por favor deje de comprarme esos espantosos calzoncillos verdosos.

¿Cuál es esa opción? Es la Opción 4. Y me gusta llamarla: “El Cofre Colombiano”. Supongo que querrán saber de qué se trata. Se los cuento mañana mismo.

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