Bitácora del lector: Reunión y otros relatos de Julio Cortázar (II)

reunion y otros relatos libro

Por Edgar Cuero Córdoba

Domingo 7 de Febrero de 2016. Cartas de mamá.

Dos de la tarde. Cenit de sol radiante y áspero. Burbujeos de calor invadiéndolo todo. Me dicen con alharaca que hay cinco planetas alineados ¿En qué nos favorecen? Pregunto. ¿Solucionan algo? Vuelvo y pregunto terco. Es que el humor se me ha torcido, tengo rabia, (a quién más le importa mi malestar si no a mí) antes de colocarme los tapones en los oídos para poder leer y escribir, la televisión grita de júbilo: Muerte infantil en la Guajira. Hambre, dolor y sed. Desnutrición y muerte infame de 12, de 20, de 40 niños. Horroroso sol recalcitrante que se suma al hambre de esas criaturas. Y lo juro de verdad, desde hoy en adelante no volveré a decirle a mi mujer: me estás matando de hambre con esa dieta. En estos instantes me da pena pensar así. Acabo de almorzar: un trozo de carne asada que cabe en la cuenca de mi mano, una taza de ullucos al vapor, ensalada bañada con gotas de aceite de oliva y un vaso de jugo de maracuyá sin azúcar. Mientras los niños y la humanidad sigan muriendo de hambre no vuelvo a pensar así.

Vuelvo al segundo día de la bitácora y compruebo, antes de arrancar la navegación, el título de la isla donde vamos a atracar: Cartas de mamá, doce hojas. Sugestivo arranque de sutileza y amor. Así era cuando las mamás escribían cartas, colocaban su corazón en la pluma y brotaban pesares al referirse al difunto, miles de besos y abrazos al nuevo nieto, generosos augurios a los recién casados, regaños y bienvenidas al hijo que sigue lejos; lo mismo que al esposo lejano por el trabajo: cuidado con las mujeres de espíritu volátil, mi corazón siempre será tuyo.

Luis casado con Laura vive en un departamento, hay una portera que siempre le entrega las cartas que llegan de Argentina, Buenos Aires. El narrador me cuenta que las cartas son como una pulsera policial en los tobillos de la pareja para comprobar cada mes que ellos siguen allí en París. La madre lo quiere saber o Luis se lo imagina. Libertad condicional me dice la lectura. Yo hubiera querido saber si el edificio era gótico, o de la época de la revolución y la guillotina o si en la entrada tuviera un cafecito de esos olorosos a café, torta y coñac que tanto muestran en las películas. Cortázar es economizador no cabe duda. De un tiempo para acá esas cartas le han traído malestar a Luis y  por ende a Laura. Y yo que hablaba del corazón de las madres puestos en la estilográfica. A Luis le causaba desazón el paréntesis en las cartas de su madre. Palabras o una palabra envueltas entre paréntesis quebraban la fisonomía de una alegre carta, llenándola de estupor, de augurios no placenteros o de desdichas familiares. (Esto lo dice el narrador y yo lo leo) ¿Qué hace Luis? Contestar las cartas para poder respirar tranquilo. El personaje que va informando me trasmite que la charla doméstica entre Luis y Laura es poca, (yo medito y tomo agua, este calor seca todo) será por falta de hijos, o ya no tienen de qué parlar, las cartas que leen los vacía todo un mes de argumentos, o contienen noticias que les merma toda capacidad de raciocinio. El narrador atento a las suspicacias me dice: ellos van a cine y hacen el amor de forma regular y tienen unos vecinos de lo más queridos. Yo me comento ahí no está el problema. Entonces el dicho narrador que entra y sale cuando quiere me presenta la familia: Nico el hermano de Luis de entrada tísico, (A estas alturas de la vida ¡que descuido por  Dios!) no sé cuál de los dos es el mayor, a Cortázar no le interesó aclarar este tema. Me imagino a Nicolás siendo el menor, el último, el mimado debido al esfuerzo final de la mamá en cuestiones de parto. Agradecida cariñosamente lo dejó Nico y así quedo para todos. La tía Matilde con la clavícula partida, no importa saber cuándo ni dónde había ocurrido el hecho. Resbaló seguramente por una cascara de basura en el piso. El tío Emilio el que no les escribía ni mandaba saludes. Lleno de rencor el viejo, debe de tener sus años de suplicios, supongo. ¿O  sería por la boda a la carrera todavía con el corazón del moribundo bombeando muerte? Víctor, los de París querían usar su nombre, para embaucar a la vieja o a mamá. ¿Qué labor realiza este Gil? Vaya uno a saber. Y los perros que no han de faltar: el Boby y el Negro, pulgosos  y bobos, me parece que esto último es de Cortázar. Al escritor le gustan los gatos y por ende debe de odiar a los perros. Todo esto ubicado en el caserón de Flores, muy grande para mamá. El del relato me dice: siéntese a sus  anchas, lo voy a dejar que siga de largo con la historia y si tiene algo que decirme me lo informa.

Nico y Laura fueron novios mucho antes que Luis y Laura. Nico tosía con frecuencia y  jugaba ajedrez y le jalaba a lo de las estampillas. Nico presentó a Laura ante su mamá y esta la aceptó como hija, necesitaba una hija política, otra mujer para ayudar en lo de planchar las camisas. Luis se interesó en lo ajeno. Lo prohibido y lo ajeno se nutren. Luis juega tenis, prácticamente son las élites las interesadas en estas disciplinas. Luis es publicista. Lo que es lo mismo ser un obrero informado. ¿Eso le gusta a Laura, publicidad y tenis? ¿Y el ajedrez de Nico? Es un juego de dedo parado. De Laura se sabe que es huérfana, necesitada de amor y cariño como toda alma sola. Le gusta el baile (Y a quién no pebeta). Prácticamente Luis se la arrebató con frenesí de los brazos a Nico. Con triquiñuelas de buen hermano samaritano.

Aquí el narrador que puede ser Luis nos cuenta que a él le gusta la orquesta de Edgardo Donato y se lleva a la piba para los bailongos y se lo cuenta a su mamá y el enfermo también lo sabe entre tos y tos aceptando que su hermano acompañe a la damita y la divierta. Y el maula de Luis presta carro y todo a un amigo petiso, emborracha a Laura y la lleva a un lado del puente sobre el arroyo y la hace suya. Se me vino a la mente “El puente sobre el Río Kwai” pero sin guerra. Con la luna, que parece suspendida en el marco de una ventana de hotel”. De qué película habrá sacado esta escena Cortázar. Escena muy recurrente en las comedias de amores gringos. Aquí cabe un pedazo de tango: “Como juega el  gato maula con el mísero ratón”. Concordancia entre Luis y Nico. El narrador no me deja suspirar. Tomo  un respiro a la brava, bogo más agua y me como una manzana entera. Me siento atosigado ante la bajeza de Luis, le gusta todo muerto. Ave rapaz. Camino del pequeño estudio a la sala y viceversa mirando de pasada y vuelta mi escritorio de tinterillo. El libro está abierto para que respire. Cinco de la tarde, bochorno dominical. El sol continúa colgado entre las nubes. (Caluroso lugar común). La atmósfera amerita un receso más extenso con acompañamiento musical, pienso en Nina Simone, en su piano, en su percusión, en su voz, en su tema Sinner Man y en sus variantes desde 1965 a 1976. Suena el disco. Mutuamente nos observamos una botella de wiski colocada en un aparador y yo frente a ella. Ambos sabemos que aun cuando ella es de verdad, para mi cumple la función de simple adorno.

Luis nunca tuvo valor de disimular su necesidad de Laura, ante el enfermo no había necesidad de hacerlo. Ni ante las preguntas que él mismo se hacía sobre Laura, sobre Nico, no sabía cómo responderlas. Este punto de vista lo discuto con el narrador. Qué iba a ser capaz de decirle a Laura que Nico se dirigía en barco hacia París. Es que Nico está muerto qué viene hacer a París Seguramente lo pensó y volvió a echar reversa, no le avisó por miedo a que se le avivaran las pesadillas a Laura, pesadillas semejantes a las de Ana Karerina, que en las mujeres son muy elocuentes. ¿Amores caprichosos? No se sabe. Mejor: yo no lo sé.

Esto no lo dice el narrador. Lo digo yo, como algo sacado del cubilete del mago. Antes estas crisis, Luis solamente le daba agua para apagarle el fuego que ella aún sentía por el difunto. El muerto, el hermano, el cuñado, el novio latente que habían acompañado a su tumba con los vestidos aún puestos de la ceremonia matrimonial. Pasarse por la faja a la vieja, a la mamá; llegar a pensar todos que la vieja estaba loca, demente. Miro al narrador y le digo: se te olvidó el alzhéimer. Por mi parte le ayudaría a la vieja a vengarse de ese par de mensos que están en París. Es más le voy a aconsejar que de la pensión invierta más en las cartas, que sean constantes, diarias no cada mes. Que esas cartas que mande la mamá todos los días digan: Nico llegó a Valparaíso y me mando una postal, en Callao se bailó un vals; en Ecuador no atracó el barco debido a una terrible tormenta; en Buenaventura comió cocadas, me cuenta que ustedes allá en París se van a derretir cuando las coman y así sucesivamente hasta que Nico llegue a Francia. ¿Qué le parece a usted amigo narrador mi idea? Mala esa idea, me contesta. Yo la quise loca me dice Cortázar y por eso le di el protagónico. ¿Pero para que darlo si ella está loca? Me digo. Me lo imagino de pie al lado de una ventana parisina en un segundo piso envuelto en la neblina de un largo cigarrillo mentolado y al fondo un vinilo con música de jazz. A Cortázar le gustan los gatos, uno de ellos esta echado sobre sus zapatos. Entonces quedan los tres: la pareja maleva y la mamá. Yo como lector ya no le puedo decir vieja ni loca, ahora más que nunca le brindo respeto estando de su parte. No dejo de reírme. A la mamá la veo en la misma situación cuando lea la carta de vuelta. Sí mamá (O mejor lo pongo como argentino) “Si vieja ya llego Nico a París imagínate, con Laura no dejamos de asombrarnos de lo flaco que esta, te aterras vieja”.

Me imagino a mamá afilando más aún su venganza.

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