Lecturas Perjudiciales

Augusto Monterroso: Dos Fábulas de escritores

In Casa de citas, Parodias on 16 febrero, 2016 at 1:47 PM
Augusto Monterroso - Foto Rogelio Cuéllar

Foto Rogelio Cuéllar

Por Augusto Monterroso

El Mono piensa en ese tema

¿Por qué será tan atractivo —pensaba el Mono en otra ocasión, cuando le dio por la literatura— y al mismo tiempo como tan sin gracia ese tema del escritor que no escribe, o el del que se pasa la vida preparándose para producir una obra maestra y poco a poco va convirtiéndose en mero lector mecánico de libros cada vez más importantes pero que en realidad no le interesan, o el socorrido (el más universal) del que cuando ha perfeccionado un estilo se encuentra con que no tiene nada que decir, o el del que entre más inteligente es, menos escribe, en tanto que a su alrededor otros quizá no tan inteligentes como él y a quienes él conoce y desprecia un poco publican obras que todo el mundo comenta y que en efecto a veces son hasta buenas, o el del que en alguna forma ha logrado fama de inteligente y se tortura pensando que sus amigos esperan de él que escriba algo, y lo hace, con el único resultado de que sus amigos empiezan a sospechar de su inteligencia y de vez en cuando se suicida, o el del tonto que se cree inteligente y escribe cosas tan inteligentes que los inteligentes se admiran, o el del que ni es inteligente ni tonto ni escribe ni nadie conoce ni existe ni nada?

El Zorro es más sabio

Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.
Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.
El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro.
Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa.
Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir «¿Qué pasa con el Zorro?», y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.
—Pero si ya he publicado dos libros —respondía él con cansancio.
—Y muy buenos —le contestaban—; por eso mismo tiene usted que publicar otro.
El Zorro no lo decía, pero pensaba: «En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer». Y no lo hizo.

***

En mi alto insomnio veo a veces a un niño de nueve o diez años, sentado en una silla reclinada contra la pared de un corredor y sostenida en el piso sobre sus dos patas traseras. A lo lejos, más allá del río, aparece una vez más, insistente, la ladera polvorienta en la que el niño ve un día tras otro las diminutas figuras de dos campesinos moviéndose lentamente con su buey y su arado, y que a fuerza de repetirse se han vuelto familiares. En ocasiones, con un par de anteojos de larga vista, puede ver casi al alcance de la mano sus rostros curtidos por el sol, su ropa, consistente en camisa y pantalón de manta blanca, y sus toscas sandalias de cuero, llamadas «caites», con que apisonan el surco después de depositar en él las semillas de maíz.
El niño tiene en las manos un grueso libro abierto que ha apoyado por un momento en sus piernas.
En una lámina de ese libro se ve por tierra, traspasado el pecho de parte a parte por una espada, el cuerpo de un hombre muy joven, un adolescente, quizás; a su lado, en el suelo y casi perpendicular a la herida de entrada, se insinúa un pequeño poso de sangre; atrás, una mujer notoriamente abatida por el hecho cubre su rostro con ambas manos: quiere y no quiere ver al caído; otro personaje flexiona la pierna derecha y tiende sus brazos en dirección al herido, en actitud de quien va a socorrerlo. Más al fondo, pero no lejos de esta escena, se ve un grupo de seis personas, entre las cuales puede observarse una sin mayor relieve, excepto por el hecho, aquí como natural, de que viste peto y hombreras de armadura antigua, sostiene un escudo redondo en su brazo izquierdo, y con la mano de ese mismo brazo empuña una lanza nada amenazadora que apoya con firmeza en el suelo.
Entre la escena viva campestre (todavía no conoce la palabra «bucólica») de sus campesinos reales, y la imaginaria del libro Don Quijote de la Mancha compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra más de trescientos años atrás, en la que el ingenioso Basilio el Pobre se vale del ardid de fingirse suicida para minutos antes de la boda birlarle la novia a Camacho el Rico, se está decidiendo el camino, en realidad largo y tortuoso pero no necesariamente dramático, por el que el niño arribará, arribó ya sin que él mismo lo sospeche, a dos cosas que serán fundamentales en su vida: la literatura y la toma del partido del débil frente al poderoso.

En otro instante y en otro lugar de aquella casa, el mismo niño, por la tarde, espera inquieto la entrega del diario El Cronista con la tira de tres dibujos sucesivos en que momentos más tarde observará, como detenido en el tiempo, un mínimo pero para él importantísimo episodio del viaje del navegante portugués Vasco de Gama en busca de nuevos mundos. Ya está ahí la carabela que navega en mar abierto a vela desplegada, y en cuya cubierta, con algo que puede ser un mapa en la mano de uno de ellos, tres hombres de barba vestidos con ropas y cascos semejantes a los de los conquistadores españoles del siglo XVI discuten, agitan los brazos con calor, y deciden valientemente continuar su derrotero hacia lo desconocido. Esta noche, Vasco de Gama y sus compañeros de peligros llenarán la imaginación del niño y apartarán su mente del paisaje campesino inmediato, así como de su propia época, para hacerlo compartir con ellos aquella aventura real (puesta ahí ahora en el reino de la fantasía) que los llevó a explorar el planeta por caminos más largos y tortuosos que los que guiarán a su absorto admirador hacia la literatura, en la cual se encuentra ya sumergido ese atardecer impaciente.
Los caminos que conducen a la literatura pueden ser cortos y directos o largos y tortuosos. El deseo de seguir en ellos sin que necesariamente lo lleven a ningún sitio seguro es lo que convertirá al niño en escritor. Una vez más, entre la escena real y la imaginaria, escoger esta última es una decisión inconsciente que tendrá que pagar en lo que le espera de vida con una alta cuota de trabajo, disciplina y sufrimiento, si quiere en verdad no llegar nunca, explorar mundos desconocidos y, sin detenerse, seguir de nuevo como al principio.

***

Augusto Monterroso en Palabra Mayor (1992)

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