Bitácora del lector: El corazón de las tinieblas II

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Por LC Bermeo Gamboa

Día 2, enero 9 de 2016

El rostro sonriente de Borges y en la otra página el prólogo, no por conocido, menos precioso, donde dice: “Ojalá seas el lector que este libro aguardaba”. Lo miraba y lo leía, mientras descansaba en un sofá de la habitación 410 en la Clínica de Occidente de Cali, donde acompañé a mi hija de cuatro años: Valentina, mientras superaba el tratamiento de quimioterapia por leucemia, 23 largos días en los que intenté leer, Dios sabe que sin descuidarla, con la intención de fugarme, sólo por ratos de mi situación llena de incursiones.

Enfermeras, enfermeras, medicamentos aplicados siempre dolorosamente por su bien, médicos, especialistas, resultados diarios, avances, novedades, va mejor, Dios gracias, sostener con toda la delicadeza que se pueda a tu hija para que se deje sacar sangre por enésima vez, consolar, contener lágrimas, día, noche, caminar por el mismo piso, máquinas pitando, se acabó el medicamento, cambio, pitido, se obstruyó la vena hay que pinchar de nuevo a la niña, lo sentimos mucho, ella lo siente más, papá chichi, papá sed, papá hambre, papá popó, papá tengo mucho calor, papá me duele el brazo, papá quiero irme ya. Falta poco, amor, resiste que vas muy bien.

En la noche cuando ella dormía descansando unas horas antes del temido examen de sangre de las 12, entonces yo bajo una pequeña luz, y en el sofá, retomaba ese párrafo eterno que no había podido avanzar en todo el día. Apenas el prólogo, ese pararrayos según Lichtenberg, allí estaba Borges esperando como un caballero y me formulaba de nuevo el reto: “Ojalá seas el lector que este libro aguardaba”. En sus prólogos Borges desarrolló ese oficio de bibliotecario que consiste en imponer a los demás nuestras preferencias, prestando su voz indefinidamente para invitarnos a leer, para retarnos a leer, y al tiempo, seleccionando del montón una suma de libros que, de no ser por ese talento para interesarnos en otros autores además de Borges, tal vez nadie más se tomaría el trabajo de recomendarnos ¿de cuántos volúmenes se compone la biblioteca prologada por Borges? Borges prologó a varios contemporáneos suyos, a Norah Lange uno de sus amorcitos que se le fue con Oliverio Girondo el poeta de las Calcomanías y El espantapájaros —Valga la aclaración que Borges lo detestaba, sólo porque lo consideraba un poeta vulgar—, a Silvina Ocampo su amiga mucho más cercana que la aristocrática Victoria, desde luego a Bioy Casares en La Invención de Morel, incluso existe un falso prólogo para el libro Pensamientos de un hombre llegado el invierno del poeta colombiano Harold Alvarado Tenorio, se dice que Borges lo aceptó como algo que quizás él habría escrito.

Tantas interrupciones para llegar a este libro y poder empezarlo de una vez, leer en estas condiciones es todo un parto shandiano, y a esa hora de la noche conservaba el valor pero ya no la fuerza, por lo que enfrente del título El corazón de las tinieblas, me quedé pensando en lo que sabía, hasta ese momento, sobre la obra y la vida de Joseph Conrad, recordé haber leído un pequeño relato del que tenía claro una cosa; había sido intenso, no era de esas narraciones que te dejan ileso, trataba sobre un capitán muy joven en su primera aventura al mando, no conservaba ninguna escena en particular, sin embargo lo que más identificaba era una voz de viejo sabio, como si lo que recordara fuera a la persona que me contó la historia más que la historia misma, aparte de eso bien poco sabía de su obra. Del propio Conrad tengo memoria de una época en la que la televisión me enseñó bastante de literatura universal, entonces no tenía muchos libros y ningún amigo lector que me dieran la oportunidad de conocer algo más, estaban los periódicos y los suplementos culturales que muy pocas veces sorprendían, al parecer sus temas eran los mismos de la escuela, lo cual era razón suficiente para ignorarlo, no quedaba más que la caja idiota que en esos años tenía el propósito de difundir la cultura y el arte, aún el espectáculo era célula cancerígena apenas desarrollándose, no había hecho metástasis como hoy, por lo que la televisión en el fondo parecía contribuir al humanismo, además había llegado la televisión por cable con canales extranjeros; gracias a esto yo conocí en la televisión peruana series como Los Simpson antes que la transmitieran en Colombia, pero sobre todo le debo mi educación, tal vez mi anglofilia, a los años viendo indiscriminadamente lo que se transmitía por Film & Arts, todo lo aceptaba sin queja, el humor, el drama, la música, las series y los documentales, de todo recuerdo con aprecio la serie de Great Books que grabé en VHS y la de Grandes escritores de la BBC en la que dedicaron uno a Joseph Conrad —que pueden ver al final de esta entrada—.

Vagamente recordaba, en aquella habitación fría de la clínica, algunas imágenes de la película Apocalypse Now de Coppola —que vi en VHS—, un bote por un río y a Marlon Brando recitando Los hombres huecos de T. S. Eliot,  mucho después leí que esa película estaba basada en un libro de Conrad, ahora veía un hombre calvo y enfermo que también era El padrino, Vito Corleone lo veía tan parecido a mi padre —no en lo mafioso, sino en lo de viejo querido— ahora veía el rostro sonriente de Borges, ¿cómo estaba mi padre? Me pregunté en ese momento, tuve ganas de llamarlo pero era ya muy tarde, mejor dormir un poco antes de…

—Señor, señor. Buenas noches, disculpe pero podría despertar a la niña, ya sabe que tiene exámenes de sangre.

En casa, después de casi un mes, con mi hija de vuelta y mucho más sana, sobre mi cama emprendí la lectura de El corazón de las tinieblas. Una semana después de concluida la lectura, escribo esta bitácora, que está resultando ser, en realidad, las memorias de un esforzado lector.

Aún no sé el nombre de la librería que les hablé, de su dirección les puedo decir que está muy cerca de la Clínica de Occidente, no quiero faltar a mi promesa, por eso, apenas pueda les informo con todo detalle, tal vez en la próxima entrega.

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