Bitácora del lector: El corazón de las tinieblas I

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Por LC Bermeo Gamboa

Joseph Conrad – El corazón de las tinieblas

Día 1, diciembre 29 de 2015

Con algo de dinero que logré rescatar de los gastos decembrinos, de los sobrantes que iban quedando de las compras y los pagos de deudas, fui juntando una pequeña suma para libros, así en abstracto, jamás pienso en un libro específico, soy como un niño que piensa en juguetes pero no en un juguete porque espera encontrar algo desconocido que lo sorprenda y lo enamore; así voy yo a las librerías y las pocas veces que he ido a comprar un libro determinado, salgo con otro. Es bueno aclarar que las librerías que yo frecuento son la librerías de viejo, esas donde con una pequeña suma puedes comprarte un kilo o más de literatura, parecido a lo que hacen las madres en el mercado cuando tienen poco dinero y con eso esperan comprar la cantidad de papa necesaria para las comidas de la semana, así que no van al supermercado, se dirigen a la galería a buscar los saldos de papas picadas y sucias que, finalmente, lavadas, peladas y cocinadas son el mismo manjar.

Entonces yo a mis ´pesitos de fin de año’ no los iba a devaluar en La Nacional que es la más conocida y cara librería de Cali; lo mejor fue acordar con mi amigo Edgar, que hace tiempo quería conocer algunas librerías de viejo en la ciudad para “saber adónde ir cuando sobre platica para libros”, una visita a las librerías el lunes 28. Pero él no pudo ese día por alguna diligencia de fin de año en la que todos andan ocupados, contuve mi ansiedad un día más y el martes partimos a las 9 A.M. de Yumbo rumbo al centro de Cali, a 30 minutos, a una librería de viejo cuyo nombre jamás me ha interesado —ahora veo la necesidad— y de la cual no salimos hasta el mediodía.

Prometo, para los que puedan llegar a interesarse en visitarla, que la librería tendrá plena identidad en la próxima entrega de está bitácora. Puesto que la mayoría de estos negocios son informales, venta directa de libros y pago inmediato en efectivo, el interés de sus administradores por las herramientas web es poco, aunque de tener una rápida instrucción podrían darle un buen uso que contribuiría en sus ganancias y en el interés de los lectores.

¿Se hará necesario crear un grupo en Facebook para promover estos comercios tradicionales y nobles de las librerías de viejo en Cali? Para ello hay que reconocer algunas de ellas y establecer una relación con sus propietarios, que son comúnmente los mismos que atienden al público, para que nos tengan informados del modo más simple por Facebook, publicando una foto con lo que ha llegado ‘nuevo’ dando aviso de promociones tipo “Libros desde 500$ hasta 5000$”, cosa que debería generar alguna reacción en los miles de amantes de la lectura que hay en las redes sociales.

Pero ¿qué libro esperar por 500$? Yo me he encontrado, por ejemplo, la antología de Poesía española del siglo de oro hecha por Luis Rosales, las Crónicas de Marcel Proust traducidas por Eduardo Caballero Calderón, la Aproximación al Quijote de Martín de Riquer, las Cartas a Lucilio de Séneca traducidas por Julián Marías, es poco, me he llevado buenas ediciones de Vargas Llosa y García Márquez por 1000$. Si lo que quiere es leer, en físico, no le importará que estos libros sean amarillentos y con dobleces, a veces con subrayados y comentarios, puedo decirles que he encontrado libros autografiados de sus autores a sus antiguos dueños, autores amigos míos, libros que fueron propiedad de escritores que los vendieron por necesidad o por no regalarlos, por ganarse cualquier peso —todo lo cual hace más entrañable el libro, aun cuando no sea una gran obra literaria un detalle de este tipo me seduce—. No creo que un lector verdadero se abstenga de comprar un buen libro, una buena obra, porque el ejemplar es viejo y usado, son más las veces que me he arrepentido de comprar libros nuevos que luego trato de sacar sin perder la inversión, siempre hay alguien que quiere comprar el último del más reciente premio literario y con lo que rescato puedo adquirir algo inesperado como algún tomo de la vasta obra completa de Alfonso Reyes.

En todo ese tiempo cada uno deambuló con la mirada perdida en los anaqueles del lado este de la librería, la pared del fondo y la pared derecha hacen una L completamente abarrotada de libros del suelo al techo que con pedazos de cartulina fosforescente los han clasificado alfabéticamente, innecesariamente, el flujo de visitantes constantemente alteran esa pobre intención de orden moviendo libros de un lado a otro, sacándolos y dejándolos por allí a mano por si lo lleva no le toque volver a buscarlo, es un mercado al cual sería bueno llevar el canasto, el vendedor, que gracias a Dios jamás se acerca a un cliente, lo deja a uno rebuscar con libertad y sólo cuando uno lo llama para negociar llega con un trapo y empieza a limpiar los libros seleccionados.

La sección de literatura es toda la L que describo y otra hilera mucho más baja pero con libros a cada lado que va de la entrada hasta el fondo, así que forman una elle abriendo párrafo L mayúscula y l minúscula después, no sé cuántas veces dimos la vuelta a esa l minúscula, agachados viendo los libros del suelo, acurrucados incluso, erguidos con los brazos arriba sacudiendo pilas de libros para que cayeran y ver los que hay detrás ocultos, así mismo cada uno, Edgar y yo, fuimos armando un montón de libros preseleccionados, al mediodía cuando nos cansamos y sentimos hambre, nos fuimos cada uno a su montón; no recuerdo cuántos ni cuáles eran los suyos, en los míos que eran alrededor de 15 estaba un diccionario de citas, uno de memorias y ensayos de Octavio Paz, uno de estética, uno de Daniel Samper Pizano, uno de Henry Fielding, uno de Gonzalo Torrente Ballester, uno de Conrad y ya no sé más.

Yo disponía de 35000$ aunque mi esposa me había pedido que de ahí mismo, si podía, le comprara un libro de sopa de letras a su madre, y yo había destinado al menos 500$ para un cigarrillo Marlboro, por eso cuando llegó el vendedor le ofrecí 30000$ por 7 de los 15 libros. Imposible. Me arriesgué a ofrecerle 4000$ más, que la madre de mi esposa me perdone por su sopa de letras. Imposible. Ya no podía ofrecer más. Me dijo que con eso solo podría llevar 3 libros, que eligiera cualquiera. Primero tomé uno sobre el que guardaba curiosidad desde que fue publicado hace pocos años: Versos chuecos, las mejores peores poesías de la lengua española de Daniel Samper Pizano, luego aseguré una joya de la literatura inglesa que encontré ese día, el Tom Jones, expósito de Henry Fielding en una edición bastante buena de Planeta, finalmente le rogué al vendedor que me dejara llevar dos libros más. Sólo 3 libros, repitió él. Entonces por razones que más abajo diré, no pudiendo tener todo lo que deseaba, me abracé a El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad y dejé con lástima La Saga Fuga de J.B., esa excéntrica novela del excéntrico Torrente Ballester.

Suspiro cuando escribo sobre los libros que he perdido, lo que hubiera sido tenerlos, no lo sabré, aún no lo sé, si supieran cómo me sentí cuando dejé perder la correspondencia de Reyes y Paz, cuando no me alcanzó para La estética de George Santayana, cuando ignoré Taberna in fábula de R.H. Moreno Durán, sólo puedo consolarme con las palabras del Borges despechado: “Nadie pierde sino lo que no tiene y no ha tenido nunca”.

¿Por qué El corazón de las tinieblas y no La Saga Fuga de J.B.? No puedo dar una razón crítica, sólo sé lo que he leído sobre ellas, puede ser bastante, pero no he leído las obras, sin embargo Heart of Darkness es un clásico y no he leído nada donde se lo niegue. Elegí El corazón de las tinieblas porque hay obras que llegan a ti para colmar una sed antigua y que al divisar la fuente te echas sobre ella como un beduino perdido mucho tiempo sin beber nada. Y si le agregamos que el libro, ahora a mi lado, es una edición de la Biblioteca personal de Borges que publicó Hyspámerica en España el año de 1986, el primer volumen de una colección de 72 obras seleccionadas y prologadas por Borges, importa también que la traducción es de Sergio Pitol quien en El mago de Viena escribió un sugestivo ensayo sobre Conrad y su obra que me determinó hace tiempo para leer, algún día, esta novela, allí dice Pitol: “Llegar a Conrad marca uno de los momentos inolvidables que puede registrar un lector”.

Sobre las 12:30 de la tarde nos marchamos de la librería y antes de subirnos al carro para regresar a Yumbo, Edgar me acompañó en el despejado lote del parqueadero, mientras fumaba complacido mi cigarrillo Marlboro, con los dedos sucios del polvo que los libros viejos me habían dejado.

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