Daniel Ferreira – Relecturas 2015

libro el sendero del zen

El sendero del Zen – Marco Vinicio Rueda (Imprenta del colegio técnico Don Bosco, Ecuador, 1980).

Buda es un estado del individuo, no el individuo mismo. Aceptar todo lo que la vida da y todo lo que quita. Cesar el sufrimiento (al cesar el tamaño de la ambición y el deseo). Parece tan fácil decirlo, en serio. Pero, ¿cómo se consigue? Hay múltiples caminos. Y hay uno especial. El sendero del zen. Camino en griego, era: método. El camino es para todos, el método es para todos, pero se hace en solitario. Aunque haya pasos cerrados. Aunque haya puertas que abrir, palacios infranqueables, puentes en el abismo. De cuatro nobles verdades derivaron todas las prácticas del budismo. Zen, mahayana, tibetano. A quien las profirió se le llamó Buda. Pero Buda era un punto a llegar. El camino podría ser múltiple. Sentarse en silencio permite la comprensión de todo y el cese del pensamiento y del deseo y del sufrimiento. El zen consiste solo en eso. Practicar el silencio. Zazen. Estar en el presente. Con la práctica llegarás a hacerlo todo en la paz que propicia ese estado. A aceptarlo todo. A dejar ir todo. Hasta la vida.

Marco Vinicio Rueda fue un sacerdote jesuíta ecuatoriano que tomó el sendero del zen. Fundó un dojo en Quito para la práctica y escribió un breve tratado en versos libres que sintetiza todo lo que hay que saber para echarse a andar. La moral es una ética, una ley, interiorizada. En este tratado no se crea una ley de conducta. Tampoco una doctrina. La voz que habla al lector no busca convencerlo de una doctrina ni convertir al incauto a algo que no puede nombrarse pero sí experimentarse. No tiene un lenguaje para iniciados. Ante todo, hay que decir lo que el libro no es: este libro no es una guía moral que impondrá orden y sentido. Si tu vida no tiene sentido, tampoco el zen te dará uno. Hay una descripción del camino. Hay diez meditaciones sobre el dolor, el sufrimiento, la apariencia, los enmascaramientos de vivir y la fragilidad de una vida humana. Hay un diálogo con el silencio y diez meditaciones sobre la verdad, que cohesiona todo y a la larga es el amor. Y hay un sentir que palpita en todo el diálogo: el fin de todos pareciera estar en la muerte. El libro ayuda a tener una vida perceptiva a la belleza, a la bondad, al milagro de estar vivo, a cuidar de tu cuerpo y a dejar de estar vigilados por el pensamiento.

Así como hay oraciones para invocar la muerte en los Salmos, así como hay poemas para despertar a la vida en Dickinson, así como hay elegías que ayudan a morir, como el Bardo tibetano, hay libros que ayudan a vivir mejor. No se necesita ser un monje. No se necesita de un maestro. Para percibir que somos partículas de algo que no puede nombrarse. Emily Dickinson logró comprenderlo, todo el misterio innominable, en el encierro de una casa en Amherst, Massachusetts. Un cura jesuíta frente a una pared blanqueada con cal en Quito, donde se sentaba a meditar durante veinte minutos cada noche, cada día de su vida. Lo comprendió Gautama después de meditar durante seis años bajo un árbol. Lo puede comprender un mendigo, como bien lo sabe Jaime Jaramillo Escobar en su último poemario, y como lo sabía Diógenes cuando dijo a Alejandro que para descansar un día no necesitaba conquistar el mundo. Lo puede descubrir incluso un asesino, como figura en la novela iniciática de Alexandra David Neel, Magia de amor y magia negra. Releí este libro varias veces durante 2015. Pensaba que el camino estaba ahí. Que era cuestión de echarse a andar en otro rumbo. Pero el camino está en el mismo rumbo. El camino dura lo que dure tu vida. Y a la vez está contenido en un instante. Ese instante que nos hace a todos héroes, porque tendremos que pasar por la muerte.

Daniel Ferreira (Colombia, 1981): escritor y bloguero. Autor de La balada de los bandoleros baladíes, Viaje al interior de una gota de sangre y La rebelión de los oficios inútiles (Premio Clarín de Novela 2014), los tres volúmenes pertenecen a Pentalogía de Colombia. Sus ensayos, reseñas, crónicas y relatos aparecen en su blog Una hoguera para que arda goya y en Blog en El Espectador.

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