Vicente Huidobro: la poética y el Dios de la palabra

Vicente Huidobro (1893 - 1948)
                         Vicente Huidobro (1893 – 1948)

Por Ásbel Quintero

El poeta chileno, Vicente Huidobro, que para algunos es el mejor de ese país, hizo obras dignas de recordación como “Altazor” y “Temblor de cielo”; en otros momentos dejó pequeños poemas como el que nos ocupa que son de una reveladora maestría a la hora de juzgar su fondo. No sé si sea un reto o una norma que los grandes poetas dejen una obra, un poema o un ensayo que hable de la génesis y el universo del hacer poético. Borges tiene su “Arte poética” y Octavio Paz su bello e ilustrativo libro “El arco y la lira”; obras que asombran por su mirada universal y su sencillez a la hora de legar su contenido. Aquí, el interés es hacer un recorrido por el poema de Vicente Huidobro “Arte poética” y tratar de entrar en su esencia aunque suela parecer ambicioso de mi parte.

 Arte poética

   Que el verso sea como una llave

Que abra mil puertas.

Una hoja cae; algo pasa volando;

Cuanto miren los ojos creado sea,

Y el alma del oyente quede temblando

   Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;

El adjetivo cuando no da vida, mata.

   Estamos en el ciclo de los nervios.

El músculo cuelga,

Como recuerdo, en los museos;

Mas no por eso tenemos menos fuerza:

El vigor verdadero

Reside en la cabeza.

   Por qué cantáis la rosa ¡oh, Poetas!

Hacedla florecer en el poema.

   Sólo para nosotros

Viven todas las cosas bajo el Sol.

***

El Poeta es como un pequeño Dios

El compromiso del escritor es con la palabra y que ésta incite al goce. Lo demás es maniqueísmo vulgar que desde hace muchos años se viene imponiendo, desde afuera, al escritor con el nombre de compromiso. El arte debe ser libre de ataduras ideológicas externas y funcionar solo con las necesidades de su creador. De ahí que las obras que pretendan, en arte, enseñar, son un fracaso. Eso se lo dejamos a la filosofía y a la educación. Puede suceder que haya obras que además del goce, el placer y el disfrute, dejen un mensaje, pero este no su objetivo. Hay ejemplos por doquier para demostrar que el autor es un actor de los hechos vividos y su obra se sitúa en la vereda del arte y para el arte. No es que esté añorando “El arte por el arte”. Sólo quiero reiterar que la función de la obra de arte es estética y fáctica.

El ensayo, el tratado, el aforismo, entre otras formas están dedicadas al pensamiento, la instrucción y a las buenas normas. Está bien que eso sea así, bien que sea así. Pero ¿cuál es el mensaje de la Mona Lisa? Ninguno en cuanto que es indicio, sugerencia y que trasciende el momento histórico. Hay personajes literarios que marcan una época y quizá no era su objetivo: el Quijote, Gargantúa, Hamlet, etc. El listado puede ser muy largo. La pregunta sería si eso fue lo que se propuso su creador. Obvio que no.

Platón fue duro e incisivo contra los poetas y los dejó por fuera de la República. Muchos Estados, dictadores y líderes políticos han deseado lo mismo. A su vez esos objetivos han fracasado porque el artista es un vidente, un anticipado que va previendo lo que será, con el paso del tiempo, la realidad real.

La Grecia clásica desde Aristóteles aclaró el papel del arte y del hacedor de éste en una sociedad de hombres libres. “La poética”, cuya esencia es la taxonomía de las formas literarias partía del hecho de existir toda una variedad de formas de la literatura y que se hacía urgente su estudio y la importancia para el desarrollo del hombre como forma simbólica de la realidad. No es una elucubración traída de los cabellos o impuesta a las malas sino una necesidad que ya existía desde el momento en que el hombre desarrolló miradas e interpretaciones del contexto social y cultural. Ahora sabemos que somos imaginativos y que la realidad es para irla moldeando con sus avatares, incertidumbre y caos. Esa masa informe que es la realidad real la volvemos un orden a partir de la imaginación. El hombre, en ese sentido, va creando sus normas que regulan tanto lo social como su pensamiento. Es aquí donde el artista entra y tiene su razón de ser. De lo contrario éste sería un ser marginal, alienado y estéril.

Que el verso sea como una llave

Que abra mil puertas

No sería posible remontarse al momento histórico por venir, sin una llave imaginativa como la del poeta y su riesgoso verso. El poeta es un prestidigitador y un adivino; un provocador, un anticipado. Hay momentos en que la imaginación se desborda, pero ese riesgo hay que correrlo.

Una hoja cae; algo pasa volando;

Cuanto miren los ojos creado sea,

Y el alma del oyente quede temblando

A partir de la percepción fina del poeta se hace posible ver. El “algo” del verso anterior es indefinido en un comienzo y adquiere existencia en el instante que pasa a ser mirada como acto creación. Pero esa acción no es gratuita: ese “algo” afecta el status quo del momento y anuncia que vienen cambios, crisis como actos necesarios antes de una nueva estabilidad. “Sin crisis no hay cambios”. Ante el acto de creación se desplaza lo establecido y ese algo vuelve a ser una realidad nueva para el ser que la vive y la experimenta.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra

El artista debe ser un demiurgo, un creador. La creación deviene de ser un acto en el transcurso de la necesidad y la posibilidad para hacer de este espacio algo mejor. No se crea para destruir aunque pueda suceder que algunos seres estén inclinados a sembrar el desconcierto y realizar el mal. El mal aquí no es religioso o ideológico sino material. En el acto de inventar se da como correlato la necesidad de entregar instrucciones de uso de ese nuevo mundo, esa nueva isla como lugar vivible para “Robinson” o “Bartleby, el escribiente”.

La palabra es un recurso y un arma. El correcto uso de ella o el silencio son formas de la misma espada. Los retóricos acuñaron la idea de “El silencio es más elocuente que la palabra” o la síntesis de “la elocuencia del silencio”. El manejo de la información es un poder. Hay épocas en que los discursos son importantes y otras que no. Ser oportuno, ser recatado en el uso del vocablo y con las palabras adecuadas es ganar la partida. No necesariamente el que habla más tiene la razón. No necesariamente hablar demasiado justifica el argumento.

El adjetivo cuando no da vida, mata

El poeta debe ser consciente que la palabra por sí sola no es arte. Hay palabras desprovistas de significado, por ejemplo, las jitanjáforas de las que habló Alfonso Reyes; las muletillas son otro ejemplo. Otras que por su incorrecto uso o su abuso causan daño o afean el vocablo. De ahí que el poeta como,  decía Paul Verlaine, es dos: el que se inspira y el orfebre. El acto de pulir es tan importante como el de crear. Pero dejemos que uno de los grandes de nuestra literatura nos aclare el papel de los adjetivos en la poesía. Alejo Carpentier dice que “Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas”. (…) “Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote”.

Estamos en el ciclo de los nervios.

El músculo cuelga,

Como recuerdo, en los museos;

Mas no por eso tenemos menos fuerza:

El vigor verdadero

Reside en la cabeza

El recuerdo se va guardando bien en la memoria o en recipientes llamados urnas, hipogeos y, más modernos, en los genes (ADN). Los museos, las bibliotecas, los bancos de datos o la nube pueden ser otra forma. Cualquiera que sea el poeta da prioridad a la inteligencia aunque no la nombre. El lugar donde está la memoria semántica, las operaciones intelectuales y los instrumentos de conocimiento en relación con el aprendizaje que garanticen que todo se guarde para el bien de las futuras generaciones y el desarrollo del arte.

Por qué cantáis la rosa ¡oh, Poetas!

Hacedla florecer en el poema

Borges en uno de sus memorables versos sobre el imaginario llega a decir que en “La palabra tigre está contenido el tigre”. O en el primer verso de la Biblia en Occidente: “La palabra se hizo hombre”. Pero serán los lingüistas quienes darán una mejor forma de ver esta máxima de las palabras cuando definen el signo como una doble implicación de lo real y lo psíquico -significante y significado-. El aroma de la flor en cuanto se logra el acto poético, se siente a partir de la palabra como el calor local al leer a García Márquez. Pero el poeta quiere ir más lejos comprometiendo al hacedor que no nomine sino que cree; que la magia de la palabra haga que en el verso la cosa sea en sus cualidades, sea ella.

Sólo para nosotros

Viven todas las cosas bajo el Sol

¿Quién es el poeta? Un ser especial y diferente que goce de ese privilegio y pueda hacer magia y ver más allá que el sentido común. ¿Qué cosas? Aquellas que pueden ser objeto de creación aunque estén siempre ahí tangibles y mensurables. Solo que para el poeta son otra cosa que da vida y color; música y cadencia; al celestial como la música del sueño. El Sol es la forma de luz que alumbra la imaginación.

El Poeta es como un pequeño Dios

Un pequeño Dios. El comparativo es claro y no lo erige a ser tal sino como si lo fuera. La ambición tiene sus límites; la creación también. “Las cosas concretas a partir de lo concreto”. El poema es un canto a la imaginación y, a su vez, es un manifiesto para la creación. El poeta tiene la palabra aunque reconozca que por encima existe otro: el creador.

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