Música para levantar muertos – Capítulo XI

Foto Héctor Mediavilla
Foto Héctor Mediavilla

Por Edgar Cuero Córdoba

A la entrada de la cocina una tinaja de barro sudando a pequeñas gotas como la piel de una muchacha agitada, colgándole del cuello una totuma como collar arcaico para sacar agua fresca y calmar la sed. Al fondo, un fogón de leña con brazas prendidas manteniendo cálido el contenido de las ollas de barro: sancocho de gallina o de carne de res o el pegado de un arroz suelto que tanto le gusta a su nieto. Colgada de los travesaños del techo está una paila de cobre, poco profunda y ancha, para cocinar la masa de envueltos, tortillas y empanadas. Sobre la mesa esquinera descansan un molinillo de madera para golpear el chocolate de bola en la chocolatera —que también sirve para colar el café— y para triturar las frutas del jugo. Una cagüinga de madera, larga y amplia, como cuchara gigante para revolver continuamente lo que se esté cocinando en la paila. En el centro una callana —especie de paila de barro—; sostenida por dos hileras de ladrillos entre los que el fuego continuo de la leña tuesta el maíz amarillo que triturado, a golpe de piedra, y revuelto con azúcar, queda hecho chancarina; donde asa tortillas y arepas por encargo para sus amistades y vecinos.

La modernidad no la incomodaba ni le traía alegría. Vivía aferrada a lo suyo que era lo viejo. Usando hasta las últimas lo que ya poseía, reavivando todo continuamente como al viejo rescoldo de fuego pasado que aún se conserva ardiendo sutilmente en las cenizas de su fogón.

En una caja inmensa llegó el televisor y ella pidió que lo dejaran en un rincón de la sala donde estaba un arrume de más cajas.

—Allí podemos ver a los cantantes —dijo Catalino no pudiendo ocultar su alegría.

—No quiero verle la cara gris a tanto falso —contestó Serafina.

Dentro de las muchas cajas acomodadas habían una licuadora de vaso grueso, estufas de mesa —una eléctrica y otra a gasolina—, en otra pequeña caja se adivinaba la forma de una liviana plancha eléctrica de cable largo. Abría, miraba con desprecio todo y luego lo introducía nuevamente en las cajas. A la máquina  de coser con motor la colocó en una esquina de la sala adornándola con dos materas pequeñas sembradas con albahacas. Una máquina de moler carne, inmensa con un gran cono metálico en su boca para recibir lonjas enteras de lomo, con una polea semejante a la llanta de un triciclo, con un motor vertical engranado con cadenas. Al ver esta cosa  como una atracción de parque de diversiones a Serafina le dio una risa convulsiva y mientras se cogía el cabello con las manos, gritaba:

—Te has vuelto loco ¡Locadio Carbonero ahora sí te he perdido! ¡Te has vuelto loco Locadio!

—Al escuchar los gritos llegó Catalino con una toalla y la empezó a ventear. —Calmate, calmate mamita —le pedía preocupado.

—Seguiremos comiéndonos la carne pulpita y desmechada, oístes mijo —le dijo bañada en lágrimas y sudor—. Catalino, a veces pienso que a tu papito le incomoda mi presencia, me está mandando mucha cosa eléctrica, o vos qué decís, como si no supiera que uno se puede electrocutar o que me puedo quemar con esa estufa de gasolina ¿o vos qué pensás, mijo?

—Mirá ve, esto es la modernidad mamita, si no te gustan estos cacharros como vos decís, vendé todo esto por kilos como chatarra. Yo estoy cansado de decirte lo mismo carajo, estas cosas son para aliviar un poco tu trabajo en la casa. Y no lo niego, yo también con los tocadiscos nuevos me he dado en la mula y me han entrado ganas de cogerlos a martillazos, pero con maña los he aprendido a manejar —le dijo Catalino, ahora sentado en un sillón.

Serafina no contestó ni levanto la vista, siguió destapando otras cajas, sacó ollas metálicas de distinto tamaño y a vapor.

—Oí mirá, lo que pasa es que tu papito me ha mandado una mezcla de electricidad, gasolina y vapor, no es mentira, yo creo que tu papito me quiere es destruir la cocina. Oístes, que se incendie como las dos últimas veces, mirá ve, ¿qué me dices de esta modernidad que vos defendés?

—Algo bueno ha de traer todo esto ve, hasta una nevera —Catalino señaló una caja de buen tamaño—, ahí tendremos agua fría y no fresca, a la carne no tendrás que salarla ni ahumarla para que dure, las frutas y verduras se mantendrán verdes y maduras.

—Mirá mijo te voy a hacer caso, las vecinas con disimulo me han dicho que nosotros somos ostentosos ¿vos sí crees mijo? Decime y de paso me aclarás ¿qué es ser ostentosos? —Preguntó Serafina observándolo con sus ojos color ceniza.

—No te preocupés mamita por chismes —Respondió Catalino sin dejar de abanicarse.

La resolana caprichosa entraba y salía por la ventana y la brisa demoraba su presencia. Al ver la sala  de la casa convertida en bodega de almacén, los dos callaron por un rato, luego empezó él:

—Veo que te estás poniendo los vestidos que el hombre te ha mandado, mirá ve, eso está bien.

—La vejez hay que vestirla con dignidad, para eso sirven. Además el estampado y el brillo me dan alegría. Tanta mecha negra me tiene seca. Qué lástima de los zapatos nuevos con estos benditos juanetes. —Dijo y luego remató. —Y ese hombre tiene nombre, José J. tu papito, no lo olvidés.

A su nieto sí le importaba lo que traían las cajas, sobre todo los discos y los tocadiscos que llegaban de diferentes revoluciones 33, 45 y 78. En una remesa le llegaron dos tocadiscos de columna que tenían un eje y un brazo para sostener varios acetatos de 33 revoluciones apilados unos encima de otros. Eran  tocadiscos automáticos que de inmediato causaron sensación en el bailadero y enorgullecían a su propietario. En ellos ponía sin tardanza canciones de diferentes orquestas y cantantes, lo que le proporcionaba más tiempo para atender a los clientes, charlar con ellos, tomarse una copa, llevar personalmente sus pedidos e inclusivo bailar con las mujeres que los acompañaban. A Catalino también le llegaban uno o dos vestidos enteros en cada viaje, con camisas y corbatas a la moda, anchas y floreadas. Zapatos bicolores de cerco ancho y de material. “Me dices que el negocio ha cogido categoría. Ahí te mando esa pinta para que estés a la altura. Este paño de Leoncio te hará ver muy elegante”. Le escribía su papito en cada remesa. Pero al tabernero sólo le interesaban los discos.

Se sabe que está ahí por su resplandor que enceguece, pero el sol no se ve. En la ventana ve a tres niños colgados intentando ver hacia dentro. Serafina está mirándolos sin verlos, dispersa, mientras Catalino practica los pasos a lucir por la noche en Casa de Mangle, al compás que el Septeto Típico Habanero le dicta: “A la loma de Belén, /de Belén nos vamos…/ A la loma de Belén,/  de Belén nos vamos…/ Ah eh componedores,/ ah eh remachadores/ y yo me voy a la loma buscándote”; la trompeta gritó y Catalino dio un giro completo en la punta de ambos zapatos, a lo que los tres niños aplaudieron con entusiasmo. Serafina no lo vio.

A esta hora desde la ventana del sargento Baldón, pensionado de la policía que vive enfrente, hay una escena que se repite todos los días y que Serafina ya ha visto repetirse: un ramillete de niños de la calle junto a otros niños hijos de vecinos, están colgados de los hierros forjados, luchando por un buen puesto para ver las primeras imágenes que trasmite la televisión que allí tienen. Al rato el sargento de cabeza pelada sale, grita y sacude sus manos espantando a los muchachos para luego cerrar bruscamente las dos naves de la ventana. Desilusionados de no poder ver las apariciones de la caja mágica se quedan en un corrillo discutiendo, señalando para todos lados buscando ventanas abiertas con televisores. No tienen otra alternativa que la ventana abierta del bailarín solitario, y de nuevo en un zafarrancho de tropel y zancadillas, se disputan los puestos privilegiados para ver a un hombre que al timbre melodioso de guarachas da vueltas solo entre cajas de cartón.

El televisor es un aparato que como la nevera son lujos que dan estatus, sólo lo poseen la gente que trabaja con el gobierno, ejército o policía y obreros de las  industrias. En las casas de citas son elementos que sirven para mejorar la atención de la clientela, la nevera para mantener la cerveza bien fría, para tener listos los trozos de hielo para el wiski y en los vasos de las mujeres para hacer que beban solo agua en vez de aguardiente. El televisor sirve para entretener a las mujeres mientras llega la clientela, pero después se apaga y queda como un mueble que se suma a la decoración. Sin desearlo y hasta con recelo, Serafina y Catalino se encuentran entre los dueños exclusivos de estos aparatos, ellos no se dan por enterados de tener este privilegio sobre los otros vecinos, les tiene sin cuidado que la sala se les esté llenando de tanto cachivache. “¡Ostentación!” Dijeron en las casas vecinas, esa palabra incomoda a Serafina. Por eso, observando a los muchachos en la ventana del sargento y el murmullo de que el negro Locadio Carbonero y su familia progresan a pasos agigantados almacenando riquezas, decidió actuar en contra de su temperamento.

Estaba sentada cuando sonó un bolero de grata recordación. Su nieto bailaba con una mujer invisible, le tenía su mano izquierda arriba a la altura del hombro, la mano derecha seductora, ajustando levemente la frontera entre la cintura y la cadera de esa mujer de cuerpo esbelto. Catalino soñaba con los ojos cerrados, sin salirse de los compases del bolero recorrió varias veces la sala con su pareja de ensoñación. Serafina también bailó muchas veces este bolero, en esta sala con José Joaquín y también cerró los ojos, mientras acunaba sus hombros. Era el Amor de Antonio Machín, que la fue cubriendo con un abrazo de otros días: “Amor qué bello es amar…/ qué bella es la vida cuando existe amor…/ amor, déjame soñar, déjame que sienta en mi pecho el amor…/ amor… Amor”. Catalino no apaciguó su cuerpo mientras duró la música y al acabar ambos se miraron mansamente con ojos nostálgicos recordando el pasado, imaginando el futuro, evocados por la melodía.

—Catalino, quiero que saqués el televisor y la nevera y pongás a funcionar esas dos cosas.

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