La rosa de los vientos del éxito

Walter Benjamin en la Biblioteca Nacional (París, 1937) - Foto Gisele Freund
Walter Benjamin en la Biblioteca Nacional (París, 1937) – Foto Gisele Freund

Por Walter Benjamin

Es un arraigado prejuicio el creer que la voluntad es la clave del éxito. Sí, si el éxito estuviera sólo en la línea de la existencia individual, no expresaría también cómo interviene esta existencia en la estructura de este mundo. Una expresión, por cierto, llena de reservas. Pero, ¿no existen estas reservas también frente a la existencia individual y la estructura misma del mundo? Por eso el éxito, que se deja de lado tan a menudo como si se tratara de un ciego juego del azar, es la expresión más profunda de las contingencias de este mundo. El éxito es el capricho del acontecer universal. Por eso no tiene nada que ver con la voluntad que lo persigue. La verdadera naturaleza del éxito, por otra parte, no se muestra en sus causas sino en las personas a las que determina. Son sus preferidos, en los que el éxito se da a conocer. Sus hijos predilectos —y sus hijastros. Al capricho del acontecer universal corresponde el temperamento en la existencia individual. Dar cuenta de ello fue desde siempre el privilegio de lo cómico, cuya justicia no es obra del cielo sino de innumerables errores que, finalmente, a causa de un último error mínimo, desembocan en el resultado exacto. “Pero, ¿dónde se encuentra el temperamento del sujeto? En la convicción. El hombre prosaico, que no tiene temperamento, vive sin conocer convicciones: la vida y el pensamiento se las convirtieron hace mucho en sabiduría, así como la piedra del molino convierte el grano en harina. Pero el personaje cómico nunca es sabio. Es eI pícaro, el necio, el gracioso, el pobre diablo, pero sea lo que fuere: este mundo le queda como anillo al dedo. Para estos personajes ni el éxito es la suerte ni el fracaso, la desgracia. Ellos no preguntan por el destino, ni por el mito, ni por la fatalidad. Su clave es una figura geométrica que se construye alrededor de los ejes del éxito y de la convicción. La rosa de los vientos del éxito:

Éxito renunciando a toda convicción. Caso normal del éxito: Chlestakoff o el estafador. El estafador se deja conducir por la situación como por un médium. Mundus vult decipi. Hasta en la elección de su nombre intenta satisfacer al mundo.

Éxito aceptando cualquier convicción. Caso genial del éxito: Schweyk o el hombre de suerte. El hombre de suerte es un ser honesto que quiere dejar a todos satisfechos. El protagonista de “Juanito y las habichuelas mágicas” le cambia sus posesiones a cualquiera que tenga ganas de hacerlo.

Fracaso aceptando cualquier convicción. Caso normal del fracaso: Bouvard y Pécuchet o el burgués. El burgués es el mártir de cualquier convicción desde Laotse hasta Rudolf Steiner. Pero de todas “sólo por un rato”.

Fracaso renunciando a toda convicción. Es el caso genial del fracaso: Chaplin o el pobre diablo. Al pobre diablo nada lo escandaliza; sólo se tropieza con sus propios pies. Él es el único ángel de la paz que cabe sobre esta tierra.

Esta es la rosa de los vientos que determina todos los vientos favorables y adversos que juegan con la existencia humana. No nos queda más que establecer su centro, el punto de intersección de sus ejes, el lugar de la indiferencia total ante el éxito y el fracaso. En este centro se halla a gusto Don Quijote, el hombre de una sola convicción, cuya historia nos enseña que en este mundo, el mejor o peor de los mundos pensables —sólo que justamente no es pensable— la convicción de que es cierto lo que dicen los libros de caballería hace dichoso a un loco apaleado, siempre y cuando sea su única convicción.

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