Lecturas Perjudiciales

Alma necia de los libros

In Ensayos, Notas ligeras y apuntes on 11 mayo, 2015 at 6:02 PM

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Por Edgar Cuero Córdoba

Quién lo creyera: los libros entretejen signos de pertenencia, se convierten en un cuaderno paralelo de trabajo del que lee y anota en sus márgenes, en su cuerpo, ideas que no quiere dejar escapar. Aparecen feroces subrayados, imitando el camino de las uñas de los amantes en la espalda o el parsimonioso paso del arado sobre la tersa superficie de un campo bien cuidado. Esa sobresaliente huella de lapicero es para permitirse nuevas lecturas más sosegadas, más tranquilas. O al contrario advirtiendo agitadas y confusas lecturas, porque el libro no quiere dar lo que se espera de él.

El libro encierra un  misterio mágico. El que lo cree inerte se equivoca, es tan vivo como los suspiros de quien lo lee. A veces reciben lágrimas de mujeres que lo acunan en sus pechos igual a una caja de regalos. Fuera de sus pies de páginas, de su índice y su apéndice, de su fe de erratas, de sus prólogos y preludios, de sus epílogos, dedicatorias y agradecimientos a la resignada familia del autor. También contiene en su cuerpo extirpadas huellas de polillas, manchones marrones de volátiles moscas que fueron visitantes de un segundo y perecieron bajo el susurro aplastante de las hojas. Pétalos de flores ya momificadas cuyo perfume de damas viejas ayudaron a encontrar la página cuyas ideas lograron forjar un poema que sirvió para romper el hielo. Servilletas bien dobladas con impresiones rojas y apagadas de labios de mujer. Surtidas gotas de café secas. Cenizas estilizadas de cigarrillos. Cuerpos esbeltos de varios zancudos estrellados. Moho. Huellas de dedos grasosos o sudorosos en las puntas de sus páginas. A veces por la vejez o por un accidente, lo mismo que por un pirómano afectado, aparecen huellas de violencia en sus cuerpos, son heridas suturadas con trozos de cinta transparente, igual a las cortadas en el cuerpo de un guapo fracasado.

Todo este recuento es parte de lo que encierra un libro, en su prolongada vida, que es la vida misma del lector, pero el libro puede sobrevivir un poco más, por lo que debemos evitar por todos los medios las diversas muertes de los libros. En esta época el libro es un paréntesis, un recuento, un recreo para el lector fanático, el enfermizo, el que se niega a leer en la pantalla del ordenador, para el que lee en voz alta sosteniendo el libro en sus rodillas. El que lo bautiza cada que lo abre con una brisa invisible de saliva susurrada, el que señala con un dedo las pecas de palabras en la suave piel de las hojas.

Hay lectores con requiebros y con agüeros. El que va a las bibliotecas solo a acariciarles el lomo a los libros, a sobarles las hojas imitando las caricias a una piel desnuda, y de tanto sobar el libro se abandona a su amante sincero y desaparece de la estantería. Lector que tiene agüeros literarios si va a la biblioteca y un libro se cae por su peso del estante (a veces y en el mayor de los casos con ayuda) y aterriza a sus pies, lo recoge y se lo guarda entre la pretina del pantalón, marcado de antemano el tema que le interesa. Este lector intuye que el libro está cansado de vivir aparcado en una estantería polvosa, sometido a la tortura de sellos de inventarios por parte de funcionarios que solo les interesa la paga mensual, y deduce que al libro le hace falta el amor de un ambiente familiar. Y los que recorren las estanterías de literatura fantástica y erótica buscando libros, cuyas hojas con ilustraciones hayan sido arrancadas. Se debe aclarar que en este punto convergen dos lectores: el que arranca las ilustraciones y con ellas lee otro libro (si las ilustraciones son de Gustavo Doré ¡Eureka!), e inclusive puede escribirlo nuevamente parodiando al autor. Dándose el caso de exhibicionistas que las enmarcan y las muestran como trofeos literarios. Y al que le son superfluas las ilustraciones, este lector necesita soñar con sueños propios y estos libros fortuitamente y con técnicas de mago van y pernotan  en su maletín mientras llegan a su nuevo hogar. Él sabe que el espacio dejado por las ilustraciones son unas ventanas que sirven para mirar el interior del libro y descubrir nuevos sentidos en una especie de adivinanza con espejos.

La práctica influencia de Homero enseña como apoderarse de una mujer y sacarla de su entorno sin importar que la batalla sea épica y se mezclen palabras con sangre. La bella Helena, con corazón tan confuso y difuso es una enciclopedia de escasa lectura. ¿Sería por eso tanto maremágnum? La Ilíada y la Odisea son dos exquisitas obras expropiables que constantemente cambian de lugar y de dueño precisamente para tratar de dilucidar este pequeño problema. Esta teoría cala perfectamente con los libros ajenos, claro está sin el baño de sangre de troyanos y griegos. Las mujeres y sus cuerpos son libros abiertos (la información sobre este tema es deliciosa y abundante), antes de amarlas hay que leerlas bien, para tratar de comprenderlas y disfrutarlas mejor. Los libros también son bellos, hermosos, buenos y malos consejeros, sus lecturas alebrestan o apaciguan. No enseñan dicen, pero sí modifican las vidas de sus lectores, no tanto de los dueños que no los leen. Se dejan besar, se dejan amar. Son testarudos. Son hipócritas, sí así hay libros. Se dejan llevar de la mano sin chistar, sin interesarles si hay consentimiento o no. Sin importarles el viejo ni el nuevo dueño, acomodándose a una nueva vida, a un nuevo hogar.

Los libros que son parte del entablado de decoración son más susceptibles de pegarse al cuerpo de un visitante como un imán. No importa que hablen de cocina, de consejos espirituales, de cómo hacer dinero, de qué hacer para tumbarse una vaca. De cómo conquistar tres mujeres a la vez. Los que enseñan a vislumbrar a Cristo en cada esquina. La mayoría de estos libros realizan el papel de cojines para que descanse sobre ellos una obra de carácter más universal y enteramente visible en una mesa de ala, el libro necesariamente debe ser un clásico para poder encumbrar el gusto literario del dueño de casa, en este caso es el Ulises de James Joyce en la traducción de José María Valverde, premio nacional de traducción de 1978. ¡Sí el bendito Ulises! Debido a que el dueño cree en el rumor de que el libro es una difícil lectura, de intricados laberintos estructurales, y por lo tanto, él como dueño se encumbra y manifiesta sin vergüenza que lo ha leído tres veces comprendiendo un 70% su contenido. El Ulises reluce sobrio y elegante, su lomo brilla, sus letras en molde sobresalen en la caratula, la misma foto de Joyce impávido aparece en el lado inferior izquierdo de la solapa. El cuerpo blanco de las hojas aparece sospechosamente sin las huellas del manoseo erótico y brutal de un lector real, de los que roban tiempo a familia y trabajo para hacerlo, y no solo en vacaciones de verano. El dueño de esta obra manifiesta que es escaso el lector que acomete el sufrido trabajo de leer al Ulises y más que todo tenerlo en su biblioteca ocupando un espacio innecesario, comenta con orgullo soberano que está próximo a efectuar la cuarta relectura y así llenar el 30% que le hace falta para la total comprensión de la obra. Un día cualquiera de verano se acuerda del Ulises y lo va a buscar en la mesa de cristal de su sala, entonces sólo encuentra un interesante y práctico libro de una pediatra que aconseja a las primerizas como darles de mamar leche a sus bebés.

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