Lecturas Perjudiciales

Seamus Heaney: una historia emotiva de Irlanda

In Críticas, Reseñas on 18 marzo, 2015 at 8:50 PM
Seamus Heaney (1939 - 2013)

Seamus Heaney (1939 – 2013)

Por Edgar Cuero Córdoba

Un romano que quería ser emperador debía tener cuatro estrellas: la templanza, la justicia, la prudencia y la paciencia. La rica tradición literaria de Irlanda las tiene. Pensar en Oscar Wilde, W. B. Yeats, James Joyce y Samuel Beckett ya es exceso de estrellas en un solo punto, pero no basta, en ese mismo lugar también está Seamus Heaney.

Para ninguna nación ha sido fácil atestiguar una guerra mundial y a la par vivir una guerra civil interna. Los irlandeses en tiempos de la primera guerra mundial, ya habían tenido varias guerras intestinas, una en 1798 con una frustrada rebelión, otra en 1845 por la fracasada cosecha de patatas que redujo drásticamente la población, más reciente, en 1916, el levantamiento de pascua y otras posteriores incluso a la segunda guerra mundial. A pesar de estar ocupados en esto, los escritores irlandeses, hicieron obras que terminaron convirtiéndose en punto de apoyo para sus luchas.

Al internarse en la obra de Seamus Heaney (Antología, traducción de Joe Broderick, 1997) el lector puede encontrase con símbolos, estructuras sencillas y disímiles que pueden provocar cierto desinterés. Cosas como Irlanda del Norte, católicos, protestantes, Inglaterra, bombas, ejecuciones, hambre, semana de pascua, no son referentes comunes, sin embargo todas estas palabras sirven para escribir poemas llenos de exaltaciones y venganzas. Desde sus primeros poemas Heaney trabaja con las circunstancias de su tiempo: guerras, invasiones  y tradiciones como las de ofrendas humanas a los dioses de la fertilidad en temporada de cosecha. Va y viene en un recuento de los conflictos sociales, tratando de no inmiscuirse directamente en la política, aprovechando para rendir tributo a las familias irlandesas, como la suya, por no dejar que la necesidad reinara en sus casas:

 

“Con los bolsillos de los abrigos llenos de cebada.

Miles murieron en el terraplén, agitando las guadañas contra cañones.

El monte se ruborizó, empapado por el estallido de nuestra ola.

Nos enterraron sin ataúd ni mortaja.

Y en agosto, en aquella fosa, germino la cebada”.

(Réquiem por los muchachos rebeldes, Página 45).

 

De la poesía se ha dicho todo y se la ha olvidado, pero ella sigue reinando. Con altibajos, con fronteras invisibles que se hacen llamar movimientos literarios, con diferentes estilos que llegan al mismo sitio, después de recorrer un gran trecho a veces la poesía se hace indigerible. Hecha un laberinto vamos por ella y cada día creemos llegar a la salida, pero no. Joe Broderick también cree todo esto sobre su antología y califica esta poesía de difícil, abstrusa, de que se requiere un gran esfuerzo de inteligencia para entenderla. Aunque el azar o la insistencia de la lectura nos depara, para usar un conocido verso de Yeats, una “terrible belleza”:

 

“Luciendo un moretón amapola en la sien izquierda,

Tendido, como en su cuna, en una caja de apenas cuatro pies.

Sin cicatrices feas; el parachoques lo había tirado lejos.

Una caja de cuatro pies, un pie por cada año”.

(Ruptura en mitad del semestre, Página 37).

 

Todo queda claro, si no es digerible es por su violencia, sin embargo se puede decir que es entendible, son poemas desfallecidos y difíciles de soportar:

 

“El día fue de un silencio

Crudo, frío, con sotanas

Y roquetes levantados por el viento:

Ataúd tras Ataúd,

Mojados de lluvia y cargados de flores”.

(Víctima II, Página 99).

Pero el poeta también tiene derecho a hablar de su oficio, no necesita de la realidad para llegar a la expresión pura, el poeta es independiente de las imágenes:

 

“Solo. Ponte el arnés, entonces. Lo principal

Es escribir por el puro placer. Cultivar la pasión

Por el trabajo que imagina su refugio nocturno

Como manos que sueñan con el sol en un pecho soleado.

Ahora estas en ayunas, de cabeza liviana, peligroso.

Empieza, pues. Y no seas tan solemne”.

(XII, Página 117).

 

Estos poemas contundentes hacen desistir y el lector quisiera evadir esa cruda realidad, pero el poeta se lo impide obligándolo a mirar. La poesía de Heaney está apegada a su región y a su historia como emociones de conciencia y lucha.

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