Ingenio y erudición

A literary party at Sir Joshua Reynolds (1851) -  D. George Thompson (1822–1892) Personajes en la pintura de izquierda a derecha: James Boswell, Samuel Johnson, Sir Joshua Reynolds, David Garrick, Edmund Burke, Pacal Paoli, Charles Burney, Thomas Warton, Oliver Goldsmith.
A literary party at Sir Joshua Reynolds (1851) –
D. George Thompson (1822–1892) – Personajes en la pintura de izquierda a derecha: James Boswell, Samuel Johnson, Sir Joshua Reynolds, David Garrick, Edmund Burke, Pacal Paoli, Charles Burney, Thomas Warton, Oliver Goldsmith.

The Rambler No. 22 – Sábado, 2 de junio de 1750

Por Samuel Johnson

 

  […] Ego nec studium sine divite venâ,

 Nec rude quid prosit video ingenium: alterius sic

 Altera poscit opem res, et conjurat amice.

 HORACIO[1]

 

El Ingenio y la Erudición eran hijos de Apolo, nacidos de madres distintas. Ingenio tenía por madre a Eufrosine, a quien se parecía por su alegría y vivacidad; Erudición había nacido de Sofía, de quien heredó su seriedad y cautela. Como las dos madres eran rivales, educaron a sus criaturas, desde el primer momento, para que fueran enemigas. Tanto empeño pusieron ambas en que aprendieran a odiar y despreciar al otro, que por más que Apolo, previendo las nefastas consecuencias de este antagonismo, procuró atenuar sus enseñanzas manifestando por igual su afecto a sus dos hijos, no logró surtir efecto su cariñosa imparcialidad. La animosidad materna había echado sólidas raíces, inextricablemente unidas a las primeras cogitaciones de los vástagos, y luego se vio fortalecida cada vez que éstos tenían la oportunidad de demostrarla. En cuanto alcanzaron la edad de ser admitidos en las dependencias de las otras divinidades celestes, Ingenio se las arregló para divertir a Venus en su gabinete con sus alegres parodias de la solemne Erudición, y Erudición distrajo de sus labores en el telar a Minerva con sus representaciones de las meteduras de pata y la ignorancia de Ingenio.

Así fueron creciendo las dos criaturas y, al tiempo, también fue fortaleciéndose su malignidad, animada cada una por los miembros de su entorno que las madres habían designado para brindarles consejo y apoyo. Aspiraban ambas a ser admitidas en el festín de Júpiter, no tanto porque ambicionaran honores, sino por el placer de ver a su rival excluido de tan insigne distinción y así poner coto, pensaban, a una influencia que en el otro atribuían únicamente a sus malas artes y falsas apariencias.

Al fin llegó el día en que los dos hermanos, con la acostumbrada pompa, fueron recibidos en el círculo de las divinidades superiores y autorizados a beber del néctar escanciado por Hebe. Pero en ese mismo día y hora, la Concordia dejó de ejercer su autoridad en la mesa de Júpiter. Los rivales, animados por su reciente promoción y jaleados por los aplausos que por turnos recibían de sus poderosos valedores, no cesaban de hostigarse con envites y retos, y entre los triunfos del uno y las victorias del otro, ninguno se daba por vencido. Era fácil observar cómo, al inicio de cada nuevo enfrentamiento, la ventaja recaía siempre en el campo del Ingenio, y que con las primeras escaramuzas la asamblea toda era recorrida, según la frase de Homero, por una risa inextinguible[19]. Mas la Erudición reservaba sus fuerzas para cuando los aplausos cesaran y la languidez que siempre sobreviene tras la violenta dicha anunciara un receso de calma y paciente atención. Ensayaba entonces su defensa, y repasando parte a parte las objeciones de su antagonista, conseguía refutarlas todas, cuando no demostraba que aquellas opiniones, por estar basadas en una ínfima porción de lo debatido, eran irrelevantes. El público poco a poco deponía sus prejuicios, y al final acababa aplaudiendo, admirado, a la Erudición, no sin mostrarse indulgente con el Ingenio.

Cuando querían destacar con especial brillo, adoptaban comportamientos radicalmente opuestos. Todo lo que de audaz y temerario poseía el Ingenio, lo tenía la Erudición de precavido y concienzudo. El Ingenio sólo se arredraba ante la mediocridad, la Erudición temía sólo cometer algún error. El Ingenio respondía antes de haber comprendido la pregunta, temeroso de que su rapidez se viera cuestionada; la Erudición se tomaba su tiempo, aunque el asunto no ofreciera dificultad, por si acaso encerraba algún sofisma insidioso. El Ingenio enredaba todos los debates con su rapidez y embrollo; la Erudición fatigaba a los oyentes con inacabables sutilezas y prolongaba las discusiones innecesariamente, empeñada en demostrar lo que nadie había puesto en duda. El Ingenio, deseoso de brillar, se atrevía a avanzar argumentos que no había meditado suficientemente, y a menudo triunfaba, para su propia sorpresa, con sólo seguir el hilo de una idea feliz; la Erudición solía rechazar cualquier idea novedosa, temiendo quedar atrapada en consideraciones que fuera incapaz de prever, y con frecuencia su cautela le impedía sacar ventaja de sus posiciones y dominar a su oponente.

Los dos tenían prejuicios que, hasta cierto punto, obstaculizaban sus aspiraciones a la perfección y los exponían a críticas. La novedad era la niña de los ojos del Ingenio, la de la Erudición era la antigüedad. Para aquél, todo lo nuevo era precioso, y para ésta, lo antiguo era venerable. El Ingenio, no obstante, casi nunca dejaba de divertir a quienes no lograba convencer, y convencer rara vez era su cometido; la Erudición apoyaba siempre sus opiniones en tantas verdades adyacentes, que cuando el debate se dirimía en su contra, sus argumentos eran recordados con admiración.

Si en algo coincidían ambos era en la manía de traicionar su propio carácter con la esperanza de triunfar completamente empuñando las armas que hubieran servido para derrotarlos. El Ingenio se entregaba a ratos a labrar silogismos, y la Erudición deformaba sus gestos haciendo chanzas. Pero siempre salían maltrechos de estos experimentos, que los exponían a impugnaciones y desplantes. A la seriedad del Ingenio le faltaba dignidad, y la hilaridad de la Erudición carecía de viveza.

Sus combates, de tan recurrentes, llegaron a ser notables, y los dioses acabaron tomando partido. El Ingenio, que obtuvo la protección de la jovial Venus, tenía a su disposición un séquito de Sonrisas y Bromas, y fue autorizado a bailar de vez en cuando con las Gracias. La Erudición siguió siendo la favorita de Minerva, y casi nunca se la veía salir de palacio sin su corte de severísimas virtudes: Castidad, Templanza, Fortaleza y Labor. El Ingenio cohabitó con la Malicia: con ella tuvo una hija llamada Sátira, que le seguía a todas partes con una aljaba llena de flechas envenenadas que, al hacer sangre, era luego imposible extraer de la herida. Con frecuencia las disparaba contra la Erudición, cuando ésta se encontraba más seria y útilmente ocupada en abstrusas investigaciones o prodigando consejos entre sus seguidores. Viendo lo cual, Minerva nombró como ayudante a la Crítica, por lo general capaz de romper la punta de las flechas de la Sátira, esquivarlas o devolvérselas.

A todo esto, Júpiter montó en cólera al ver peligrar gravemente la paz de las regiones celestiales, y resolvió despachar a los importunos contendientes al mundo inferior. Allí se dirigieron, pues, llevando su vieja pendencia entre los mortales, y no pasó mucho tiempo antes de que ambos lograran reclutar fervientes devotos. Con su alegre chispa, el Ingenio cautivó a los jóvenes, mientras que la Erudición, gracias a su autoridad, se atrajo a los ancianos. La notable influencia que ejercieron se puso enseguida de manifiesto, y brillantemente: se erigieron teatros para albergar al Ingenio y construyeron universidades para alojar a la Erudición. Cada bando compitió con el otro para superarlo en boato y magnificencia, y para garantizar el triunfo de una opinión se hizo preciso, desde los primeros pasos en la vida, alistarse en uno u otro bando, a sabiendas de que ingresar en el templo de una de estas divinidades suponía abandonar toda esperanza de consideración del poder rival.

Pero había una clase de mortales de la que tanto el Ingenio como la Erudición se mostraban igualmente desdeñosos: no eran otros que los adoradores de Plutón, el dios de la riqueza. Raro era que la jovialidad del Ingenio consiguiera arrancarles una sonrisa o la elocuencia de la Erudición atraer su atención. Para vengarse de esta afrenta, las dos divinidades convinieron en que incitarían a sus seguidores a atacarlos. Pero los ejércitos embarcados en esas expediciones frecuentemente acababan traicionando la confianza depositada en ellos, e incumpliendo las órdenes que habían recibido, adulaban en público a los ricos, aunque en sus adentros los despreciaran. Y cuando estas arteras mañas les valían los favores de Plutón, no tenían empacho en mirar por encima del hombro a aquellos de sus compañeros empeñados en seguir al servicio del Ingenio y la Erudición.

Enfadados con los desertores, los dos rivales decidieron apelar a Júpiter para pedirle que los readmitiera en su primer hogar. El dios sacudió su trueno a la diestra, y los suplicantes se dispusieron a obedecer las felices órdenes. El Ingenio, sin más tardar, desplegó sus alas y alzó el vuelo, pero como su vista no alcanzaba muy lejos, se sintió perdido en la inmensidad sin balizas de los espacios etéreos. La Erudición, que conocía el camino, sacudió sus ataduras, pero al faltarle vigor natural, sólo pudo ensayar vuelos cortos y rasantes. El caso es que, después de varios intentos, los dos se encontraron devueltos a la tierra, y de su común desventura dedujeron que mejor sería que unieran sus fuerzas. Así, cogidos de la mano, volvieron a alzar el vuelo: la Erudición consiguió elevarse gracias al vigor del Ingenio, y el Ingenio fue guiado por la perspicacia de la Erudición. No tardaron en alcanzar los dominios de Júpiter, donde, tiernamente reconciliados, vivieron en adelante en perfecta concordia. El Ingenio convenció a la Erudición para que frecuentara a las Gracias, y la Erudición animó al Ingenio a servir a las Virtudes. Desde ese instante fueron los favoritos de los dioses, y con su presencia alegraron sus banquetes. Al poco tiempo se casaron, por orden de Júpiter, y tuvieron una numerosa descendencia de Artes y Ciencias.

[1] Ars Poetica, 409-411:

“Yo creo que el estudio nada alcanza

sin la fecundidad de la inventiva;

ni la imaginación inculta y ruda

es capaz por sí sola del acierto;

pues han de darse, unidas de concierto,

naturaleza y arte mutua ayuda”.

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