Música para levantar muertos – Capítulo IX

Foto Héctor Mediavilla
Foto Héctor Mediavilla

Por Edgar Cuero Córdoba

— ¡No puede ser! —Pronunció las palabras frente al espejo, sus ojos no están. Ve una calavera con poca carne entre parches amarillos de luz. Posa sus manos en la cara y los dedos esculcan las mejillas buscando algo. Vio el color de sus dedos: ¡negros! Desvió la mirada y apartó sus brazos con angustia, el espejo no mentía.

— ¡Claro que son negros! ¡Yo soy negro! —Gritó con una mezcla de desconcierto y alegría. Le gritó a la luna del espejo y el aliento que salió de su boca empañó la imagen amarilla.

En la calle el sol está brillando intenso desde lo alto. Sus rayos entran por un rectángulo de la ventana del cuarto y adentro pierde su brillo transformándose en un amarillo cremoso, parecido al color de una almendra sin cáscara. La luz llega directo al espejo y rebota en varias direcciones creando un haz de rayos que dan en el rostro de Catalino, confundiendo su visión. Otro chorro de luz alcanza a una pequeña mesa donde descansa un sobre abierto con unas cuartillas de papel regadas a su lado, escritas con caligrafía fina en tinta verde.

El tabernero dormitaba de pie observando sus manos, mientras el alcohol bebido la noche anterior salía poco a poco de su cuerpo. Se había levantado presuroso a orinar, inundado de sudor había cruzado el cuarto dando tumbos hasta el sanitario. Sus manos temblaban, por eso orinó afuera y adentro de la tasa. “¡Carajo! El aguardiente me pegó feo esta vez”. Se sentó en la cama y miró las hojas. Notó cómo la luz del sol caminaba sobre ellas, haciendo titilar la tinta verde de las palabras. Agarró unas y comenzó a leer.

Después de la muerte del sacristán, o más bien de su sepelio, se le aposentó en el cuerpo unas ansias incontenibles de beber todos los días. El impacto de verlo caer a sus pies y morir en sus manos le alteró su tranquilidad. Era como si no lograra sacarse el frio del muerto, inútilmente sacudía su cabeza para expulsar de su mente esa imagen del sacristán con la mano tiesa agarrando la matraca. La sombra de ese desgraciado hombre que jamás conoció lo acosaba, y bebía a diario como sobreponiéndose de la muerte de un ser querido.

El misionero se sumó al duelo del tabernero y siguiendo sus concejos brindaron con tinteros de aguardiente, uno tratando de zafarse la memoria de un muerto incómodo y el otro trayendo pedazos de su país, reminiscencias que no demoraban en llegarle y de pronto se veía en Barcelona durante la guerra, esquivando las explosiones de bombas lanzadas por aviones italianos, huyendo hacia las barriadas junto a las desembocaduras de los ríos Llobregat y Besós. Pidiendo al cielo mantener intacta su iglesia de Santa María del Mar donde rezaba el rosario todas las tardes a las seis ante un grupo de fieles. Recordaba con pesadumbre el no haber podido regentar la bella y ondulante catedral de La Sagrada Familia, la de columnas inclinadas, fachadas cubiertas de vidrio y porcelana, hierro forjado y maderas preciosas. “Parece labrada sobre una piedra del tamaño de una montaña”, pensó, pegándole un manotazo a la mesa, desacomodando la botella y los tinteros.

Serafina sin quererlo interrumpió esa sesión diaria de lamentos y bebida en la que mantenían los dos hombres abrumados, no sabía si era el recuerdo de los días de zozobra y preocupación al lado de José Joaquín lo que le inducía a renegar del modo de beber al que su nieto se había acostumbrado. Tal vez pensaba que podía seguir los pasos de su papito, un popular borracho, mujeriego y bailarín; de modo que decidió, al igual que con su esposo, hacer hasta lo imposible para espantarle la mala leche que se la había metido en el pecho.

—Tú nunca has bebido, mijo. Acordáte que lo que más odiás es el licor.

—Ese muerto me abruma el corazón como si yo lo fuera matado. —Fue lo único que se animó a decir Catalino.

Bendecidos por el sagrado corazón de Jesús se iban por el río todos los muertos sin dolientes, entre tanto la ciudad seguía su rutina de viuda alegre con el devenir  incierto de cada día y cada habitante por sobrevivir. A la espera de un aparato que dicen van a traer, llamado televisor, para que el pueblo conozca al mundo. O yendo a cine a consolarse con galanes y actrices; habitar por unas horas el cuerpo rollizo de Libertad Lamarque en Besos Brujos, verla surgir en medio de una maraña de bejucos, ramas y matorrales de selva, con su rostro angelical. O en Nunca es tarde para amar, ver a la misma Libertad llorando abrazada por un galán añoso que la besa delicadamente. O ver cómo John Wayne en Río Grande se pelea a puño limpio sin que se le caiga el sombrero y cómo acaba con todo un regimiento de salvajes con su Colt 45, para que algún resentido grite en la sala: “¡Exterminador de indios!”.

Arremolinada y en los rincones, dando vueltas por la ciudad, permanece la música con su cuerpo sonoro, levantando en un mismo vendaval alegrías y tristezas en cada lugar donde llega. En las cantinas, tiples, guitarras y uno que otro bandoneón resquebrajan el alma de los contertulios que beben cervezas coronadas en espumas de recuerdos con sabor a herrumbre. Esa música pulsada de cuerdas lleva el ritmo pausado del viento en los cafetales y logra conmover al parroquiano que anhela su terruño. El rápido viento sonoro entra a las casas de cita azotando puertas y ventanas con violencia, allí se reúnen los asesinos a planear su danza de la muerte y bailar el danzón como si fuera un pasodoble. Porque quien baila con la muerte no puede con el danzón que es baile de amor y lo único que hacen es amacizar los cuerpos de las putas.

Llegando a las puertas de bares y cafés se estaciona como todo un caballero el viento dispuesto a mirar y admirar a las coperas[1] que con sus provocativos cuerpos apaciguaban las rivalidades entre hombres de todos los colores. Contoneándose entre las mesas siguiendo el ritmo de un bolero atienden con una sonrisa dulce entre los labios y a cada cliente prenden en lujuria. Estos lugares donde el aroma del café de las grecas bendice, la cerveza, el ron y el aguardiente purifican, el humo tosedor de la marihuana es sahumerio y las coperas santas.

Más sagrados son los bares, punto intermedio del viento por los templos del placer, donde se preparan los cuerpos para el goce total que termina en desgaste inútil y remordimientos. El bar es compacto, íntimo y cómplice. Cuerpos de mujeres que brillan en la media luz de los pequeños locales con callejones entre mesas que obligan al roce insinuante con los bebedores, así cuando pasan el trasero hay un hombro o brazo masculino que lo recibe y cuando se agachan sobre la mesa a dejar un trago mientras sus compulsivos senos brincan, está la atenta mirada esperando. Callejón donde solo se bailan boleros, música carnal para esos cuerpos rítmicamente acoplados y separados por unos centímetros de tela. Exacta coquetería de las mujeres, decir siempre que sí a los hombres, sí a sus amagos de amor, sí a salir del bar aunque se pague multa, sí para irse rumbo a un hotel, pero no sin antes pasar por el bailadero.

Predestinado desde siglos para dar libertad a los bailadores, llega hecho un tornado a las casetas barriales de guadua y a los ocultos patios de casas populares donde mejor se baila, dando vida a cada pareja con su impetuoso movimiento y transformando la melodía en una sola masa de bailantes que se agitan sobre la pista. Que los curas condenan el baile porque posee los cuerpos como el maligno a sus demonios, pero Celia Cruz dice con su voz chillona que: “El mambo hizo furor en New York/ pero el chachachá lo derrotó/ ahora un nuevo ritmo apareció/ es el inquietante rock and roll”, y nadie le niega a los curas su verdad, pero nadie le lleva la contraria a Celia, porque es algo distinto lo que pasa en esta ciudad donde los bailaderos sirven para algo más.

La viuda alegre reina en los bailaderos de la ciudad, donde las gentes viven resignadas como si no pasara nada cuando todo pasa en contra de la gente, mientras en plazas y parques los caudillos políticos se desgastan en peroratas contra estado e iglesia, mientras la izquierda organizada convoca a que se haga la revolución, es en los bailaderos donde el pueblo se rebela y se convierte, los que son demasiado cobardes para enfrentarse a las injusticias que cometen en su ciudad, prefieren esconderse en un bailadero y hacerse respetar por un son montuno bien ejecutado. Es en los bailaderos donde cae la descarga de todos los resentimientos que lleva el cuerpo, mientras los pies de los bailadores azotan la baldosa como un trueno, la música como un pararrayos va desviando a tierra todo el malestar general y sobre la pista se levanta una nube de polvo o de humo que deja en el suelo la marca negra del quemonázo[2]. El rito celebratorio del baile culmina al amanecer cuando la realidad de la ciudad piñizca al bailador y lo saca de su trance.

Si las ideologías se demoran en llegar y convencer a la gente del cambio, más rápido les llega la música que se memoriza de inmediato y se repite como consigna todo el día: “Y dice así, y qué mi hermano. / Y dice así, y qué mi socio. / Pues aquí. En el tibiritabara, oye. / En el tibiritabara, oye, ya tú lo ves mi compay”. Pura melodía que llegaba por Buenaventura en los barcos que traían acetatos de pasta gruesa con carátulas artísticas presentando los ritmos de Cuba, Puerto Rico, República Dominicana, del país del norte, con el jazz, el blues, el country y el rock and roll, música de México, de Argentina y de Brasil.

Embalados en una o dos cajas llegaban los acetatos a casa de Serafina, traídos por su esposo José J. que era el fogonero en una de las máquinas de Ferrocarriles del Pacífico, donde su labor consistía en alimentar las calderas de las locomotoras que atraviesan pujando la cordillera occidental del valle hasta llegar a Cali. Había sido presidente del sindicato ferrocarrilero del pacífico y presidente del directorio liberal departamental, además era dueño de la antigua bodega de las gallineras que hoy está convertida en Casa de Mangle, notable bailadero. Desde el día que mataron a Gaitán, cuando junto al portón de aquella bodega, José J agitó contra el estado a las gentes enardecidas por el crimen. Y como solo un loco se atrevía a tanto, desde entonces, la gente empezó a llamarlo Locadio Carbonero.

Locadio Carbonero escribía a su nieto cada que atracaba en un puerto. En sus cartas le desmenuzaba la vida de la gente, su modo de caminar y vestir, cómo comen y aman, y de qué forma aguantan vivir todos juntos en esos lugares. Se extendía en comparaciones entre los pobres y ricos del lugar que visitaba y los pobres y ricos de siempre en su ciudad. “Cuando se recorre el mundo y se va repitiendo ante nuestros ojos el mismo abismo entre la gente, no hay duda que debemos aprender a andar en zancos para no caer en ellos”. Pero se regodeaba en descripciones sobre los bailes y danzas que descubría, y citaba las letras de la música que alcanzaba a entender a pesar de no saber las lenguas o de otro modo pedía a recién conocidos que se las tradujeran, era tanta su atracción por la música que muchas cartas iniciaban con dibujos de muñequitos bailando y tocando algún instrumento, o con una que otra lírica escrita como un poema. El papel de la carta llegaba oloroso a licor, Catalino no reconocía a cuál, pero estaba seguro que no era el olor a tinta del Parker 45 de su papito. Algunas veces las huellas de los dedos de Locadio se hallaban en los bordes, en las orillas de las hojas; esas  marcas, un certificado de sus vivencias, de su trabajo diario: el carbón. Primero como fogonero en las máquinas del ferrocarril y ahora como alimentador de calderas en un buque carbonero de la Flota Mercante Gran Colombiana.

Catalino se rasco la cabeza, su pelo engominado había perdido el lustre y estaba tieso de nuevo. Miraba el papel sin leer; por un instante su pensamiento se perdió en un intrincado laberinto donde con lentitud, a medida que iba soltando los nudos de su mente, se deshilvanaban sus ideas. El sol ya no encandilaba el espejo, pero Catalino no se miró en él, ahora se dispuso a buscar unas fotos familiares que fue sacando de un baúl y las atravesaba sobre una línea de luz para observarlas una a una como repasando una importante lección. Finalmente abrió media ventana y el cuarto emergió con la vitalidad de una mañana de verano, el polvo de la calle se aposentó en todos los objetos, el sofoco arropó su cuerpo y le incrustó en su piel pequeñas gotas de sudor. Se sentó nuevamente en la cama y colocando mayor atención, continuó la lectura.

“…Atracamos en Mississippi. Los coteros y el color del río me recuerdan a Buenaventura, aunque no hay esteros tiene un olor de manglares en el aire. No es un puerto común. Hasta el buque, abajo en la sala de máquinas, me llegó una música que entró por los poros del metal de la embarcación. Me dicen que llegamos en martes de carnaval o martes gordo[3]. Aquí la música, como el sol, lo cubre todo, y la gente va con máscaras y disfraces vistosos. Hay orquestas, conjuntos y bandas regadas por la ciudad. Pero no sólo llama la atención el carnaval, hay otras cosas para ver, y escuchar, como lo que presencié esta mañana cuando pasé por una calle ancha y llena de bares, iba por allí un cortejo fúnebre. La carroza iba tirada por cuatro caballos emparejados. Bellos animales grandes de un azabache lustroso. Sus patas estaban encrespadas de pelos blancos y vestían con crespones amarillos de muselina. La carroza tenía grandes ventanales de vidrio por donde se veía un ataúd café claro y el techo estaba lleno de coronas con pompones. Al frente de la carroza iba un cochero uniformado de traje azul gastado que encima del pecho tenía charreteras y colgandejos similares a las de un general, también usaba sombrero de copa. Llevaba las riendas en las manos por puro formalismo ya que los caballos marchaban solos y rítmicamente sincronizados. Movían la grupa por cada paso adelante como si bailaran la música que tocaba una banda que venía tras la carroza. La gente que acompañaba el cortejo imitaba el paso de los caballos, de modo que todo era como una coreografía de danza. Seguían la carroza dos matronas negras, altas, anchas, inmensas; vestidas de rojo, con sombrero y tul blanco cubriéndoles el rostro; cantaban con una voz grave que les hacía temblar las facciones. Me pareció que ellas arrullaban al muerto como hacemos allá en el pacífico con los alabaos. Fue sublime ver como sus voces se imponían por encima de la música que tocaba la banda del cortejo. Ya van cuatro tragos de amarillo, en lo que llevo de la carta. ¡En mi vida vi algo igual! Bombos, redoblantes, platillos, saxos y trompetas andando, la orquesta salió del bar siguiendo al cliente muerto. También iban un negro flaco y largo, que tocaba el contrabajo arrastrándolo sobre dos rodachinas. Y otro negro bajito y gordo, que iba tocando la guitarra a un lado. Pero si los instrumentos iban dispersos en el cortejo, la música los unía en un mismo sonido. Entre la gente que acompañaba con las palmas a nadie logré ver con lágrimas ni lamentos,  sólo a uno que otro blanco cantando también. Esto me hizo pensar el algo que quisiera recomendarte Catalino, ya que a mí tal vez no me sea posible hacerlo, que a Memo Cocha cuando muera, me le hagas un funeral igual. Bueno no igual, parecido, pero con cortejo musical. Tú sabes que es mi copartidario más estimado, fue él quien me cubrió con su cuerpo herido cuando la matanza en la Casa Liberal, me salvo la vida y yo quiero honrar su muerte de esa forma, cuando pase. Catalino se estremeció al leer esto, no sabía si de rabia o de miedo, porque los favores que pedía siempre su papito eran de carácter político, recordó algunos como el de: “Por favor el nueve de abril, colócate algo rojo, claro con precaución y saluda el retrato de Jorge Eliecer”. En otra misiva le había pedido: “Por favor, no te quiero ver con trajes negros, ni azul turquí, ni sombreros del mismo color; vístete de blanco o de caqui, como los obreros”. Siempre pedía el favor y le recordaba: “Las palabras y los hechos son prioridades que hay que cumplir, como la cumplen los galleros”. Puso las hojas en la mesa.

Miró la una de la tarde en su reloj de muñeca. Cubierto de sudor sintió la misma ansiedad y temor que sentía cada mes, o en el mejor de los casos, cada dos meses cuando llegaba el correo. Como era nieto de un matrimonio liberal, tenía el deber de hacer respetar la política de la familia, eso le habían enseñado, aunque él nunca lo asumió de lleno, siempre dudaba ¿el nieto de  Locadio Carbonero, del liberal recalcitrante José J, es un ser miedoso, tímido, blando? Nadie piensa eso, excepto el mismo Catalino, todos lo tienen por valiente. En el velorio del sacristán lo había probado, se comportó con la misma valentía de su papito. A fin de cuentas el mismo bailadero se lo había dejado su papito como un favor, para que lo administrara y lo conservara para bien de la familia, su  mamita y él. El famoso bailadero “Casa de Mangle”, considerado por los conservadores y los curas como rojo, antro en el que se cocina la lujuria por la carne y donde se debaten ideas de libertad. Desde donde se ataca al gobierno militar. Eso para los que sólo piensan en dos colores, pero para la gente, Casa de Mangle, era todo esto y más; era el templo del sabor musical, donde la tómbola de la vida y de la muerte jugaba su partida.

Catalino sabía todo esto y lo aturdía, sin querer se había metido en el caos político. Para todos él era un liberal por convicción y herencia. Un liberal de sangre. No podía ser otra cosa, nada más. Pero el tabernero pensaba distinto a lo que la sangre y la familia le dictaban, los dos colores políticos le importaban poco. A él lo que le importaba era ensayar pasos de baile movido por la Sonora Matancera. Todas las tardes en la sala de la casa abría la ventana que da a la calle, prendía la estereofónica y a la vista de todos se ponía a bailar solo. Niños y adultos se aferraban a los barrotes de la ventana y al final de cada tema  aplaudían a Catalino;  algunas damas feligresas cambiaban de andén y se santiguaban. Dos años atrás la política no existía para Catalino, eran los tiempos de bailar todos los domingos en la caseta “Zulú” matancera de tiempo completo.

Caminaba de un lado a otro del pequeño cuarto, la memoria le reviraba y le acercaba todos estos recuerdos. Él no se plantó firme, ni les cerró el paso a los primeros “pájaros” que llegaron al bailadero, ni a los jefes de ellos: a la Zarca, ni a Ananías. Una noche lluviosa, cortada por relámpagos, llegaron sacudiéndose los vestidos, pidieron una caneca de aguardiente y bailaron solo boleros, como amantes forrados en un solo cuerpo. La supremacía de mando de la Zarca se esfumo en los brazos de Ananías. No supo cómo detenerlos o sacarlos del negocio, expulsarlos. ¡Soy el dueño! Es consciente. No supo rechazarlos. Su papito le había manifestado en una tarde de brisa fresca en la casa: “A los godos hay que enfrentarlos sin temor, ellos son cobardes”.

Observó nuevamente las hojas sobre la mesa, las fue pasando una a una, leyendo apenas el inicio. En una decía: “El local está sobre pilotes y se prolonga hacia el océano de forma innecesaria. Desde aquí no veo el faro, pero su luz pasa de vez en cuando como a brochazos. Este bar es espacioso y sus paredes son de madera, me recuerda nuestra taberna, tu taberna. Por sus ventanas y más ventanas entran gotas de mar que golpean los rostros, la madera está pintada de color rosa pastel y del cielo raso cuelgan hileras de arañas eléctricas que alumbran en exceso todo el local. El rumor del mar es un invitado que no se va y se mezcla con la música de un piano, un saxofón, una trompeta y una batería que amenizan la noche, la voz del cantante es melancólica y supongo que dice preciosas tristezas que no entiendo. Luego no supe más del lugar, porque llamé a una dama que no te voy a describir. Pero como siempre te mandaré discos de estos lugares.

Se despide tu papito José Joaquín.

Saludes a tu mamita”.

Tiró las hojas a la cama. Quiso disgustarse con su papito, no era necesario que le confesara esos deslices, él suponía que no era fácil sobrevivir solo en esas circunstancias, pero tampoco quería saber cómo engañaba a su mamita. El viento  sopla un vaho caliente como resuello de un animal agonizante; del día que estaba muriendo. Oyó  la voz de su mamita: “Catalino, almorzar”.

Nieto único, su madre había muerto a las dos semanas de parirlo, no la conoció. Su padre, un albañil liberal, constructor de columnas y cenefas talladas en cemento y mármol, llegó un día con la advertencia de que estaba amenazado de muerte, salió huyendo y nunca más se supo de él. De modo que su mamita y su papito lo criaron con mano suave como a todo huérfano afortunado.

Un delicado humo penetró al cuarto, traía enredado el olor de una sopa espesa de carantanta[4] y tortilla, con carne desmechada y papa amarilla.

—Para que te recuperes mijo —Serafina acomoda los platos hirvientes en la mesa. Su cabello plateado recogido en moño. Sus ojos brillantes miran con orgullo los platos. Lleva puesto un delantal blanco con manchas de tizne del fogón de leña. De las orejas le cuelgan dos pendientes de oro, rematados con los dientes de leche de Catalino. — ¿Qué te escribió tu papito? ¿Qué te mando a decir?

—Mi abuelo te mando…

— ¡Abuelo no! ¡Papito! Abuelos son los de los barrios de arriba; acá abajo somos papito y mamita.

—Que saludes… Que te cuidés… Te extraña.

—Comé primero Catalino, después hablás.

Suficiente, él lo sabía que ella no preguntaría más. Serafina dejó de comer y extendió su mirada a lo largo del corredor, alargando la vista hasta el patio lleno de matas y flores. Pensando, “Me extraña, entonces me recuerda”.

—Qué sabés de Memo Cocha, mamita. —El tabernero soplaba la cuchara.

—Hace tiempo no lo veo.

—Sabés si está enfermo, o algo.

—Las malas noticias caminan como hormigas. Esas noticias no han llegado todavía. —La cuchara de Serafina quedó suspendida entre el plato y la boca. Catalino, apuraba un sorbo de agua de panela con limón—. Memo Cocha se mantiene inundado de alcohol, hubiera aceptado irse con tu papito. —Suspiró hondo y depositó la cuchara en su boca.

—Si lo ves decile que necesito hablarle, José Joaquín le mandó saludes.

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[1] Coperas: mujeres atractivas y voluptuosas que atendían en los cafés, su presencia atraía clientes y aumentaba el consumo de alcohol. (N. del A.)

[2] Quemonazo: forma coloquial de llamar a la quemadura o quemón producido por el fuego cuando entra en contacto con alguna superficie. (N. del E.)

[3] Mardi Gras o martes gordo, nombre del carnaval que se celebra en Nueva Orleans un día antes del miércoles de ceniza. (N. del E.)

[4] Carantanta: tela restante de la masa de maíz cocida que queda adherida a las paredes de la paila  y con la cual se hacen sopas. (N. del A.)

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