Las coperas: un oficio del siglo XX

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Por Edgar Cuero Córdoba

Para esa época íbamos al café tan frecuentemente como los demás a la iglesia, y mientras ellos oraban acercándose a la gracia de Dios, nosotros permanecíamos en presencia de las divinas coperas.

Cuando en el diccionario enciclopédico leemos que Copero (ra) es un “criado encargado de servir las bebidas a su señor”, de inmediato nos formamos la imagen de un castillo impenetrable de fosos profundos y puentes elevadizos, con amplios salones de exquisitos banquetes servidos en una larga mesa en cuyo extremo está el copero mayor parado al pie del rey escanciando su copa de vino. Y por más precisa que pueda ser esta definición, debemos aclarar que así eran los coperos de la antigüedad, hoy podríamos redefinirla partiendo del modus vivendi de ciertas damas en la Cali de mediados del siglo XX.

Para esa época el oficio de copero había evolucionado bastante en favor de las necesidades masculinas, entonces ya lo realizaban mujeres que no se paraban al pie de nadie, su trabajo era deambular entre las mesas del café o bar donde trabajaban, dejando tras de sí un primaveral aroma de Bay rum impregnado en sus floridos vestidos. Estas mujeres no eran sumisas sirvientas de algún señor, eran las  reinas que atendían a todos los señores que llegaban esperando oír de sus labios la pregunta infaltable: “Buenos días ¿Un tinto? ¿Un pintado? O ¿Una cerveza fría?”.

Respecto a estas mujeres el historiador caleño Narciso Copete de La Rué manifiesta jocosamente en su libro Tertulias sabatinas (1972): “Eran como ágiles mariposas entre tanto moscardón impaciente. (…) Puesto que se exhibían ante hombres con sus cuerpos gentiles, para el criterio general estas mujeres o coperas como se les llama, eran consideradas iguales a las mujeres de la calle”.

Sobre esta falsa atribución a tan dignísimas damas hechas más por celos de las mujeres casadas, una de las cuales habrá convencido a su esposo periodista de El relator para que publicara en las páginas sociales del 1 de Julio de 1951, lo siguiente: “La prostitución callejera se ha encumbrado adquiriendo un nuevo espacio. Ha invadido los añejos y amplios salones y tertuliaderos de los cafés convirtiendo estos venerables espacios en insana coprolalia entre los habituales clientes. Sumado todo esto a la música bullanguera de tambores y trompetas que cubren los cuerpos de mujeres sensiblemente lujuriosas que los atienden, anexándole además los escándalos y amagos de peleas por celos y borracheras, nublado todo por el humo del coracero”[1]. Este fragmento del artículo titulado Los cafés un nuevo espacio para el pecado, la vulgaridad y la lujuria, donde firmó, especulamos que coaccionado por su señora y el párroco, el reconocido periodista bugueño Carlos Patiño Alvarado que, como hemos llegado a saber, frecuentaba el legendario café Bola roja.

Por fortuna para la reivindicación del oficio, en la hemeroteca de la gobernación departamental del Valle, pudimos encontrar una carta de réplica al citado artículo, firmada en común por algunos clientes asiduos de los bares y cafés caleños, en esta dan su propia versión de lo que son las coperas: “Hay una distancia abismal entre la puta de la calle o de callejones, la de estar de pie junto a un poste o junto a una puerta desvencijada con cara demacrada y huellas de cortadas hechas con navajas, las que llaman a los clientes con puros chisteos, “chis, chis”. Pero las mujeres de los cafés, podemos decir, sin equivocarnos, son putas finas, putas decentes, bien trajeadas, con cutis de colores, arreglado y placentero, con pestañas entornadas y cejas depiladas. Sus cuerpos son un equilibrio visual en el encofrado disímil del café. Son mujeres que se pueden sacar a vivir juiciosas y sin ningún problema, nosotros metemos las manos a la candela por ellas. Las coperas son una figura esencial de la belleza de nuestra ciudad, tal como lo fueron las coquettes de París en la belle époque, no faltará en el futuro un artista que las inmortalice como Manet a la mesera Suzon cuando la plasmó en un lienzo en el bar cabaret Folies Bergére, un lugar donde brillaban más las mujeres que las luces. Suzon como cualquier copera de Cali, fue la enigmática cabaretera que representó las 700 u 800 mujeres que atendían 2000 hombres diariamente”. Hoy seguimos esperando que algún Manet o Toulouse-Lautrec caleño nos deje retrato de estas mujeres cuya belleza está por encima de la moral.

Buscando quien hable de nuestras coperas encontramos un libro, es decir único ejemplar, de cuentos escrito por Carlos Alberto Villarreal, profesor de literatura de la Universidad Nacional, publicado en los años 60 en una edición de 200 ejemplares, su título es: “Al rescate de las coperas en Cali”. Uno de los relatos que se intitula: “Gloria, la secretaria”, nos interesó sobremanera.

“En el bar Mickey Mouse lugar y santuario de las mejores coperas que existieron en Cali se reunía la patota[2] o gallada llamada: “Tres coca colas y un pan” que por obvias razones se ganaron ese mote: no consumían nada más, eran mozalbetes próximos a cumplir la mayoría de edad: 21 años. Moisés, miembro de la gallada, cuya capacidad de inventar y contar cuentos era imprescindible en la tarea de sacar las cervezas a los borrachos interesados en escuchar la historia de la copera más bella en todos los sentidos que jamás tuvo Cali. Y con cara templada y seria empezaba el relato.

“No sabíamos su nombre. Le colocamos Gloria. Gloria salía todas las mañanas a eso de las 10, bien trajeada con vestido de dos piezas o a veces un solo conjunto bien forrado a su cuerpo; sus zapatos de tacones altos combinaban con todo. En la esquina de nuestra cuadra por donde pasaba siempre la acompañaba un olor a ángeles, eso creíamos en la patota; y cuando pasaba ni un suspiro, ni un saludo, menos un piropo, solo miradas de embeleso la seguían al voltear en la otra cuadra. En el andén quedaba el eco de su taconeo firme, sonoro y femenino. Solo una secretaria podía darse el lujo de poseer 7 vestidos esplendidos para la semana y 7 pares de zapatos también; y entonces para redondear nuestra idea sublime y alegórica de amor la rebautizamos como Gloria, la secretaria. —Aquí las cervezas van por la segunda ronda—. Y entre nosotros no pusimos reglas para enamorarnos de ella, todos la compartíamos en sueños. Cada cual podía enamorarse como mejor le conviniera y eso sí: sin celos. —Los borrachos aplauden—. Ella no se inmutaba ante la presencia mañanera de esa corte de flacuchentos muchachos recién bañados olorosos a la colonia de sus padres, con zapatos embolados y pantalones largos domingueros. Aunque esa parvada de ansias locas no existía para ella, un día nos descompuso totalmente cuando no salió a las 10 en punto y su anhelante cuerpo no rozó nuestras narices, ese día más bien llegó a las 10 y 10 en un taxi, llegó como si recién hubiera salido de su casa, con su cabello perfectamente peinado, sin arrugas su vestido, maquillaje en su punto, cartera colgada en su hombro izquierdo y sus medias veladas, lizas y tiernas. No miró. Sacó las llaves de la puerta y penetró sola y sombría, pero majestuosa. Nosotros al frente en la otra acera éramos un nudo de interrogantes: ¿Apenas salió de trabajar en la oficina? ¿Trabajo horas extras? Si supiéramos dónde labora le hubiéramos llevado una caja de arroz con pollo.

“Pacho “La saca” —así le decíamos porque en los partidos de fútbol como no sabía jugar siempre que le pasaban el balón lo único que hacía era botarlo fuera de la cancha—. Pacho La saca nos sacó del embeleso cuando nos dijo: “Esa vieja amaneció encamada con el jefe”. Poco faltó para que se ganara unos buenos puños y unas generosas patadas, su altanería lo merecía, también lo salvó que es dueño de la pelota. Algo más y nos desbarata el sueño, aunque dejó en nuestras mentes un piñizco de desconfianza que alertó a nuestros corazones. Entre todos decidimos ponerle un suplicio para que enmendara su calumnia, debía de seguir a Gloria a su lugar de trabajo para que constatara que era una mujer decente y aplicada. A Pacho La saca le gustó la idea y no hubo que esperar mucho tiempo para que la llevara a cabo.

“Gloria salió a las 11 en punto más radiante que nunca, inclusive en su rostro nació una leve sonrisa que Horacio, el hijo del panadero, la comparó con una tal pintura de un italiano —Moisés cuenta las botellas vacías de cerveza, son ya seis tandas las que se han bebido—. Pacho La saca la siguió y volvió a la media hora, vimos en su rostro una seriedad que no conocíamos en él, sus ojos brillaban más de lo normal, todos los miramos inquietos. “Creo que es necesario que todos conozcamos el lugar donde trabaja Gloria y su espléndida oficina”, comentó con una carcajada elemental.

“El bar era pequeño y agradable, tenía algo que lo hacía ver sofisticado, puede ser la decoración de porcelanas y tapetes; lo constatamos al asomarnos uno por uno y ver dos hermosas mujeres ser parte de ese decorado. Con decirles que no nos importó que una de las dos mujeres fuera Gloria, la secretaria. Ya el germen de su voluptuosidad se nos había metido en los cuerpos y eso aseguraba la sana competencia de que nos podíamos enamorar de ella e ir al pequeño bar e invitarla a libar unos tragos y abrazarla al bailar un danzón. —En estos instantes ya son siete las cervezas que cada uno de la patota ha consumido, el tuerto Hermenegildo ya ha sacado a una de las coperas a bailar un bonito guaguancó—. Moisés parado sobre un taburete seguía con su cuento de Gloria, cuando de pronto un alboroto de sillas y mesas que se corren de forma apresurada, eran dos policías que entraron persiguiendo a la patota, a la gallada de “Tres Coca Colas y un pan”. Los muchachos dejan sus cervezas y salen corriendo, gritando y riendo. Uno de los borrachos le grita a los policías. “¡Estos cacorros se van a comer a los muchachos! ¿O qué?”.

[1]Coracero: cigarro puro de tabaco muy fuerte y de mala calidad (RAE).

[2]Gallada o grupo de amigos del mismo barrio.

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