Relecturas 2014: La marca de agua de Joseph Brodsky

Joseph Brodsky (1940 - 1996)
Marca de agua (1992) – Joseph Brodsky (1940 – 1996)

Por Daniel Ferreira (Bloguero y novelista)

Venecia es perfecta, como el Tarot, como la poesía de Montale, como el I Ching, como El jardín de las delicias, como los viajes de Castaneda, como Los proverbios Neerlandeses de Pieter Brueghel, como El Espejo de la luna de Saigyo. Y una de las varias manifestaciones de la perfección es la belleza. Otra es, también, el espanto.

Marca de agua busca examinar en las paredes internas y externas de una ciudad, Venecia, algunas características de la perfección. En el contraste de la belleza y el espanto, que son un par de espejos reflejados, está la armonía, y el puente al inframundo, y el sentido de la vida, y la trascendencia del alma y el infinito. ¿A qué iba cada año Brodsky a Venecia después de su divorcio? A curar su espíritu a través de la belleza. Elegía siempre la estación abstracta (el invierno) porque era el momento en que el turismo de alto consumo buscaba el calor de los trópicos. Él, en cambio, buscaba la contemplación gélida del mármol y el enigma de su erotismo, que está en los hombros de las ninfas. Alguna vez estuvo en verano y descubrió que las turistas alemanas eran rebaños en vestidos cortos que relinchaban en alemán y cuyas piernas querían opacar la belleza de las pilastras. Brodsky iba a examinar la acción del tiempo sobre la belleza. La acción del tiempo estaba en la huella del agua sobre las paredes de una ciudad levantada en el mar Adriático. Por esa forma de observar, por ese detallismo casi místico, nos hizo ver que la belleza era la única característica que no poseía el tiempo, y sin embargo la huella del tiempo sobre las obras hechas por el hombre realzaba la belleza, es decir que el arte exigía la marca del tiempo. Iba cada año a Venecia porque la belleza cura como la sicología. Porque seguía la creencia medieval acerca de que la belleza trasciende al observador y es mímesis con la naturaleza y que por tanto la mujer preñada que busca un hijo hermoso debe rodearse de objetos hermosos. Iba a Venecia para interrogar a la belleza, para cuestionar a la estética y corroborar con su propio sentir si era una experiencia lo que engendraba un lenguaje o si era el lenguaje el que condicionaba la experiencia, es decir: Brodsky quería desentrañar el punto de origen de la poesía, que es espejo y secreto; o de las profecías que derivan de experiencias místicas y estados de éxtasis; en el milagro de una ciudad hecha por miles de artistas a lo largo del tiempo.

Brodsky interrogaba con la misma religiosidad los símbolos labrados en piedra, la forma abstracta de la isla de San Michele (donde reposan sus restos), una garra de león en un pórtico, un súcubo en un portal que indica prostitución, un animal mitológico exorcizado a medias de una piedra, una Madona en la iglesia de San Marcos iluminada a razón de un dólar por cinco segundos, una criatura pesadillezca convertida en canal de agua llovida. Nos hizo ver tras cada ataque cardiaco, tras cada cigarrillo aplastado en la ventana del primer piso chispeado por las góndolas al pasar, que la arquitectura era la más carnal, mientras la arquitectura era la menos voluptuosa de las musas, que el espanto consistía en demonizar lo divino, que la belleza consistía en sacralizar el misterio, que la experiencia del arte no está afuera sino adentro de nosotros mismos, que para reconocer la belleza debemos tener armonía en el espíritu, la misma que tuvo el artista anónimo que fijó una contemplación para la eternidad humana, finita. También descubrió que un objeto natural recogido del río, una piedra, una hoja conservada en un cuaderno, su selección entre millones, vuelve privado lo infinito, y que cualquiera puede tener la misma experiencia de la belleza sin mantiene atenta la mirada en todo lo que le rodea. Al menos mirar, en el sentido clarividente que le dio Brodsky: comprender la luz y hacer un cuadro. ¿Quién es el artista? El que toma las señales para rehacer el misterio y multiplicar su hallazgo. ¿Qué es el arte? La alegría repetida de quien comprende lo divino. Para encontrar la belleza es necesario olvidarse de si.

Releí este libro mientras estaba en un viaje por La Macarena, Meta (Colombia). Yo también había ido a esa finca a orillas del río Guayabero a curarme. El amor y el arte parten de la misma observación: la relación entre un objeto y su reflejo.

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