Lecturas Perjudiciales

Música para levantar muertos

In Novela, Por entregas on 5 diciembre, 2014 at 2:37 PM

CAPÍTULO VIII

Foto Héctor Mediavilla

Foto Héctor Mediavilla

Por Edgar Cuero Córdoba

El lunes un vaho del sol despertó a unos pocos que dormitaban en los andenes, recostados a las paredes. La gente trasnochada aún bebía y conservaba su excitado enojo. Seguían dando vivas a hombres ilustres y a políticos que a duras penas conocían en fotografías grises de periódicos o por sus voces exaltadas que habían oído en la radio. Olvidando los rezos y oraciones del muerto, en el bailadero la noche del domingo continuaba. Serafina mantenía intacta la compostura propia de una viuda. Cuando en ese estado de trasnocho, de ingesta incontable de alcohol como para querer matar al que fuera, entonces unas voces angelicales y ordenadas llegaron como traídas del limbo: “¡Es María la blanca paloma/ que ha venido  América/ que ha venido América a traer la paz/ es por eso que los colombianos/ la llamamos madre, la llamamos madre/ la llamamos madre, madre de bondad…!”. El del sayal blanco explayaba los brazos, abriéndoles paso a los niños que lo seguían con sus canastos y cestas de mimbre vacíos. Los niños están recién levantados, llevan puesta su ropa pobre, limpia y sin rotos; grande para algunos, corta para otros, casi nunca ajustada, y a pesar de esto sintiéndose cómodos. Las niñas bien peinadas, llevaban trenzas amarradas en las puntas con hilos de colores, en vestidos de dos piezas, limpios y sin aplanchar.

Recordando las misas y entierros en su país lejano, el misionero, sin decir nada, ni pedir permiso, dio una letanía de rezos y salmos que los niños respondían con sus dulces voces. A lado y lado del misionero, respondían a todo con seguridad. Los ganaderos de la guardia de honor aún seguían, aunque tambaleantes, al pie del muerto. El cotero y el niño callejero dormían con sus cabezas inclinadas sobre una mesa. Catalino con su mamita al lado, conversaban muy quedo.

—Es hora de deshacernos del muerto.

Serafina no sintió ninguna señal de tristeza al decirlo. Catalino miró alrededor, la unión de tantos desconocidos por la muerte del sacristán ahora empezaba a fracturarse: borrachos en el piso, amagos de pelea entre algunos y cansancio en muchos de los rostros.

—Sí mamita, creo que el duelo ya se ha cumplido.

Se paró y fue acercándose al misionero, fumándose un cigarrillo.

—Buenos días Valerio.

—Buenos días buen hombre, si se pueden decir buenos. —El misionero extendió la mano, saludando a Catalino.

—Te voy a pedir un favor, misionero, que acompañes a este difunto, dándole tus buenos oficios en el cementerio. Es un muerto liberal, no tiene derecho a misa, ni a cantos. —El misionero sonrió iluminándosele la cara.

—¡Ni más faltaba, hombre! ¡Vamos a enterrarlo! ¡A cargar al difunto! —Las palmas de sus manos chocaron llamando la atención en el salón, aligerando la modorra. —¡Ya! ¡A cargar!

Batía las manos aplaudiendo. Cuatro hombres del fondo ganadero levantaron el cajón con dificultad, vacilantes en sus movimientos. Serafina y la vecina agarraron de a cirio, estaban intactos con un remedo de llama moviéndose a capricho. En las páginas de El Relator de esa mañana —nadie supo quién había hecho llegar el periódico al bailadero— se publicó la primicia del velatorio, todos se pasaron las páginas mientras leían y detallaban las fotos, buscándose, y al ver retratada la cara adusta del tabernero, sosteniendo la fría cara del sacristán, sonreían gustosos. Estaban al límite de la fiesta, esperando el café negro cerrero1 para levantar el ánimo y luego complementarlo con una taza de caldo de gallina para reforzar el espíritu, para que la tripa de los bebedores aguantara la siguiente botella de la mañana. Nada de eso, les tocó marchar acompañando a su muerto, con las gargantas secas, con sus rostros desvalidos, pero con la entereza de quien va a enterrar un caudillo. El barrio Obrero mostraba su carácter.

Adelante va el misionero escoltado por sus huérfanos, cantando himnos religiosos con potente voz de monasterio: “Madre mía que estas en los cielos/ envía consuelo a mi corazón”, y ellos repitiendo alegres, ignorando que esa era una marcha fúnebre.

Silenciosa la muchedumbre va tras el féretro cargado muy orgullosamente por los cuatro ganaderos en trajes rimbombantes, mientras los cirios en las manos de las dos mujeres incrementan el calor ya generalizado en el cortejo. Formados en las esquinas y en medio del descampado que separa la calle principal del cementerio, aguardan amenazantes los soldados, pero al verlos nadie se amedrentó, como un carbón a punto de apagarse recibieron un aliento que los encendió de nuevo y el resentimiento por la muerte del sacristán hizo que surgieran a gritos consignas contra el gobierno.

Los del garrón de puerco se han quedado dormidos en una mesa, solos en un rincón. Al percatarse de que los dejaron salen corriendo y se integran a la cola de la marcha, les es imposible adelantarse por la cantidad de cuerpos apretujados. Hasta que el misionero se detuvo, alzando el brazo derecho con su puño cerrado, frente a un pelotón de soldados ya demacrados por el trasnocho y que aún apuntan sus armas hacia la multitud. Las consignas ahora van acompañadas de insultos que no conmueven a la tropa. Sin dejar caer al muerto se relevan los cargadores, se lo pasan a cuatro hombres corrientes, con ropas sencillas, que continúan la marcha.

La voz solemne del misionero, ahora más potente, se va imponiendo sobre los gritos de la multitud, está cantando algo que nadie ha escuchado, salvo Catalino y los músicos de tarima, de tanto repetirla va penetrando en la mente de todos, un estribillo contagioso, como de combate: “¡De frente viene una bala/  para él o para mí!/ A él le tocó la suerte/ y yace a mis pies inerte…/ Como un pedazo de mí”. La repitió hasta sentir una gran voz que se apoderaba del lugar. Los niños la aprendieron rápido y en sus sandalias de caucho comenzaron a marchar de nuevo, los que llevaban el muerto y las pocas mujeres también los siguieron. Serafina ya sentía doler sus juanetes, pero no le importó. Ahora el sonido de los pies se oía fuerte junto con la segunda estrofa. “¡Ay no puedo darte la mano/  adiós mi querido hermano/  que morir con gloria es vivir…/ ¡Que morir con gloria es vivir!”. Marchaban sin moverse de su sitio y solo cuando las dos estrofas se cantaron y gritaron varias veces, el misionero comprendió, que ahora sí, era el momento justo de encaminarse al cementerio.

A la tropa estática le pareció haber visto un ejército sin uniforme armado con un muerto: “¡Silbando viene una bala/ para él o para  mí/ a él le toco la suerte/ y yace a mis pies inerte/ como  un pedazo de mí…/ Como un pedazo de mí/ Compañero dame la mano para tomar mi fusil…/ Ay no puedo darte la mano…/ Adiós mi querido hermano/ que morir con gloria es vivir…/ Que morir con gloria es vivir!”. Los demás soldados que estaban tirados en las chamizas, entre el rastrojo seco, los vieron pasar marchando, sintiendo el canto sobre sus cabezas. Un pelotón de policías custodiaba la entrada del cementerio con fusiles y bolillos. Catalino observó a su alrededor y no encontró entre las floristas a su Azucena linda. El niño de la calle prendía constantemente la llama de los cirios. Lograron entrar y sin saber hacia dónde coger pararon en la primera tumba abierta a la vista. El muerto en hombros como un héroe. Allí  el misionero recito otras letanías, otros cantos gregorianos y dio la señal de meterlo en el hueco. Mientras le echaban tierra al cajón, aprovechó y recitó un poema que logró conmover a los presentes: “Se le vio, caminado entre fusiles,/ por una calle larga,/ salir al campo frío,/ aún con estrellas de la madrugada./ Mataron a Federico/ cuando la luz asomaba./ El pelotón de verdugos/ no osó mirarle la cara./ Todos cerraron los ojos;/ rezaron: ¡ni Dios  te salva!/ Muerto cayó Federico/ —sangre en la frente y plomo en las entrañas—/ …Que fue en Granada el crimen/ sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada”. Los primeros en aplaudir fueron el periodista y el subdirector de El Relator. Después una ovación cerrada, justo cuando las últimas paladas de tierra cayeron en la mortaja.

El fantasma Figueroa apareció con un balde de  pintura roja y con dos trozos de madera vieja formó una pobre cruz. Con los dedos de la mano derecha pintó: “Casiodoro Reyes”, en el palo horizontal y en el vertical: “Ganadero liberal”. El montículo de tierra lo forraron con las seis coronas y les echaron agua con un balde viejo. Las hojas del periódico eran arrastradas por el viento entre las tumbas. Muchos le dieron el último pésame a Serafina que los recibió impávida. El tabernero invitó al misionero a unos tragos en Casa de Mangle, este se negó: “Gracias hombre, pero no, debo recoger la comida para estos chavalillos. Más tarde será”. Se despidió con el consabido apretón de manos. Los niños y niñas lo siguieron con sus canastos y cestas. El cotero se fue a recorrer el cementerio buscando algunas tumbas queridas para visitar de paso. Los seis liberales del fondo ganadero salieron presurosos, aflojando el nudo de sus corbatas. Otros borrachos se sentaron sobre lápidas a seguir discutiendo de política, se abrazaban para no dejarse caer. Los músicos del garrón de puerco se despedían en un rincón. Saturnino, el violinista, se santiguaba, ante cada tumba que pasaban. Nadie sabía que los músicos se habían escondido durante la noche en el cementerio. Catalino con las dos mujeres a los lados, agarradas de sus brazos, salieron lentamente del cementerio, ya el dolor de los juanetes de Serafina era insoportable, pero llevaba el luto prestado con orgullo, cabeza siempre en alto. Las floristas arreglaban sus flores y las regaban. Azucena linda no estaba en su sitio, el tabernero se sintió decepcionado. Afuera no había ni policías, ni soldados, todos evaporados, se podía creer que su presencia de apenas unos minutos atrás, era una ilusión. Las tres figuras del tabernero, su mamita y la vecina se perdieron entre las malezas del polvoriento camino. El niño callejero los seguía atrás llevando a patadas un sombrero redondo de color café que se negaba a seguirlo.

1 Amargo y espeso.

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