400 negras pelando tripas o el romanticismo argentino

Rembrandt - Buey desollado (1643)
Rembrandt – Buey desollado (1643)

Por Edgar Cuero Córdoba

 

“A los blancos hizo Dios,

A los mulatos San Pedro,

A los negros hizo el diablo

Para tizón del infierno”.

(Martín Fierro)

José Hernández

Seguramente Esteban Echeverría pensaba más en el realismo que en lo romántico cuando publicó El matadero, cuento con el que, se ha dicho, inicia el romanticismo en Hispanoamérica. Si su idea hubiera estado más clara en esos momentos, a lo mejor habría optado por considerar a  Elvira, o la novia del Plata, otra de sus obras, como muestra más acorde al romanticismo, puesto que en esa novela presenta a la mujer como una heroína de la sociedad, mientras que en El matadero describe con realismo las condiciones en que vive una raza invisible en la Buenos Aires de principios del siglo XIX.

Los negros han sido protagonistas por debajo del umbral y pese a ello, lo que se dice tiene siempre una asombrosa exactitud, como en las cifras que menciona Echeverría: 400 negras o africanas, a pesar de nacer en Argentina. De estas cifras salen a la palestra algunas preguntas necias: ¿Y cuántos eran los negros? Es mejor no desviarse y escuchar a Juan, uno de los matarifes del cuento, cuando se dirige a una de ellas: “¡Che! Negra bruja, salí de aquí antes que te pegue un tajo”. O cuando el narrador señala el modo en que rebuscaban la comida: “La multitud de negras rebusconas de achuras1, como caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas arpías prontas a devorar cuanto hallaran comestible”. Esto para los que creímos que en la Argentina no hubo jamás negros, nos da placer saber que en 1837 ya estaban ahí esas 400 africanas que sobrevivían de las tripas de reses.

Como lo hace notar el autor la capacidad de consumir carne de res era signo de poder, según Echeverría, excepto los negros, todos comían carne, a menos que sucediera una fuerte inundación de lluvias que desbordara El Plata o que fuera tiempo de cuaresma en días de semana santa. El cuento sirve también para que el autor proteste como un ciudadano cualquiera: “El caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la iglesia y el gobierno”. En este cuento, aprovechando el tema de los mataderos, Echeverría muestra de soslayo las circunstancias de una cultura que tenía negado su protagonismo en la sociedad argentina.

Miremos la aparición de algunos negros en la literatura de esta patria sudaca. El gaucho Martín Fierro, ya hecho un cuchillero desalmado mata a un negro en un bailongo para enamorarle a su negra de buena grupa, siete años después, el hermano del difunto, otro gaucho negro cargado de venganza mata a Martín Fierro en lances de poncho y cuchillos. Lo esperó paciente siete años rasgueando su guitarra. Esto nos lo cuenta Borges en El fin y en El hombre de la esquina rosada presenta a Julia, “la de humilde color” y a su esposo, un mulato ciego sobador de violín cuyo resultado eran unas “habaneras tristes”, ambos dueños de un entreverado donde se tangueaba hasta el amanecer. A esto sumemos lo dicho por un periodista de provincia a cierto visitante extranjero que le había preguntado por los negros de Argentina y éste le contestó: “A los negros argentinos los montamos en una barcaza y los empujamos por el río de la plata, para que vivan allá en el Uruguay”.

Pero la mejor muestra del ‘romanticismo’ en El matadero, es esta: “Acullá se veían acurrucadas en hileras cuatrocientas negras destejiendo sobre las faldas el ovillo y arrancando uno a uno los sebitos que el avaro cuchillo del carnicero había dejado en la tripa como rezagados, al paso que otras vaciaban panzas y vejigas y las henchían de aire de sus pulmones para depositar en ellas, luego de secas, la achura”. Este cuadro de Echeverría inspira más libertad que la más famosa obra de Eugene Delacroix, y la libertad es la virtud más romántica.

1 ACHURA: Menudo o cualquier otro desperdicio de la res.

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