Lecturas Perjudiciales

La muerte de la poesía I

In Ensayos, Por entregas on 29 septiembre, 2014 at 12:35 PM
El funeral de Shelley por Louis Édouard Fournier (1889).

El funeral de Shelley por Louis Édouard Fournier (1889).

Por L. C. Bermeo Gamboa

Una mañana de la antigüedad un marinero arribó a las costas de la isla Paxi, en Italia, con el propósito de comunicar a todos que el gran dios Pan había muerto, se lo había encomendado una voz divina que escuchó en el mar, puede que el marino haya escuchado mal, pero nadie confirmó la notica, sino que de inmediato los habitantes entraron en un sentido luto con llanto, lamentos y ritos funerarios. Nos dice Robert Graves[1] que este es el único testimonio —exceptuando el asesinato de Dios que según Nietzsche en el Zaratustra lo cometió el hombre más feo del mundo— que tenemos de la muerte de una deidad griega —buen tema para el estudio de los mitos sería una necrología divina donde se describa y enumere qué dioses han muerto y cómo—, puesto que una característica de las mitologías es que describen los orígenes de los dioses, pero casi nunca de sus muertes. Sin embargo, para la mentalidad de los griegos, que un dios feneciera, no significaba en absoluto que su culto terminara, y mucho menos que su nombre fuera olvidado, por el contrario se construyeron nuevos templos en su honor y su mito siguió recreándose en todas las edades, cabe mencionar que incluso en el siglo XIX poetas como Shelley y Rubén Darío aún se inspiraban en su imagen, así como el místico pagano Aleister Crowley mantenía una orden ocultista donde le rendían culto.

La muerte del dios, aunque signifique una negación de su existir concreto, en el ámbito mítico constituye, también un nuevo principio, puesto que la tradición legada, como vemos, continuará sin su presencia; digamos que morir limita la idea de historicidad del dios, este ya no actuará positivamente en la realidad, sin embargo el sentido de sus hechos puede ser ahora revisionado desde múltiples perspectivas: la religiosa, la artística y la filosófica, pero también desde la crítica, la ironía y el humor.

De este modo podríamos arriesgarnos, de paso, ya que los dioses mueren, a preguntarnos si las artes también pueden morir. Pero es difícil aceptar la muerte en cualquier circunstancia, es una idea que genera aversión, porque nadie, en primer lugar espera que él mismo muera —saber que moriremos es diferente—, vivimos el presente como si fuéramos eternos decía Borges; en segundo lugar, y ya es mucho, nadie espera que un dios muera, y en tercer lugar, nadie espera mucho menos que muera un arte, aunque si alguno debía morir, todos sabemos que el primer sacrificado sería, desde luego, la poesía, entonces digámoslo de una vez: la poesía ha muerto.

Y como ante la suposición de que se nos muera la madre, todos de inmediato rechazaríamos la idea y de paso invocaríamos a un santo para que nos libre de todo mal,  y repetiríamos devotamente la rima IV de Bécquer: “Podrá no haber poetas: pero siempre habrá poesía”, “Podrá no haber poetas: pero siempre habrá poesía”, “Podrá no haber poetas: pero siempre habrá poesía”; finalmente con una fe jamás expresada  diríamos esas certeras palabras de Keats en su soneto: “No muere la poesía de la tierra jamás”[2].

***

Dado que siempre existirán poetas —y lectores— tan supersticiosos a quienes no se les puede hablar de la poesía como algo muerto, ellos conciben a la poesía como una cucaracha capaz de sobrevivir una guerra nuclear, a pesar de su optimismo en la crítica literaria no se ha dejado de lado este escatológico tema sobre la posible muerte de la poesía, en esto los críticos son paganos y al modo de los griegos que aceptaron la muerte del dios pan, asumen la muerte de la poesía como punto de partida para darle un sentido moderno, radicalmente distinto, de la idea tradicional que se tenía de ella.

El obituario empieza con el testimonio de Hegel que, en sus Lecciones de estética, dio el primer parte de defunción, no de la poesía específicamente, sino el de la muerte del arte, luego vendría Dino Formaggio[3] a determinar en esta predicción hegeliana no sólo un aspecto polémico de la estética en el siglo XIX, sino, tal vez, el carácter más profundo del arte moderno para el siglo XX y los venideros:

“Hegel (…) habría visto ponerse el sol del mundo encantado de las bellas artes junto con su presupuesto divino, y delante había visto extenderse la difícil génesis, más que nunca preñada de negatividad, de la nueva idea de artisticidad, o bien, de un arte ya no funcionalmente intencionado hacia el mito y la belleza, sino del todo dirigido a suscitar y a hacer que resplandezca en la noche funesta, ante los altares de la propia muerte, como belleza y como mito, la fría claridad de la verdad, una desnuda y gélida verdad del arte, verdad de sus estructuras y sus materias, antes aún que verdad del hombre y el mundo. El eje intencional del arte quedaba irremisiblemente desplazado y se abría un nuevo capítulo sobre el paisaje, por lo demás ruinoso, de la civilización occidental”[4].

A la irrupción del romanticismo en el siglo XIX, cuando los poetas buscaban imponer de nuevo el modelo clásico de cultura, digamos en términos de Hegel: la vieja idea de artisticidad, aquella que se fundaba en el ideal poético, tal como Grecia se reconocía en La Ilíada y La Odisea, oponiéndose al predominio del racionalismo que redujo la realidad a conceptos e ideas que podían ser controvertidas y puestas en duda, que habían comenzado a decir de una manera razonable que no había absolutos y que la divinidad también era refutable, no en vano, la obra de Descartes y la de los empiristas ingleses Bacon, Locke y Hume, habían educado a los Ilustrados del siglo XVIII —Diderot y Voltaire— que aplicaron la duda a todo, minando la idea de poesía como un don divino y el rol del poeta como un ser moralmente superior.

Ese modelo antiguo de poesía, sustentado básicamente en la noción estética de Platón[5] según la cual lo bello es bueno, y lo bueno y bello es verdad, había servido para que la figura del poeta tuviera una moral distinguida del resto de mortales, y pese a la exclusión que hizo de ellos en su República, Platón permitió que el poeta se considerara, también, bello y bueno, y hasta divino. De ahí que el poeta se convirtiera en una figura predominante de la cultura y que la poesía se divinizara como la esencia de lo humano, dándole validez a la soberbia de los poetas que gracias a los ilustrados del siglo XVIII empezaron a ser criticados desde el mismo seno de la poesía.

La misma razón que abrió rumbo para que la crítica fuera derrumbando la idea solemne y religiosa en torno al arte, por la misma época en el plano social, impuso la duda sobre la validez del estado monárquico, de que el rey no era enviado por Dios, de que todos éramos iguales, entonces ya había aparecido Rousseau con el contrato social. Este germen de mentalidad crítica fue el que aterrizó la noción estética de lo bello y bueno, así el idealismo con que los románticos empezaron su proyecto terminó en un gran fracaso, recordemos que el mismo Hegel, junto a Schelling y Hölderlin, en sus años de estudiantes en Tubinga, habían esbozado un programa de gobierno de la humanidad según los ideales de la poesía y el arte:

“La poesía recibe de este modo una más alta dignidad, vuelve a ser al final lo que era al principio —maestra de la humanidad—, pues ya no hay filosofía, ya no hay historia, sólo la poesía sobrevivirá a todas las demás ciencias y artes”[6].

Hölderlin inicio su peregrinaje poético desde un franco idealismo estético basado en el panteísmo, finalizando en una limitada y desesperada constatación mortal: “El dios se ha ido”, y con esto comprendió  que su deber de cantar, ya no era la divinidad, sino cantar el fin de la divinidad, de ahí que su visión amplia de la poesía del mundo y la naturaleza se redujera a una poesía de la poesía, la suya es una poesía de la muerte de la poesía en el mundo, y con él, por un lado, iniciaba el largo réquiem a la poesía, y por el otro estaba Hegel que habría de diseccionar el cadáver y definir la nueva estética del arte que ha muerto.

Después de toda la historia, por fin los poetas comprobaban que su arte era tan mortal como ellos y que ahora debían ser nuevamente humanos, pero mientras esta realidad era asimilada, hubo un velatorio desde el siglo XIX, que se ha dilatado hasta hoy, una noche fúnebre donde cada poeta a su modo ha pasado por el féretro y hecho guardia de honor mientras canta su elegía.


[1] Robert Graves, Los mitos griegos I, vida y hechos de Pan.

[2] John Keats, On the Grasshopper and Cricket: “The Poetry of earth is never dead”. Versión en español de Leopoldo Panero y José María Valverde.

[3] Dino Formaggio, La muerte del arte y la estética.

[4] Ibídem.

[5] Platón, Diálogos, El banquete.

[6] Friedrich Hölderlin, Ensayos, esbozo de Proyecto, redactado junto con Hegel y Schelling.

Anuncios
Borges todo el año

Literatura, periodismo y crítica cultural.

Tesis sobre el fracaso

Por L.C. Bermeo Gamboa

La Cultura de Yumbo

Somos lo que expresamos

Tediósfera

Un blog de Eduardo Huchín

Vallejo & Co.

literatura y más

Estafeta

Literatura, periodismo y crítica cultural.

Taller permanente de poesía (Yumbo)

Estudio de la forma y la poética

pornosonetos

Literatura, periodismo y crítica cultural.

Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Antiguos Testamentos

Literatura, periodismo y crítica cultural.

Zoon Phonanta

Literatura, periodismo y crítica cultural.

Ignoria

Literatura, periodismo y crítica cultural.

Holismo Planetario en la Web

El Portal donde día a día hacemos realidad el sueño de una Nueva Gran Biblioteca Digital de Alejandría

Periodismo narrativo en Latinoamérica

Recopilación de crónicas periodísticas con chispa.

refinería literaria

Diario de un book doctor en español

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

Una hoguera para que arda Goya

Literatura, periodismo y crítica cultural.

borgesyyo

Just another WordPress.com site

A %d blogueros les gusta esto: