Música para levantar muertos

Por Edgar Cuero Córdoba

Foto Héctor Mediavilla
Foto Héctor Mediavilla

CAPÍTULO VII

Muchos conocen a Serafina Loaiza, esposa de Locadio Carbonero y mamita de Catalino Mayembe. Se puede decir, sin temor a equivocación, que ella es la dueña de Casa de Mangle. Dicen los viejos que en su juventud fue una hembra cautivadora, firme en sus convicciones. Serafina Loaiza es una negra-india, menuda de cuerpo, de pelo ondulado, largo y entre canoso. Su rostro es perfilado con nariz y labios delgados, de ojos apacibles. Una costumbre muy suya es que así tenga zapatos nuevos les hace dos agujeros con cuchillo, al lado de cada dedo gordo del pie, para que el juanete se mueva a sus anchas y no la apriete. Aún hoy, lenta por los años, y por los juanetes, conserva el brío de ayer. Conocida, también, porque en una ocasión dio de cachetadas y desarmó a un policía borracho que estaba dispuesto a balear a su esposo. Por esto, y además porque era el presidente del directorio liberal y presidente del sindicato de los ferrocarrileros del pacífico, su hombre tuvo que abandonar el país y exiliarse; lo ayudó un primo, miembro del partido conservador, que lo escoltó hasta buenaventura donde abordó un buque mercante de la gran colombiana.

Los cirios que llevaron Serafina y su vecina, ayudaron a darle más luz al muerto. Las llamas se mueven danzando en un delgado humo grisáceo que sale de cada una en forma serpentina. Los dos hombres y el niño siguen en la misma posición de la última foto, prolongando la realidad de la instantánea. Las mujeres sentadas mirando el ataúd. Vuelve más sosegado el periodista, el subdirector con los pulmones llenos del aire de la noche, lo sigue tranquilo. Toma otra foto, con un encuadre donde aparezcan las dos mujeres. El subdirector se acerca y le da el pésame a la más vieja. Serafina lo toma como un cumplido y se apodera del muerto. Toda la noche, de ahora en adelante, las condolencias le inundaran las manos; lágrimas de hombres y mujeres caerán en su vestido, juramentos de venganza por el copartidario le llenaran su oídos. Ella recibe todas estas declaraciones fúnebres, estoica, con su rostro endurecido, sin muestra de dolor. Pensando que el difunto podía haber sido su esposo, o su nieto.

El rumor de la noche toma posesión de la calle. Voces y murmullos vienen acercándose al bailadero. El gentío aumenta, es un liberal el que mataron, qué mejor pretexto para aglomerarse. Si se presentarán con sus armas gente del gobierno, no se sabe.

—El muerto es un liberal, el sacristán que tenían castigado. —el rumor se riega.

En las cantinas no hay movimiento, todas permanecen cerradas, saben de la mortandad, así en la radio no se haya dicho ni una sola palabra. Todos saben a dónde fueron a parar los muertos.

—Este se salvó al caerse en la entrada del bailadero. —dicen en voz baja.

Un rugir de motores, rompió el silencio. La gente se precavió sin moverse, pero se calmaron al ver que no eran los automóviles negros del servicio de inteligencia del gobierno. Detrás del carro del subdirector, cuadraron en orden, un Ford alemán 1950 rosado, un Packard uva claro y un Mercedes Benz convertible 1952 crema. Bajaron en parejas de cada uno, vestidos con sombrero y traje entero: uno blanco color hueso, otro amarillo pollito, un azul cielo clarísimo y un rojo ladrillo quemado, y los otros dos con trajes tornasolados. Sus zapatos combinaban con el resto de la vestimenta. Cada hombre llevaba un redondo ramo de flores. De sus bocas, un cigarrillo Camel colgaba ladeado. Esas vistosidades de colores y de moda ofendieron a muchos; tanto relumbrón hería el luto predominante en el salón. Chocaba con la vestimenta de los tres hombres parados al pie del cajón: el tabernero, con pantalón y camisa caqui, salpicada con motas gruesas de sangre y botas de obrero; el cotero, con camiseta sin mangas, con pantalón de dril, deshilachado en ambas piernas y el niño con su vestimenta de huérfano callejero. Pero al leer lo que decía la cinta que cruzaba los ramos de flores, el disgusto se fue disipando: “Fondo ganadero liberal”, eso dice la cinta, le confirmaban unos a otros que no alcanzaron a leer. Los seis ramos con olores a girasoles, margaritas, crisantemos, rosas, desalojaron el olor a muerto y de paso le dieron al lugar un aspecto de jardín en primavera.

Cada uno le dio un solemne pésame a Serafina, con un abrazo fuerte. Ella sin inmutarse los acogía dolorosa. Pidieron permiso y cuatro de ellos montaron guardia de honor. Sus vestimentas rutilaban en la sobriedad del local. Los otros dos se sentaron a cada lado de las mujeres. Se turnaron en la guardia hasta el amanecer. El periodista, sin ocultar su felicidad, registró todo esto, como si estuviera en un matrimonio. Comentaron que al difunto le hubiera gustado ese apoyo, pero en vida.

—No vinieron cuando él guerreaba con la matraca y la escoba en esa iglesia pordiosera.

—Ahora para qué tanta pompa si ya está muerto.

El calor sofocaba dentro del local y el murmullo cerrado que contenía creció continuamente hasta llegar a la calle donde se unió al ruido de más voces alzadas, de exclamaciones, de rabias, de enojos y de alegrías que venían con los músicos del garrón de puerco, reapareciendo estropeados como si vinieran de tocar en una guerra. Con sus rostros aún horrorizados se miraban entre ellos, incrédulos de haber sobrevivido. Estando en la entrada, sin demora, tres fogonazos de la cámara capturaron la imagen de los músicos. El del redoblante estaba descalzo, con las medias rotas, llenas de hierba. El del flautín, le faltaba el calzado derecho, el corbatín y la boina. No tenían heridas, pero si salpicaduras de sangre ajena. El violinista apretaba con decisión su instrumento en una mano, mientras en la otra sostenía el machete. El de la zampoña estaba intacto, pero su miedo era fenomenal. Sobre esto, algunos dijeron ver una mancha oscura en el filo del machete, mientras otros afirmaron haber visto que la tropa botaba en una volqueta el cuerpo de un soldado abierto de pecho por una gran cortada. A pesar de su estado, la gente los recibió con aplauso atronador. Están vivos, qué más da; son héroes. De nuevo las consignas liberales se escucharon.

Serafina, rígida en su duelo prestado, aplaudía sin dejar de mirar el cajón del muerto. Los músicos incómodos por tanta muestra de cariño, se acercaron al muerto y entre la firme guardia liberal de los ganaderos, se santiguaron. Catalino sonreía al ver a sus dos músicos vivos. El negro del violín, descendiente de los legendarios macheteros del cauca, aprovechando la ocasión, le sacó varias notas quejumbrosas a su instrumento.

“La música está herida” pensó el tabernero, mientras sacaba cinco botellas de aguardiente del mostrador, dos para la gente, una para los músicos, otra para los de la guardia y destapo la última, sirviendo un trago largo que le ofreció a Serafina, ella lo tomo despacio y sin pestañear, manteniendo su cuerpo rígido como una escultura. La otra mujer le rechazó la invitación a Catalino que luego se bebió, con los otros dos liberales, unos tragos profundos a pico de botella.

El montón de gente se movía en círculos alrededor del muerto. El del violín soltaba arrullos y alabaos sentimentales y alegres, él mismo contestaba los llamados del canto, con voz ronca y profunda invocaba descanso eterno a un niño muerto, sin importar que las recibiera el difunto sacristán. Los músicos tocaban como si toda una vida lo hubieran hecho juntos.

El humo de los cigarrillos abandonaba el local y en la calle formaba brumas que a no ser por el calor se podían confundir con neblina tropical.

—El sectarismo nos tiene acabados. —Expresó uno de los ganaderos, sentado al lado del tabernero.

—Yo creo que es la violencia, la que nos tiene jodidos. —Catalino lo miró alzando las cejas, tomó un trago de una botella que le alcanzaron y se la pasó al ganadero. —Los políticos y los curas, la iglesia con su sermón. ¿No cree usted? —Dijo mirando el cajón del difunto.

—Puede ser. —Contestó el ganadero. —Los godos nos tienen arrinconados. —Serafina los miró sin decir nada.

—Los liberales somos como cobardes. —Dijo Catalino bajo, solo para que su interlocutor lo escuchara. El ganadero le dirigió la mirada sin ninguna molestia.

—Eso no es cobardía, es supervivencia. —Y se paró para el cambio de guardia, sin dejar que el tabernero le contestara.

Se oía el engullir de las gargantas desocupando botellas. Las voces excitadas y alegres se alzaban prorrumpiendo en consignas políticas y groserías contra el gobierno. Cuando las coperas, vestidas con estrechos trajes de vivos colores y solo una pañoleta negra en su cabeza, hicieron su arribo al velorio, fue como una apoteosis de una gran ópera donde ellas eran las protagonistas. Por un momento todos olvidaron al muerto y la alegría se apoderó del lugar, nada, excepto el ataúd en el centro de la pista, podía hacer pensar que en el bailadero no se estaba de rumba como siempre. El muerto estaba alegre y alegres estaban todos. Las botellas de aguardiente llegaron hasta las mujeres que tomaban parejo sin perder la compostura. “¡Estas sí son señoras, hembras de verdad!”, decían algunas voces alicoradas. El flash de la cámara no se hizo esperar en esta escena y como reflector de circo, el foco estallaba.

Sonó el toque de queda y la ley seca. Nadie oyó la sirena de los bomberos y si la oyeron, no les importó. Hasta que alcanzaron a oír el tropel de soldados que a dos cuadras del bailadero y en cada esquina se pararon con las bayonetas caladas.

—Que tienen ganas de arrebatarnos el muerto.

—¡Al muerto, ni el putas se lo lleva! —El local se estremeció sin perder un solo clavo.

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