Lecturas Perjudiciales

Mi Julieta se llamó Nina

In Cuentos, Ensayos on 13 agosto, 2014 at 1:58 PM

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Por Héctor Fabio Barona

Antes los periódicos eran fomentados por un vendedor que gritaba desde la calle las noticias de la página judicial o el alboroto de algún bolerista que no quiso pagar la estadía en un mediano hotel, o la boda de una pareja de familias algo relevantes. Debido a mi edad lo que me interesaba de la prensa eran los muñequitos: Mandrake el mago, Tarzán el hombre mono, Batman el hombre murciélago, el detective Dick Tracy cuyo reloj en la pulsera insinuaba el uso de los celulares de hoy. En las revistas que aparecían cada ocho días estaban: el Pato Donald y sus sobrinos, después aparecieron sus amigos, el Tío Rico contando monedas como granos de maíz, el perro Pluto, Deisy la novia soterrada del Pato; claro y habían unas revistas más serias e instructivas que enseñaban a fabricar pesas en tarros de galletas para impresionar a las muchachas y ver frente al espejo nuestros pectorales desarrollados como los de: El Enmascarado de Plata o El Santo, El Llanero Solitario, Kalimán y su pequeño amigo Zolín. Y hasta un detective oriental: Chan Li Po resolviendo siempre sus casos de asesinatos con pachencha, con mucha pachencha. Esta primera etapa de mis lecturas puedo decir sin equivocarme que fueron deliciosas en el sentido de que las revistas tenían un buen acompañamiento gráfico, de acciones de las que uno se enganchaba y soñaba siendo un héroe.

Un libro olvidado o dejado al azar, con segunda intención, fue puesto un día encima de una pequeña mesa junto a un jarrón con unas flores de tela todas demacradas. Días antes lo había visto en manos de mi papito que lo manipulaba y leía saltando hojas aquí o allá, mirándome con el rabillo del ojo. Agarré el libro y me lo llevé al solar debajo de un árbol de mango y lo leí: Obras de Vargas Vila, La ubre de la loba. No creo necesario explicar la experiencia y la abierta de ojos y de conciencia al leer a Vargas Vila en edad de nueve o diez años. Sobre todo esas lecturas empezaron a depurarme el sentido de religiosidad y el repudio que ya sentía por la misa dominical de las seis de la mañana en ayunas. Sin un sorbo de café negro en el estómago y de repeso de pie escuchando una hora de latín de un cura dándonos la espalda. Y de los políticos ni cuento, la historia sigue vigente.

Es necesario avisar que estos relatos de infancia y de juventud con cortos espacios de rebeldía pueden ir acompañados con deliciosos y entretenidos lugares comunes, esos que a los críticos les gusta pescar con anzuelos y jactarse de su pericia, a mí me parecen geniales y los utilizo mucho en mis pequeñas escrituras. Y les revelo más: saboreo lo panfletario, me gustaría escribir panfletos, así estén en desuso, como dicen algunos. Me le arrimo a Vargas Vila, y trato, pero no, el hombre es difícil. Aclaro y explico estas primeras líneas para decirles por qué me gusta leer y escribir. No me da pena contarles que fui un joven rebelde y de pantalón corto, cuya última pela me la gané por no haberle pedido la bendición a mi padrino en la calle y por no haberme puesto de rodillas. Decirle: “La bendición padrino”, con manos juntas en el pecho y de rodillas. Para que respondiera: “Dios lo bendiga mijo, vaya con Dios”, y tosía solemne el hombre. Los correazos me los dio mi mamá y yo sentía que me los daba con pena, pues tenía ya las piernas peludas y la alcanzaba en estatura. Mi papito fue más salomónico con el castigo, oyó la queja callado, no dijo nada, fue a su cuarto y sacó una caja de cartón de cuyo interior extrajo varias resmas de revistas Selecciones amarradas con cordones de sus botas de obrero. Las flores muertas de tela quedaron en un rincón y la pequeña mesa fue mi primer escritorio. Me dijo: “Cada día lees una revista y escribes lo que más te gusta en este cuaderno, por la tarde yo te lo reviso”, y se sentó en un mueble de la sala a leer el periódico. Con el tiempo me di cuenta que lo que yo escribía de esas revistas se llamaba plagio y si a mi papito no le interesaba a mí menos: “Salió muy bueno tu artículo y estás mejorando la letra”, me decía pasándome el cuaderno y sacudiendo el periódico para voltear la hoja.

Este primer amor con los libros y la literatura duro poco, sentía que el alimento suministrado por las revistas Selecciones no me llenaba, a veces quedaba vacío, con hambre y esto se reflejaba en los artículos que quedaban a medio camino, con la letra torcida, haciendo solo una compilación de los chistes flojos que traían las revistas llenos de situaciones moralistas.

La calle me llamó con disimulo y del mismo modo salí y me integré a ella. La calle es el epicentro máximo de la muchachada y si hay algún patrocinador solvente de la misma edad con ínfulas de director y de que todo lo sabe, mejor. Argemiro Bustamante lo era en nuestra cuadra: vivía en casa propia de ladrillo con piscina en el solar, la magnificencia rodeada de casas de bahareque, de papá comerciante con revolver al cinto y con una biblioteca “boyante” como decía Argemiro, que nos explicó esa palabra.

Un día apareció con un libro de letras brillantes: Romeo y Julieta que emanaba perfume de sus páginas, lo interrogamos por la razón de esos olores ensoñadores y nos dijo que su hermana lo leía constantemente y siempre terminaba llorando. Le pedí prestado el libro, al inicio se negó, después accedió si yo le prestaba Aura o las violetas de Vargas Vila. Yo quería saber por qué lloraba uno leyendo un libro, uno sabía que las mujeres botaban lágrimas por todo, pero a nosotros los hombres nos tenían prohibido llorar: “Los hombres machos no lloran”, decía mi papá. Todo un día con su media noche me interné en el drama de Shakespeare, me enamoré de Julieta Capuleto, ninguna muchacha de la cuadra tenía comparación con ella, le menté la madre a Romeo Montesco por ser tan huevón. Me unté las manos de una colonia barata que mi madre me aplicaba en la cabeza cada que esta me dolía y abrasé al libro, abrasé a Julieta llorando. Caramba los hombres también llorábamos.

Todo esto se lo conté a Argemiro cuando me preguntó cómo me había ido con el libro. Este se rió un buen rato junto con el gordo Esteban. “Vamos a ir a un lugar para que concluyas la lectura del libro, como debe ser”, me lo dijo señalándome.

Subimos a un segundo piso por unas gradas desgastadas y estrechas, se oían risitas tímidas y cuchicheos de palabras bajas, sentados un una banca larga de madera recostada a la pared habían ocho muchachos más o menos de mi edad con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Cuando me tocó pasar empujé una cortina de plástico, una mujer desnuda me esperaba, gorda sin llegar a ser obesa: “Siéntate y esperemos que hierva el agua”, me dijo. Saturado por los impulsos del amor leído en libros me dejé guiar. Después de lavarme el pene con delicadeza, como una experimentada mujer, me abrazó y me llevó a la cama, luego me besó maternalmente en los labios: “Mi nombre es Nina, bonito niño puedes venir cuando quieras”. Yo la abrazaba sin poder rodearla con mis brazos y le mordía los pezones anhelando el cuerpo de Julieta y pensaba en lo que se había perdido el pobre Romeo.

Mentiría si digo que mis lecturas recibieron las bendiciones de los clásicos griegos, de los poetas victorianos, de los fomentadores de estilos franceses, de los nacionalistas irlandeses, de los filósofos alemanes o de los locos norteamericanos con Poe a la cabeza. No, qué va. No, los formadores de mis lecturas fueron de acá de este otro lado del río: Manuel Gutiérrez Nájera, mexicano, con sus cuentos frágiles: “La venganza de Milord… Mira a Clara. Ésa es la mujer que no ha amado jamás…”. O los versos sencillos de José Martí “Yo soy un hombre sincero/ de donde crece la palma/ y antes de morirme quiero/ echar mis versos del alma”. José Asunción Silva y sus Gotas amargas. El Matadero de Esteban Echeverría. José Hernández con el gaucho Martín Fierro y hasta Tomás Carrasquilla con Frutos de mi tierra. Fue algo muy familiar, muy de aquí del terruño.

Las bibliotecas caseras eran escasas o de muy poco surtido, más que todo en los barrios populares, donde el intercambio era necesario para mantenerse informado de las últimas novedades. Las revistas literarias jugaban un papel preponderante como forjadoras de ideas y reseñadoras de libros que venían del exterior. Entonces ¿qué tocó hacer? Leer de lo real, captar todo de primera vista, ir resumiendo lo que la vida diaria me ofrecía y guardando en hojas escritas a la carrera, venturas y desventuras en casas de putas, como la historia de Susana hembra con pelo amarillo de verdad que yo trataba de impresionar bailando chachachá; bailaderos donde el rumbón que era la misa diaria para tanta alma desquiciada, me servían de temas para escribir, o cuando en el estadio revendía boletas, en el hipódromo jugando a la quiniela, en la plaza de toros vendiendo botas para vinos vinagres; en las casas de los vecinos oyendo el peregrinar de tanta queja; en los parques con las novias comiendo raspado. En los pequeños hoteles donde hacía el amor montado en hondos catres, inclusive en las fábricas donde trabajaba mientras ideaba historias que escribiría en los días de descanso. Escribía sobre la realidad y la mezclaba de ficciones mojadas con alcohol y con algún porro entremezclado cuyos humos bendecían el lápiz y mi entumecida mano derecha.

Todo esto se fue amontonando en hojas manuscritas y luego pasadas a limpio en máquinas de escribir de escandalosas teclas. Delicias indescriptibles las de leer y escribir sobre todo en la noche caleña. Y la letra de las canciones me ayudaba a esta fascinación, los boleros antillanos, como los de Panchito: “A las seis es la cita no te olvides de ir, tengo tantas cositas que te quiero decir, al caer de la tarde cuando se oculta el sol…”. Recurro a todas estas letras para poder escribir, la ayuda fonográfica es indispensable para redondear una idea y el ambiente de los antros de aquella época es necesario para construir toda una trama general. He leído que William Faulkner necesitaba de ambientes parecidos para poder escribir sobre el sur añejo. Yo recreo mis cuentos con los perfumes baratos de las putas. Y les tengo admiración y respeto cuando en la cama recuerdan el periplo de sus vidas fingiendo adorar a todo aquel que necesite de sus amores prestados. La vida bohemia de los años 50, 60 e inclusive de los 70 da material para regodearse en estas situaciones que me motivan a escribir.

La lectura y escritura no son del todo gratuitas, tengo algún grado de compromiso. Observar la cotidianidad sirve para todo y cuando lo que uno mira es un caos, no lo duden, es de ahí de donde salen las historias más interesantes; de lo invariablemente cierto, de la vida rastrera de los invisibles para todo el mundo menos para el escritor, es de donde salen a relucir esos lugares comunes tan fatídicos para los críticos. Compruebo todo esto escribiendo sobre el rumor de la música pegado a cuerpos sudorosos, del vaivén de bailadores sobre unas baldosas que se resisten a desaparecer por el roce de los zapatos; de repetir las letras al oído de la hembra; de ver cuerpos de mujeres rimbombantes pegados a muros arruinados, esperando dar alivio a hombres menesterosos.

Y claro hay muchos personajes que se le arriman a uno y en un desparpajo de inquietudes y nostalgias, que de por sí, son toda una poesía, nos cuentan su historia. Pero es mejor dejarlos sueltos y libres para que sigan siendo poemas ambulantes y cuando uno necesite leer de ellos con solo mirarlos basta.

Debo de decirles, recordarles que amé a Nina inclusive hasta después de muerta. Yo temblaba encima de ella mientras escuchábamos boleros de la Sonora Matancera gracias a un radio de tubos R.C.A Víctor, al compás de la música amorosa nos revolcábamos en su cama de un solo colchón. La desvirgadora de tres generaciones de muchachos en flor, se reía cuando le llevaba pequeños cuentos relatando mi amor por una mujer admirable, ella me decía: “Esa soy yo”, y yo le contestaba: “Ni lo sueñes”. Fue mi primera lectora y debido a las pendejadas que yo escribía su generoso cuerpo me recibía con las piernas abiertas (muchos hubieran querido disfrutar de ese magnífico lugar común). Pero todo tiene su final como canta Héctor Lavoe, un día me aparecí con un cuento sobre la infidelidad de una mujer y lo remataba con un bolero de Daniel Santos: “Por siempre se ve tomando en esta barra, tratando de olvidarla por mucho que la ame/ no importa si me ven llorando mi desgracia/ pero la amaba tanto ya no puedo comprender/ la quise no lo niego/ nunca podre negarlo/ la quise como quieren/ los que saben querer/ pero ella indiferente a mi amor tan sagrado/ mi vida ha destrozado/ maldigo a esa mujer”. Al acabar de leer el cuento rompió las tres cuartillas y las arrojó al platón donde lavaba los penes, pidiéndome abandonar rápido el cuarto y que ni pensara en volver: “¡Malagradecido!”, me gritó. Desde entonces no he parado de escribir cuentos, indagando en ellos dónde fue que fallé.

Héctor Fabio Barona nació en la ciudad de Cali en abril de 1948, se graduó en la Escuela de Artes y Oficios como mecánico industrial. Actualmente reside en la ciudad de New York, donde se licenció en lenguas latinas por el Bronx Public Institute, ha publicado dos libros de cuentos: Venturas y desventuras en casas de putas caleñas (1989), Los danzones de la muerte (1999), cuyo tema central es Cali y la vida bohemia de los años 60 y 70.

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