Lecturas Perjudiciales

Música para levantar muertos

In Novela, Por entregas on 23 julio, 2014 at 9:02 AM

CAPÍTULO VI

Foto Héctor Mediavilla

Foto Héctor Mediavilla

Por Edgar Cuero Córdoba

Entre los muertos, siete en total, uno era un niño. Los heridos fueron quince y un perro que, a pesar de perder una pata a tiro, seguía ladrando. Muertos y heridos arrastrados a punta de culata y bota fueron arrojados a las volquetas, cargados como piedras de río. A nadie le preocupó si la radio y la prensa se enteraron de esta matanza, y si lo supieron no lo divulgaron por físico miedo.

De la procesión solo quedaron los comerciantes apresurados que corrían llevando un bulto lleno de billetes. Sus rostros pálidos de miedo, conteniendo el terror en sus cuerpos. El cura que perdió su sombrero, las hilachas de pelo en su cabeza saltaban como briznas de hierbas en un peladero, corría arrastrando el incensario. El grupo de viejas de atrás, rezaban y cantaban a la carrera, maltratadas, despeinadas y rotos sus vestidos. Volquetas y soldados, rápido, como llegaron así desaparecieron. El sol de las tres de la tarde intensificó el calor. Llegando a la iglesia, los restos de la procesión caminaban lentos, vacilantes, sin sentir las piernas y temblando del susto. El polvo de la calle y las cenizas del incensario se pegan a los rostros sudorosos de los comerciantes y en las caras espantadas de las plañideras(1), que van con la cabeza descubierta, maquillados sus rostros con aspecto de máscaras de carnaval. El domingo continuó.

Julio Lobo-Guerrero entra despacio, arrastrando sus zapatos, tantea el piso. La oscuridad del local daba la impresión de penetrar en una bóveda solitaria. El sol enceguece y deja en las retinas una cubierta incandescente. Aún se escucha, por la calle principal, el eco de la reprimenda. Nadie, nada, ni bus, carro, berlina o camión, ni bicicletas, niños solitarios o perros vagabundos, la calle está tranquila. Al frente, el cementerio silencioso, sin toque de campana, nada de rezos, ni lágrima desgarradora. Apenas son las cuatro de la tarde ¿Qué pasó en este pedazo de ciudad? No se sabe, los negocios están cerrados, las cantinas no acogen a bebedores, ni expelen música por puertas y ventanas. Ni silba el pito de la locomotora de turno en la estación.

La puerta del bailadero la encontró dispuesta de par en par, tuvo la sensación de entrar a un teatro cuando la película ha comenzado. Catalino lo observó mientras arrancaba telarañas a la iraca de la escoba que había usado para barrer el techo, sobre los sombreros metálicos de color verde que cubren los bombillos y sobre los cables eléctricos que los sostienen, espantando las arañas caseras. En las telarañas hay enredados esqueletos de moscas, cartílagos de mariposas y caparazones de cucarrones mierderos. En el platón donde lava los vasos y tinteros de cristal, mojó la bayetilla y con ella limpió la herida profunda de Casiodoro Reyes que gemía inconsciente con un quejido muy quedo y sin fuerza. Esos suspiros de quien va a morir guiaron a Julio Lobo-Guerrero hacia dos mesas juntas, puestas como camilla. Los dos hombres se miraron en la penumbra, los ojos de Julio se habían adaptado a la porción del claroscuro del lugar. Observó la bayetilla roja en la mano del tabernero, sintió la mirada interrogadora de Catalino.

“Mi nombre es Julio Lobo-Guerrero, soy el encargado de la página judicial de El Relator, soy periodista”, estiró su mano blanca y delgada con dedos a los que se le podían adivinar las falanges; se encontró con la mano negra, grande y ensangrentada, del tabernero: “Mucho gusto, me llamo Catalino Mayembe, soy el dueño de este bailadero”. El periodista observó al herido que daba pequeños saltos en las tablas de las mesas, de su boca salían leves bufidos de toro estocado, se agachó y miro la herida cubierta por un emplasto desordenado de hilos de telaraña que impedían que la vida se le fuera en la sangre, aún le bajaba un chorro y se bifurcaba al llegar a la oreja derecha. “¿Tienes café molido?”, preguntó. “¡Sí, claro!”, contestó Catalino y a grandes zancadas atravesó la pista de baile, volvió con varias papeletas de café y se las pasó, este las rasgó sumando el café a la masa confusa de telarañas, parece que la sangre se contuvo un poco.

El herido abrió los ojos y entreabrió los labios, las pocas gotas de vida que le quedaban en las entrañas le dieron un brío espasmódico, los hombres se miraron con una satisfacción incrédula. El sacristán tosió, fue como un nocaut desde sus entrañas que hizo brotar nuevamente la sangre. Los saltos del hombre en las tablas se hicieron más constantes, Catalino agarró la mano del sacristán que sostenía la matraca y se la colocó en el pecho. Una neblina cubrió los ojos del herido, sus labios se movían balbucientes. El tabernero se agacho para oír, el periodista hizo lo mismo, es su oficio, y de sus labios tostados y secos escucharon: “¡Viva el partido liberal… Hijueputas!”.

Del remitente no se supo, solamente que el ataúd llegó en los hombros de un cotero que lo transportó en una carreta, encima de unos racimos de plátanos verdes, hasta el bailadero donde lo depositó al pie de las dos mesas. Un sol cansino se acomodó en el local, de todos modos el tabernero prendió las bombillas y el cotero vio con asombro mudo al difunto. La hinchazón de la cabeza y la herida le dan un aspecto grotesco al cuerpo, su pelo, lacio y abundante, brilla tieso por la sangre seca que lo impregna. La brisa va despidiéndose lenta y asombrada sin desalojar el rumor de la masacre.

En la esquina un niño de la calle observa los charcos de sangre que se coagulan lentamente en el piso, dos perros flacos y ojerosos brotan detrás de un muro ennegrecido, se acercan con cautela, miran para todos lados y huelen la sangre. Hay numerosos zapatos y sombreros tirados, inclusive jirones de camisas y sacos. El niño patea todo, buscando algo, se agacha y recoge monedas y algunos billeticos que están engarzados con ganchos de modistería. Un sombrero redondo de color café, gira y da vueltas caprichosas por la fuerza de un soplo desconocido. El niño lleva en sus brazos un pequeño envoltorio, da otra ronda con su mirada y se dirige, trotando lento, al bailadero, salta un charco rojo oscuro; su pantalón corto lo sostiene unas  calzonarias, sus zapatos son unos carramplones demasiados grandes para sus pies, su camisa de color lechuga, la conforman miles de zurcidos que impiden que se desbarate. Entra al instante y se detiene. Un vaho de muerte se extiende por todo el lugar, poco a poco va encaminado sus pisadas, no quiere llegar tan rápido a donde están los tres hombres.

Catalino le ha limpiado la cara al muerto, acomodándole también el cabello desordenado. Le ha amarrado un pañuelo, sosteniéndole la mandíbula que ya comienza a descolgársele.

El niño le pasa el paquete, es una sábana que mandó a pedirle a su mamita Serafina. “La mando nueva, teniendo tantas viejas”, pensó el tabernero, moviendo la cabeza sin disgusto. Él más que nadie sabe de la generosidad de su mamita y para un caso de estos, con mayores veras. El cotero no se había movido un centímetro, con  las manos entrelazadas miraba absorto el cadáver. “Dijeron que fueron bastantes los muertos, pero yo solo veo uno… ¿Dónde están los otros ve?”, recorrió con la mirada el salón, confirmando lo que decía: solo uno estaba ahí. Catalino desplegaba la sabana dentro del cajón, mirándolos. El niño colocó las manos encima de una mesa, tenía los dedos engarrotados por el miedo. “Hay que preguntarle al gobierno por los otros muertos”, dejó que la sabana brotara por los lados del ataúd, “Mejor dicho, ya sabemos dónde irán a parar: al río, el Cauca correrá con ellos”. “Ahora necesito que me ayudes a meterlo al cajón”. El cotero no necesitó de ayuda, de un brinco se le adelantó al tabernero, con un brazo por debajo de las piernas y otro por debajo de la nuca, cogió el muerto y lo depositó, suave y despacio, como si fuera un bebe recién dormido. Entre los dos envolvieron el cuerpo, dejando la cabeza descubierta, luego acomodaron otras dos mesas en el centro del salón, en la pista de baile, debajo de un bombillo para que lo alumbrara, llevaron el ataúd hasta allí y notaron que el bombillo se movía por la brisa que entra en pequeñas bocanadas por puerta y ventanas, de modo que el vaivén de la luz hacía que el rostro del muerto pareciera abrir y cerrar los ojos.

La noche y el día son un cambio de turno en la ciudad, cada porción de luz y sombra tiene sus actores, muy diferentes entre ellos y, por lo general, los que habitan con el sol y con la luna, no tratan de mezclarse. En esta ocasión era inevitable. Julio Lobo-Guerrero volvió presuroso con el subdirector de El Relator, llegaron en un Chevrolet Fleetwood 1947, amarillo claro, propiedad del directivo. Este era un hombre ya entrado en años, dentro del bailadero ya su pecho estaba agitado por la caminata apresurada, por eso esperó sentado a que el aire volviera a su cuerpo, mientras miraba, inspeccionando con sus ojos todo el local. Catalino comprendió que la primicia de la noticia, de ser los únicos registrando la masacre, lo tenían excitado; entendió también, más que otra cosa, los periodistas estaban buscando los muertos que no aparecían. El periodista entusiasmado caminaba alrededor del muerto, con la cámara fotográfica en la mano.

—¡Necesito otra foto! —buscaba el mejor ángulo posible. —¡Hay que documentar esta masacre toda la semana! —miró al tabernero.

—¡¿Dónde está la matraca?!

—¡No la soltó! —contestó el tabernero, incómodo.

La primera foto, cuando llegó la primera vez, fue con Catalino, sosteniendo la cabeza del muerto. Tal como la que habían tomado a Jorge Eliecer Gaitán, con los médicos y enfermeras a los lados. En la segunda, el tabernero sostenía la mano del sacristán que se había muerto sin soltar la matraca. Esto fue en la tarde, al terminar el periodista salió afanado para el periódico: “¡Estas salen mañana!”. Ahora, de vuelta, necesitaba otras. Colocó al niño en la cabecera del cajón, al cotero y a Catalino a los lados; se veía, desde el vértice de la cámara, la cara del niño saliendo del ataúd, esto lo obligó a un cambio de posiciones, ahora el niño pasó a los pies del muerto, con la pequeña mano temblorosa encima del  féretro, a los otros dos los dejó donde estaban. Los que vieron esta foto, no dudaron en calificarla de macabra, los retratados parecían muertos vivientes. “¡Esta para pasado mañana!”, decía siempre, gritando nervioso, apresurando sus pasos a la salida. “¡Necesito a los otros muertos!”, dijo y se dirigió a la esquina, seguido del subdirector aún sin reponerse.

Serafina que viene con una vecina, los ve pasar. Ella viste luto riguroso, desde la cabeza hasta los pies. Lleva cada una un cirio en sus manos. Hay una muchedumbre en la esquina: discuten, conjeturan, maldicen, evocan luchas pasadas y venideras. Muchos patean los zapatos huérfanos llevándolos a un rincón, otros los llevan con las manos y los amontonan.

—¡Son manchas de aceite!

—¡Es sangre seca!

—¿¡Dónde están los muertos!?

—¡Los muertos no existen!

—¡Los muertos están en Casa de Mangle!

—¡Allá lo que hay es vida!

El periodista con dos fogonazos del flash retrata el montón de los zapatos, también fotografía las manchas del piso y los pedazos de ropa. No le presta atención al sombrero que aún navega en un remolino de viento nocturno.


(1) Plañideras: en la antigüedad se refería a las mujeres que se les pagaba para acompañar y llorar durante los sepelios, el término se usa popularmente para cualquier grupo de mujeres rezanderas que frecuentan las iglesias. En el Diccionario del uso del español se define como un adjetivo que “se aplica al que gime o se queja y a las voces, gestos con que lo hace”, (María Moliner. 3ra Edición, 2007). (N. del E.)

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