Lecturas Perjudiciales

Música para levantar muertos

In Novela, Por entregas on 23 mayo, 2014 at 5:03 PM

CAPÍTULO V

Por Edgar Cuero Córdoba

Foto Héctor Mediavilla

Foto Héctor Mediavilla

La Virgen del Carmen tiene la estatura de una niña de diez años, su rostro es infantil con boca rosada y sus ojos, dos bolas de cristal verde claro, miran con una ternura muerta. El manto que cubre su cabeza no deja ver ni una sola hebra de pelo artificial, sus brazos que se extienden de manos abiertas invitan un abrazo a la gente. Rostro y manos iguales al color de la cera de las velas, bajo un hábito café y beige que la viste, contrasta con esa blancura. Cuando la alzaron en dos tiempos su movimiento fue indeciso, muchos creyeron ver que movió sus brazos para no dejarse caer.

Inclinada hacia adelante mirando el suelo, mientras los cuatro comerciantes desparejos la cargan. Timoteo y Sofonías, los más bajos, respaldándose mutuamente, fueron a situarse en la parte de atrás del paso con resultado similar, la virgen quedó mirando al cielo. No hubo de otra que hacer pareja con Teófilo y Lucas, los más altos en los extremos opuestos. Empezaron a caminar y la formalidad del paso que llevan los santos en procesión ahora se asemejaba a los brincos de un caballo mal herrado. La virgen caminaba  tortuosa, vacilante, sin vitalidad, sus cargueros la habían convertido en una viejita de huesos desgastados.

Casiodoro Reyes, el sacristán, va adelante, matraca en mano, anunciando la procesión, abriendo paso con el ruido. Su expresión es una mezcla de defensa y ataque, mira a todas partes con nerviosismo y recelo. Dicen que es un liberal, que tenía mucho ganado y en una riña de gallos mató a un conservador. Los gamonales del pueblo le perdonaron la vida, quitándole el ganado y las tierras, lo despojaron. De escarmiento lo mandaron a la parroquia más mísera que encontraron, a barrer y a doblar la campana cada que haya un muerto, un trabajo de todos los días.

El cura Diocleciano bate el incensario con movimientos ondulados que esparcen un humo oloroso y sofocante con fragancia a resinas vegetales. El olor cobra cuerpo entre los rayos del sol que brotan de la cordillera central y van deslizándose por los techos de las casas, calentando las primeras horas de un domingo que estaría acompasado al ritmo del garrón de puerco. Saturnino Mosquera afinó su violín, sonaron varias notas sin control. Mira a la concurrencia, todos lo esperaban, nota la autoridad que emana de sí en esos instantes, como todo un director de orquesta. Los comerciantes llevan cayados terminados en horqueta que sostienen el paso; el sudor, en las incipientes calvicies, brilla, y sus trajes de paño les arañan la piel; miran ansiosos al violinista. El cura tose por el humo que le cubre la cara, el sacristán mira a todo el mundo mientras agita su matraca histérica. La nota saltó un instante, suspendida entre las cuerdas del violín, cuando Saturnino levantó las cejas, con la mirada al del redoblante que interpretando la señal hizo traquetear las baquetas, al tiempo que sonaba la zampoña en los labios de su ejecutor. Lo que sonó, por corto tiempo sonó a un bolero. El flautín se incorporó al sonido haciendo florituras. Esto fue lo más parecido a un garrón de puerco reunido a las carreras. Saturnino, negro machetero del cauca, intérprete de bambucos africanos, con un violín desgastado. El fantasma, timbalero de guarachas y mambos, dándole al redoblante. El tirijala, maraquero sublime de sones y boleros, sacándole los primeros sonidos a la zampoña y, el del flautín, un músico joven del conservatorio que gustoso aceptó unirse para practicar; con aire de intelectual iba vestido de corbatín y boina.

Así se dio inicio a la pequeña procesión, con un solo paso, sin banda de guerra, sin la presencia de los niños que como en cada semana santa hacen calle de honor y lanzan pétalos de rosas al paso de cada santo. Esta procesión con una banda musical barrio bajera, más pobre que la virgen, acompañada casualmente por un grupo de viejas que salieron de misa con vestidos y pañoletas negras en sus cabezas, cantando y rezando atrás de la banda. Con cuatro ilustres comerciantes que hacen de cargadores, presumiendo de moral y aprovechando, también, para lavar pecados carnales con mujeres prohibidas. La música más alegre que fúnebre, mueve a la virgen de vacilante caminar, como no queriendo ir adonde la llevaban.

Una voz débil y pastosa, acompañada de una triste música, que habla de matar mujeres perdidas y suplicar perdón al señor juez, viene desde la esquina. Al llegar ahí la procesión se detiene, la pequeña banda ahoga losquejidos musicales de la cantina. Una mano de mujer con cinco anillos de fantasía, despliega la cortina de la entrada. Se asoma una cara bella de porcelana y con algo de dificultad va emergiendo su cuerpo abundante, forrado por un vestido azul marino. El rostro de muñeca china coronado por una diadema de diversos colores que detiene un desordenado cabello amarillo. Los pies pequeños con zapatos de tacón alto y charol rojo: de la dueña. El sacristán sosteniendo el ritmo de la matraca, la mira sin parpadear y se concentra en ella, como si fuera la primera mujer vista en mucho tiempo. Ella está indecisa, teme un escándalo o algo peor, una excomunión. Teme que las amenazas del púlpito contra su negocio se hagan realidad y tomen forma aquí en la calle. Al ver el rostro del cura se serena un poco. Lo ve lívido y lleno de ternura, le parece como un milagro, él le sonríe amoroso con una humildad jamás conocida. “Más que visitarte hija, nuestra patrona, viene pidiendo la misericordia que depositan ustedes en cada misa para su sostenimiento”, la voz del cura es dulce, casi angelical. A la mujer sus labios se unieron en una mueca de disgusto: “¡Señor cura la virgen ya se ha ganado tres rifas…!”, miró a la virgen, luego al cura, este bajo los ojos y observó las piernas de la mujer. Los cuatro comerciantes tosieron y voltearon las cabezas para diferentes lados. La banda iba regando alabaos1 del pacífico. Los niños de la calle se unieron a la procesión y a ellos los perros sin dueño. Los rezos y los cantos de las viejas de negro se escuchaban lejos de la cantina. El sol de un naranja pálido calentaba discretamente. La mujer al notar que era su responsabilidad, y al ver a los borrachos y a las mujeres bailar al son del garrón de puerco, adquirió en su bella cara un semblante de resignación: “Está bien cura aportemos algo de fe”, y de entre el pliegue de sus senos grandes, sacó cuatro billetes pequeños de cincuenta centavos, pidió a una de las mujeres que estaba bailando que le trajera cuatro ganchos, de esos de agarrar rotos en las telas. Manda a los demás hacer un altar para la virgen. Borrachos y mujeres penetran a la cantina y salen con cinco mesas manchadas de licor y quemaduras de cigarrillos, cubriéndolas con sabanas trajinadas de cuerpos y sudores. Cuelgan un cuadro del sagrado corazón de Jesús. “¡Apaguen la radiola!”, dice con su voz fuerte y ronca como de guardiana. Un taburete sostiene las piernas macizas de la dueña que empinada engarza los billetes en la cabeza cubierta de la virgen. El cura mira por última vez las piernas de la mujer, al tiempo que el sacristán impulsa con mayor fuerza la matraca. Ahora el rostro de los comerciantes es de complacencia. Mientras la virgen descansa sobre cuatro mesas, pasan los buses y camiones que saludan con sus bocinas la extraña procesión anclada en la fachada de una cantina.

La procesión siguió, metiéndose por recovecos, calles mochas, polvorosas y miserables, lugares desolados donde sólo se veían colgados anuncios de burdel. En donde había licor y música, y mujeres, ahí se estacionaban. El rumor se esparció por la zona de tolerancia: cantinas, bares y tabernas, se alistaron con el altar y la parafernalia de ocasión. Se alzaron altares con mesas, taburetes y guacales de cervezas, forrando todo con manteles, sabanas, cobijas de colores, o en el mejor de los casos con papeles de colorinches y moños del mismo material. Barrieron calles, a otras le echaron agua con baldes y los andenes se perfumaron con hojas de manzano. A los borrachos los peinaron y les metieron la camisa por dentro del pantalón. “¡Y vienen con un garrón de puerco!”, gritan los niños alegres, creyendo que ha llegado diciembre, así de rápido. Las putas y coperas con el trajín de noches eternas, con sus cuerpos delgados y de brazos con cortadas mal cicatrizadas; se echan agua en la cara para despedir la noche, se maquillan con rubores encendidos, se cambian sus vestidos por unos con mangas para tapar los brazos y se colocan en la cabeza mantillas de estampados borrosos.

Las espléndidas casas de cita de dos y tres plantas, todas de azul y con bombillos de colores en las entradas, con berlinas y cadillacs parqueados en sus aceras, tuvieron un vuelco en su rutina. La monótona labor de las mujeres se convirtió en prisa de carnaval. Les llegó el rumor de que la virgen del Carmen venía en penitencia para redimirlas a ellas o algo parecido. Se engalanan a prisa para recibirla. Los vestidos escotados y ceñidos al cuerpo, vistosos y  brillantes, los del trabajo diario, quedan colgados. Ahora, posan en sus cuerpos los anchos y largos vestidos de tono serio, los de ir a misa. Los de comer paletas con sus hijos en el parque los domingos, los de sacarse una postal de foto agüita para sus familias lejanas.

Donde la Zarca —la casa de citas más exuberante y lujosa de la ciudad— construyeron un altar parecido al de las iglesias en los barrios altos. Cuando la procesión llegó al negocio desde sus tres pisos surgían imponentes los balcones que brillaban a medida que el sol pegaba en sus vitrales. El altar inmenso lleno de flores de verdad, incrustadas en jarrones de Francia, se sumaba al colorido de la fachada. Había candelabros de cobre con cirios recién comprados, esparciendo un débil humo, todo con la magnificencia de una iglesia rica. La calle en frente tapizada, con alfombras trajinadas y con quemaduras de cigarrillos, cubría el desgaste y los huecos del pavimento. De la verja del antejardín colgaban cortinas con una tupida selva de flores tropicales, usadas sólo cuando llegaba un importante miembro del partido conservador. La Zarca mostraba todo su poder: orgullosa de sus mujeres, las mejores de la ciudad, las más jóvenes, las más hermosas, las que mejor bailan y llevan sus vestidos de satín a la medida, las que viven en cuartos lujosos de espejos brillantes y duermen en camas sedosas como las plumas. Pero fue su dueña, la puta más regocijada, reconocida y exquisita de la ciudad: piel canela, ojos verdes y cuerpo moldeado lentamente, quien atendió a la virgen.

Se presentó con un vestido de tafetán negro, largo y ajustado, del que muchos se preguntaron, si era de dormir o de gala; sus ojos destellaron con el sol. Es mediodía sin viento y el calor se ha vuelto un sofoco estático. En la calle hay una masa compacta y apretujada de gente, donde se oye el murmullo de voces como el coro de una sinfonía discordante.

Los que hacen y remiendan calzado se metieron a la procesión y con ellos la pólvora, se habían incorporado en la cuadra de los zapateros que ante la visita fugaz de la virgen los obligó a salir de una cantina de tangos, dejándola vacía. Repartidos dentro de la procesión, rodeados de niños curiosos y temerosos, en los únicos sitios donde hay algo de espacio, encienden la vara de pólvora con un cigarrillo y la sueltan hasta que el estallido se escucha allá en las nubes; los pequeños miran esperando las luces de colores, pero es de día y ven solo un hilo blanco que se disipa rápidamente. La matraca se oye endemoniadamente agitada, el sacristán no se ve. Los músicos han dejado a un lado los bambucos, tocan ahora, piezas alegres y fiesteras, con aires de baile. El cura no agita el incensario, lo lleva a un lado, casi tocando el piso. Los cuatro comerciantes sudorosos y encorvados, expiando sus pecados como Cristo Jesús camino al calvario.

La procesión se detuvo, por primera vez, desde el  inicio del recorrido. La virgen, ahora está gorda y crecida, cubierta totalmente de billeticos de cincuenta centavos, ya no camina de aquí para allá, la traen flotando en billetes. Los cuatro comerciantes depositaron la virgen, con extremo cuidado, evitando destruir algún ornamento, en el altar. Se secaron el sudor con los pañuelos y aflojaron el nudo a sus corbatas, los trajes negros resplandecen al sol. La matraca calló y la banda también calló. El negro violinista escupe las últimas cenizas que quedan de su tabaco, los otros músicos, también sudorosos, se ven alegres. El fantasma viene ofreciendo aguardiente, licor para refrescar el cuerpo.

Por los ventanales de los tres pisos se asoman hombres y mujeres con el torso a medio vestir, desde el último, una mujer borracha con los senos al aire grita: “¡Míreme virgencita… Míreme!”, varias manos la jalan de nuevo al interior. En el altar, otras dos mujeres se le suman a la Zarca, cada una con un joyero y vestidas en seda blanca. Sus rostros jóvenes muestran las huellas del licor y los rastros de las faenas amorosas. Son tres sacerdotisas que se prestan a cumplir un rito. Así lo percibe la Zarca que siente el cosquilleo de las miradas en su cuerpo; otros miran inquietos, buscando a la mujer de los senos expuestos al sol. El cura se abre paso hasta el altar, para agradecer con una sonrisa aduladora que a la Zarca le es indiferente. Ella mira a la virgen y se santigua, el cura y los cuatro comerciantes hacen lo propio, desde los ventanales siguen la señal. Los músicos no se percatan. La pólvora estallaba. Los cantos y rezos de las viejas pasan desapercibidos. La dueña de la casa de citas hace señas a las mujeres para que le pasen la plata. Es interminable la labor de buscar un espacio para colgar los billetes, la mujer se toma su tiempo, sabe que es la atracción. A medida que los coloca suena la pólvora. Una botella de ron pasa por las manos de los músicos, todos toman un trago, el del flautín se agarró la garganta con una mano y tosió. El ruido crecía sin control. De pronto alguien gritó: “¡Viva el partido liberal!”, nadie contestó. Los comerciantes endurecieron sus rostros, el cura agitó el incensario, el sacristán giró alegre la matraca. La multitud se agitó como bañada en agua caliente. La Zarca se volteó y vio todos los ojos que la observaban. Siguió colocando billetes, subida en un reclinatorio de pino que le habían llevado desde la casa. Estalló otra vara. Ahora son más seguidos los estruendos. Una voz fuerte aulló: “¡Viva el glorioso partido liberal! ¡Abajo la dictadura!”, el eco de las consignas retumbó en las paredes y se perdió dos cuadras arriba, un grupo de atrás contestó: “¡Viva el glorioso partido liberal… Puto y macho! ¡Abajo los militares!”, la pólvora aumentó y las vivas también, la muchedumbre era un solo cuerpo de exclamaciones.

El cura y los comerciantes sabían que en estos instantes estaban solos, seguían en sus puestos cautelosos y desafiantes, palpándose los revólveres en los bolsillos de la sotana y de los sacos. La muchedumbre no los ve, los ignora. De pronto de uno de los ventanales, un hombre de barriga y papada opulenta, con un revolver en la mano grita enfurecido: “¡Viva el partido conservador… Carajo! ¡Viva Rojas Pinilla! ¡Viva Cristo rey!”, apunta con el arma a la multitud, nadie se mueve ni nadie lo mira. La algarabía y la pólvora son un solo ruido. Varias botellas de licor giran entre la muchedumbre. Las viejas rezan y cantan debajo de un palo de níspero, los perros saltan y juegan con los niños. La música, no hay duda de que ahora es melodía de navidad en mayo, ahora sí los instrumentos son un verdadero garrón de puerco.

La Zarca sigue en su tarea de engarzar billeticos, aislada de lo que sucede a su alrededor, continua, majestuosa con sus doncellas a los lados, suministrándole plata a la virgen. El sacristán bate compulsivo la matraca a los pies de ella. Muchos aprovechan para ver a la puta más linda  de la ciudad: La reina de los pájaros, fuera de su palacio, de su reino. El hombre del revólver grita energúmeno, otra mujer borracha se le une agitando los brazos, abriendo la boca desmesuradamente para gritar, aunque nadie los vea, ni los oiga, cansado el hombre, se decide a pegar un tiro al aire.

La Zarca sintió el apetito de los hombres por su cuerpo, el resuello caliente de ellos, le abría los poros a su piel. Ella no distingue la situación, o es un bufido de deseo carnal o es el miedo de exponerse a que la maten en medio del gentío. Si quisieran podrían lincharla, destrozar su bello cuerpo y cada hombre llevarse un trozo de su piel, de su cabello, de sus ojos como presea. Cavilaba la hembra, mientras ensartaba billeticos, pagando por adelantado su entrada al cielo. Abriendo desde aquí y ahora, un espacio allá en la eternidad, comprando con dinero el acompañamiento de los ángeles en su recorrido celestial. A cada billete, una plegaria: “¡Que muera de vieja, virgencita, en una cama limpia y apacible!”, todo esto lo rumiaba para sus adentros. Ella sabía que no la tocarían, ¿quién se atreve a ser el primero? Ninguno, todos son unos cobardes, pensaba. Solo la podía matar un asesino, igual que ella, un miserable. Sintió la necesidad de llorar, se contuvo, no podía darse ese lujo de debilidad, la ocasión para matarla se haría realidad. Reprimió sus lágrimas.

Ananías: un asesino, peor o igual de sanguinario, no podía ser otro que su guardaespaldas. Detrás de la puerta de entrada a la casa de citas, en el largo corredor, vigila por una ventanilla disimulada todo lo que ocurre afuera con la virgen y su jefa. Una penca de sábila colgada en el umbral de la puerta, le desacomoda su gran sombrero alón. Es alto y fornido, siempre vestido de paño entero azul turquí, camisa blanca, corbata gris, el largo saco cruzado le llega hasta las rodillas, debajo de este, colgada en el sobaco, lleva una metralleta, regalo de un general cuando lo jubilaron de la policía por la labor cumplida contra los liberales. El zambo Ananías es la sombra de la Zarca.

Se sintió elevada por varias manos que la sujetaron por la cintura y la depositaron en el piso, junto con las otras dos mujeres. Y así fueron empujadas suavemente hasta las rejas del antejardín. Ananías, dentro de la casa, descolgó la metralleta de su hombro sin dejar de mirar por la ventana falsa. La gente esperaba eso, que saliera, para así acabarlos a los dos. Ananías no salió, pero estuvo expectante. La Zarca se quitó las manos invasoras de su cintura, se paró con altivez sin mostrar cobardía, miró a los hombres directo a los ojos para encontrarles su debilidad y lo que encontró fue odio, venganza y deseo mezclados.

Los cuatro comerciantes, con las manos metidas en los bolsillos de los sacos, agarran las cachas de los revólveres, en espera de un ataque. Respaldados por la Zarca y su cercanía, el nerviosismo se acentúa en sus rostros que brillan de sudor. Respiraron hondo al ver a la virgen elevarse por otras manos que la llevaron de nuevo, con todo su andamiaje, a posarse en sus hombros. Los comerciantes se acomodaron nuevamente al ritmo, con la virgen en andas. La multitud compacta, fundida como una barra gigante de acero, se movió lenta. La música flota nuevamente, la matraca emerge con la misma fuerza del principio, del incensario del cura, solo salen volutas de cenizas, que se pegan a los trajes ya rucios de los comerciantes. La pólvora no ha cesado en ningún momento, estalla sin control. Las consignas políticas aumentan y surgen en los muros pintas y brochazos como eco.

Al tabernero Catalino le avisaron que la virgen ya iba para el bailadero, su última parada, que alistara el altar. Sentado en un taburete, recostado a la entrada del negocio, respondió que el altar estaba adentro, en la pista de baile, que si la virgen quería, podía entrar. Una cuadra arriba, el garrón de puerco anunció su presencia. Los primeros que aparecieron por la esquina, fueron los niños y los perros. La pólvora vino a descuadrar la siesta de las aves en las palmeras, una bandada de chamones voló bajo por la calle con sus silbidos estridentes y sus plumajes oscuros y brillantes. De repente, dos volquetas del municipio repletas de soldados, se le atravesó a la procesión. Bajaron los soldados y formaron dos filas: la primera con una rodilla en tierra y la segunda de pie. Ambas con los fusiles apuntándole a la multitud. Varias botellas de aguardiente vacías se estrellaron en el pavimento cerca de los soldados que no se inmutaron. Fundidos en sus uniformes caquis, a una orden desaseguraron sus armas. La matraca emergió del tumulto, expulsada como el parto de una yegua. El sacristán no pidió permiso, pasó por en medio de los soldados arrodillados, desacomodándolos, y uno de los que estaban de pie, le dio un culatazo en la frente, a lo que el sacristán trastabilló, pero no cayó, mientras la sangre le empapaba la cara. La matraca enmudeció por un instante y con la mano libre se tapó la herida, buscó apoyo en una pared, aún sin dejarse caer, empezó a darle vueltas con debilidad al artefacto que sonaba inestable. Catalino veía todo desde su asiento, recostado al pie de la puerta podía ver la espalda de los soldados, el cigarrillo le colgaba en los labios, el sacristán venía por la acera, dando tumbos contra ventanas y puertas. Hasta que cayó a un lado del tabernero, resoplando borbotones de sangre. Cuando Catalino se lo echó al hombro, comenzaron los primeros disparos de fusil.


1 Alabao: canto religioso característico de la región pacífica colombiana (acompañado de instrumentos de percusión y de viento), se asimila en la tradición afrodescendiente a los cantos llanos de la música sacra, consiste en invocaciones a santos con ocasión de ofrendas y peticiones, así como de forma profana, sirve para la exhortación de difuntos en ritos fúnebres. (N. del E.)

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