Música para levantar muertos

CAPÍTULO IV

Foto Héctor Mediavilla
Foto Héctor Mediavilla

Por Edgar Cuero Córdoba

Calles estrechas de doble vía que se diferencian en la pavimentación y en el nombre. Las de acá son de barro, piedra, polvo y huecos que acumulan lodo cuando llueve. En el verano, que es casi todo el año, el polvo arropa a los automotores y a las personas, la brisa lo transporta en forma de una neblina ocre que sube hasta los tejados de lata para quedarse allí. El polvo se convierte en nata al caer lluvia, salpica los zócalos y ensucia los vestidos de los transeúntes cuando los carros pasan. La segunda, la cuarta, la octava, la décima: calles y carreras van apareciendo, a medida que la cuidad baja desde los farallones en onduladas colinas que terminan a orillas del río, y abriéndose luego hacia el centro.

Casas de ladrillo con uno y dos pisos, de columnas estilo republicano, con antejardín y verjas de hierro retorcido terminadas en punta de lanza; se asoman a las calles de doble vía que dejan de ser calles y carreras, para convertirse en avenidas: segunda, cuarta, sexta, octava, décima.

El río parte la ciudad y es ahí, pasando el río, después del puente, donde el pavimento aparece.

Mansiones que colindan con la ribera del río y tienen un perro bravo amarrado para que nadie se acerque a lavar ropa o a bañarse. Por sus espaciosos ventanales entra la brisa agitando las pesadas cortinas. Limosinas y berlinas[1] parqueadas frente a las casas muestran la opulencia de sus dueños. Avenidas, pero sin gente en los andenes, calles desoladas, solo carros y uno que otro perro callejero que atraviesa el puente husmeando comida y ladrándole a las hojas de los árboles que vagan perdidas.

Iglesias imponentes con fachadas de mármol y adornadas de dos y tres cúpulas, donde hay que extender la mirada hacia arriba para poder admirar sus torres. Adentro la fastuosa luz que irradian sus telas de araña con cientos de bombillos; los riquísimos altares, brillantes, dorados, ¿oro puro? No se sabe. Bancas de cedro limpio, tienen cada una, la chapa de hierro fundido con los nombres del doctor y su familia, informando la donación respectiva.

Los curas de estas iglesias siempre llegan en carros muy pequeños como para su prominente panza. Por lo general un Volkswagen de color blanco que contrasta con el negro de las sotanas anchas y largas hasta el piso, que impiden ver el calzado, y al avanzar parecen levitar a pocos centímetros del suelo. De papada abultada, en la mano siempre un pañuelo blanco que acerca con insistencia a los labios.

Desde acá arriba se observa bajar otra ciudad, cuadriculada con casas de bahareque y techos de hojalata, casas de amplios portones y ventanas de madera. Sus iglesias se localizan como iglesias de pesebre, de una sola torre y una sola nave. Tienen una sola campanita de un solo toque, como las campanas de recreo en las escuelas. Iglesias construidas con ladrillos rústicos sin repello, situadas frente a un parque con árboles de guácimo y de caucho, repartidos caprichosamente. Los senderos del parque confluyen al centro, donde el busto de un prócer mira a ninguna parte. La iglesia domina el cuadrado de árboles y a sus habitantes siempre sentados en las bancas de concreto o de madera, son por lo general ancianos de cabeza baja y mirada cansada, a los que les cuelgan los pies sin tocar el piso.

Enmarcada en uno de estos parques se encuentra la parroquia de Jesús Obrero. Sencilla y graciosa, de ladrillos rojos carcomidos y única bóveda central sin vitrales ni vidrio, por sus ventanas todo entra directo, la luz, las palomas con sus cagadas, la música de las cantinas que la rodean y, por la noche, el vuelo de los murciélagos planeando ciegos sin estrellarse.

El cura que la regenta es bajito, de cuerpo engañoso. Pocos pelos desordenados y largos quedan en su calva cabeza cubierta por un sombrero redondo de color café. Su sotana es de un negro tiznado, llena de sombras blancuzcas. Es corta, deja ver un par de botines pelados con las suelas de los tacones desgastadas hacia afuera. De estos botines sobresalen unas medias blancas percudidas. Llega a pie, con caminar presuroso, bendiciendo a las mujeres que se encuentra en su camino: “Vayan con Dios”. “Gracias padre”, dicen ellas y se santiguan agachando la cabeza. Los niños y los perros forman algarabía detrás de él, agarrados de los pliegues de su sotana. Lleva siempre en la mano izquierda un maletín, de cuero desgastado, de los que usan los abogados. Dicen que ahí guarda un revólver 38 largo. En la derecha, un pañuelo grande deshilachado por los lados, no se lo lleva a los labios, se lo acerca a la cara para secarse el sudor que le baja del sombrero. De caminar impaciente, los niños no lo dejan andar atravesándosele para pedir la bendición: “La bendición padre Diocleciano”. “Dios los bendiga hijos míos”. Estampándoles un beso sonoro en las mejillas. 

La casa cural es un apéndice de la iglesia, los mismos ladrillos la identifican. Es de una sola planta con techo de teja. Adentro, en la sala, en un cubículo de madera  carcomida, está Doña Epifanía, que asienta en un libro voluminoso de pastas verdes: nacimientos y defunciones, bautizos y primeras comuniones, casamientos y misas para los muertos. Su cara es flaca y aguileña, lleva unos lentes gruesos que resaltan las esferas de sus ojos y parece que mirara con espanto.

En la acera hay parqueadas cuatro berlinas. El padre Diocleciano Lozano apremia el paso al ver los carros. Los niños desarman el alboroto y van quedando rezagados jugando con los perros. Dentro de la sala, en una rustica banca de madera, labrada a punta de hachuela, se encuentran sentados cuatro hombres de edad madura, con sus sombreros en la mano. De vestidos oscuros impecables, como sus zapatos. “Dios los ilumine”, dice el padre, mirando a los hombres y pasando de largo. “Es nuestra luz”, contestaron, santiguándose. Se levantaron y caminaron en fila siguiendo al padre hasta un estrecho espacio donde había una sola silla para visitantes, ellos permanecieron de pie.

El padre Diocleciano sentado en una silla de vaivén sacó del maletín un cuaderno escolar, colocándolo en un escritorio de madera pelada. Miró a los hombres con ojos de preocupación. “El obispo nos manda a resolver un problema económico, padre”, dijo el hombre que aparentaba más edad. “Así es, mis queridos y diligentes amigos, lo manifiesto y lo reconozco, los aportes en dinero que ustedes han hecho a la parroquia son muy importantes, pero en realidad no alcanzan para el sostenimiento”, dijo con voz melancólica y gesto de incertidumbre. Los hombres se miraron, moviéndose inquietos. El pitido de los carros entró por una pequeña ventana, la melodía de una cantina pasó lenta y tristona. “Porque el de la fe y la política ya lo tiene usted resuelto ¿cierto padre?”, dijo Timoteo García, dueño de tres ferreterías, acomodándose las calzonarias[2] que sostenían su pantalón. Miró fijamente al cura. Este observó con indiferencia el cuaderno, sin contestar nada. Sofonías Tobar, propietario de un gran almacén de calzado, extrajo de un bolsillo del saco una cajetilla de cigarrillos Lucky y les ofreció a todos, uno a uno, sacaron el cigarrillo, con cara de preocupación. El humo se apoderó del pequeño cuarto, los rostros de los hombres se cubrieron con una especie de neblina mañanera. Desde su lugar Doña Epifanía tosió con ahogo. El cura la llamó, apareció arrastrando por un extremo la banca de madera, uno de ellos sacó la silla y entre todos acomodaron la mitad de la banca en la reducida oficina; mientras tanto el cura, con un lápiz de borrador comido, sacaba cuentas en el cuaderno.

La mujer seguía parada afuera, cuando escuchó: “Epifanía, prepara agua fresca de lulo”, entonces desapareció, dejando una leve fragancia a canela molida, flotando entre los hombres. El cura voltea las hojas, saca cuentas, borra, escribe de nuevo, golpea las hojas con el lápiz, queda pensativo. Su nerviosismo deja entrever algo de rabia, le da una chupada larga al segundo cigarrillo, y los demás se llevan los suyos a los labios en forma mecánica, el humo sale penosamente. Los hombres siguen esperando. Al fin habla el cura: “La limosna de los domingos ha disminuido y la de entre semana ni hablar, lo de la fe y la política está resuelto, por si estaba preocupado don Timoteo”, lo mira aguardando una nueva pregunta, el comerciante mira la colilla del  cigarrillo, la tira al suelo y la apachurra con su zapato. Continúa: “Ya nadie quiere casarse, se amanceban como animales. Pecado latente. Los bautizos, cobrar barato o regalar, porque nunca tienen plata y de repeso, corregirles los nombres. A todos los niños quieren colocarles Jorge Eliecer y a las mocosas Rosa Parks, como la negra desobediente de allá de norte américa. Las primeras comuniones ¡el acabose! Son a mitad de año”, golpea la mesa con el puño cerrado. “¡Ah, y lo que faltaba! Un misionero español anda reclutando niños de la calle, huérfanos, los lleva a la galería a pedir mercados, ¡la competencia desleal amigos, la competencia! Y no sólo eso, los mete a un bailadero a emborracharse junto con él”, agita el cuaderno alborotando el aire caliente que se posa sobre ellos. “Como si el Bristol no existiera, hay cantidad de nombres que les son acordes”, dijo con voz delgada, casi en susurro, cogiéndose la cabeza con las manos.

Lucas Holguín, propietario de casas de inquilinato en el centro de la ciudad, se paró y se acercó al umbral de la puerta, acomodó el nudo de su corbata y colocó el sombrero en la banca: “Señor cura, con el perdón suyo, nosotros creemos que usted tiene algo de culpa, en la poquedad de la limosna”. El cura levantó los ojos, arqueó las cejas y acomodó su espalda en la silla. “Sí señor cura, usted ha realizado tres rifas y la gente le ha colaborado, todas se las ha ganado la virgen del carmen, es justo que alguien más se la gane”. El religioso movió todo su cuerpo acomodándolo a la silla, el cuarto se llenó de ruidos de cama vieja. Se escucharon unos vasos de cristal entrechocando, aumentando el tintineo al acercarse. Doña Epifanía colocó la jarra y los vasos en un extremo de la mesa. El cura bogó un vaso de lulada y sirvió otro al instante, cubrió con su mirada a cada uno de los hombres: “¿Ahora, qué hago señores, díganme qué puedo hacer?”.

Teófilo Lloreda era el único que no había dicho palabra alguna. Permaneció callado observando siempre al cura o al crucifijo que estaba a sus espaldas. Era dueño de una imprenta y encuadernadora, dijo con decisión: “Debemos valernos nuevamente de la virgen, acogernos a su divina bondad, ¡abusar de su generosidad!”, su voz gruesa se escuchó como un golpe. El cura quedó con el rostro lívido. Siguió: “Sacarla a la calle para luchar hombro a hombro con ella”. “Pero no es semana santa para sacarla” recalcó el cura, asombrado. “¡No importa!”, dijo Teófilo, mostrando autoridad. “¡La vamos a llevar a las cantinas, a los bailaderos, a los bares!”, su voz sonó profunda como el eco de una cueva. “La llevaremos en procesión y ella pedirá la limosna a los pecadores, a las mujeres alegres ya lo verán… ¡Y nosotros la llevaremos!”, señaló a los tres hombres con un dedo. “¡Vamos a dar ejemplo!”, el padre Diocleciano lo miraba perplejo, con la boca entreabierta, los otros tres comerciantes discutían en voz baja. Teófilo ladeó un poco el sombrero en su cabeza y continuó: “Algo más, voy a contratar un garrón de puerco[3] para que amenice la procesión, a este pueblo le gusta la música, démosle música y fe”.

Dos semanas pasaron desde la reunión en la casa cural. Los avisos clasificados del periódico liberal El Relator, donde se solicitaba una banda musical de acompañamiento, no surtieron efecto; los músicos no aparecían. La impaciencia se apoderó del dueño de la imprenta: “¡Es que ya no hay músicos en esta ciudad!”, su voz retumbaba en todo el local. “¿O solamente trabajan en diciembre para hacer monerías; para un trabajo santo como este, ahí si no?”. Un hombre que estaba en el mostrador contando unos volantes de publicidad, lo miró por encima de las gafas y le dijo: “Don Teófilo, añádale a los avisos las palabras Sin disfraz”, continúo contando los volantes.

***

¿Qué banda de músicos iba a aparecer cuando la ciudad estaba alterada? Asesinatos silenciosos, cadáveres mañaneros, cargados de inmediato en las volquetas que iban atrás de las berlinas desde las cuales habían disparado y asesinado, ahora se quedaban sin recoger en las calles. Los muertos por lo general pertenecían a un mismo partido político. La censura y medidas policiales, junto a un gobernador militar recién nombrado impedían el normal transcurrir de los ciudadanos. Aun así, se protestaba. En la última semana, estudiantes de la universidad y de algunos colegios de secundaria, recorrieron la ciudad destruyendo, entre otras cosas, los aparatos que miden la energía de las casas. La violencia es día y noche. Y esta noche no puede ser distinta a las demás.

Luces efímeras en los postes, el vaivén de las bombillas empujadas por la brisa. Música brotando por oleadas de bares y cantinas, borrachos que orinan en los recovecos, perros que les ladran. Barullo de niños abandonados. El pitido de la locomotora, una letanía. Berlinas que pasan lentas, sin ruido, oscuras. Policías que disuelven tres personas a bolillo en las esquinas. El aroma de comida, fritanga y de marihuana. Soldados que entran a los bares con bayoneta calada, estrujando, volteando mesas y borrachos al piso. Coperas sonrientes y voluptuosas. Putas cerca de habitaciones de alquiler. La brisa del mar navega sobre la ciudad.

En los puntos de oscuridad que deja la luz angosta de las bombillas, sobre una pared o en la esquina de un almacén de abarrotes, en muros altos y limpios, van apareciendo palabras de color rojo pintadas: “Abajo la dictadura militar”, “Abajo Rojas Pinilla”, “Abajo el teniente coronel”, “Abajo los godos”, “Viva el partido liberal”, “Viva el comunismo”, “Viva el pueblo”. Un tiro de fusil opaca los demás ruidos y desmorona un pedazo de repello de la pared, encima de una letra. Una sombra en el muro se queda quieta, luego corre, suena otro tiro que pega en el vértice de la esquina, la sombra voltea por ese ángulo, corren perros chillando encorvados. Del ático de un techo salen unas palomas desorientadas. Las putas se meten a su refugio, donde el olor a alcanfor les abre los poros, los borrachos terminan de orinar y se sacuden. Las coperas se mueven risueñas entre las mesas. Es una sombra ágil, se desliza pegada a las paredes. Es una sombra compuesta por dos personas, la que lleva el balde con pintura y la que escribe con el hisopo. Las pintas en las paredes es trabajo de dos personas. De un equipo que conoce bien sus movimientos de brazos, manos y piernas.

“El fantasma” Figueroa, ligero con las manos en timbales y redoblantes, lo es también con el hisopo, cal o pintura roja, da igual. Pinta letras gruesas, sin lugar a equivocaciones. Estudia y practica la escritura cada día en un papel, para no cometer ningún error en la ortografía. Lo que no pudo corregir fue el lineamiento de las palabras, comienza a escribir a la altura del estómago y termina empinado con las últimas palabras, con el brazo y la brocha en alto. El socio, el del tarro, es el maraquero Carlos “El tirijala”. Los dos músicos de tarima de “Casa de Mangle”. Los tiros continúan. La sombra avanza palpitante. Salta, cruza, se dobla, se pliega a ras del andén, perdiéndose en los dobleces de las calles. La sombra llega a la calle principal, los disparos arrancan pedazos de hojas a las palmeras. La calle queda desierta, solo los acordes de diferentes melodías viajan sin sentido, buscando volver de donde salieron. En la esquina, la Negra Maximiliana famosa por su fritanga de empanadas con buena carne, bofe frito, papas aborrajadas y ají criollo, del rojito, es la delicia de noctámbulos y bohemios. La sombra pasa a un lado de ella sin detenerse.

“Don Teófilo necesita un garrón de puerco para acompañar a la virgen”, dice mientras voltea en la paila hirviente seis empanadas. “Mañana vamos donde él”, dice una voz jadeante. “Todavía nos faltan los muros del cementerio”, dice la otra voz, aún más apurada. Saltan las paralelas del ferrocarril y se mimetizan entre matorrales y arbustos. Por estas yerbas altas, que llegan hasta los muros del camposanto, se metió la sombra a fundirse con la noche. El trote de soldados y perros que se acercaban con algarabía,  agitaron la esquina. A patadas apartaron a un hombre que cruzaba la calle. Miraron a la negra Maximiliana y maldiciendo siguieron hasta la mitad de la cuadra. Del lado del cementerio el ruido de las hierbas batidas por una brisa rastrera les hizo poner atención. Cavilaron un buen rato. El olor de la fritanga devolvió sus pasos, con la bayoneta calada en el fusil, posaron sus ojos en la hirviente paila donde pedazos de bofe giraban. Sólo tragaron saliva.


[1] Berlina: subacepción figurada que se refiere a los automóviles tipo “sedán, al corriente, cerrado, de conducción interior, con cuatro puertas y cuatro o seis asientos” (María Moliner. 3ra Edición, 2007). Auto reconocido por ser el que usaban los gánsteres norteamericanos para sus crímenes, sobresalía por tener un descanso para pies que permitía viajar parado en la parte exterior. (N. del E.)

[2] Calzonarias: forma popular de llamar a los tirantes para sujetar los pantalones, de igual forma se le llama a las bragas femeninas. (N. del E.)

[3]Garrón de puerco: pequeña banda de músicos foráneos que solían tocar por las calles de la ciudad de Cali durante el mes de diciembre, sus instrumentos característicos eran: flautín, redoblante, zampoña y violín. Habían otras bandas locales que para diferenciarse de los de afuera, se disfrazaban de diablos y de muerte, usaban trajes de circo, máscaras de nariz grande y afilada, cachos y barbas de chivo, también se introdujeron hombres disfrazados de coperas, que se colgaban tetas y culos abultados hechos con trapos. (N. del A.)

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