Música para levantar muertos

Por Edgar Cuero Córdoba

HÉCTOR MEDIAVILLA
Foto Héctor Mediavilla

CAPÍTULO III

“Buenas tardes Catalino, gusto de verte buen hombre”. Ya son tres lunes que lo saluda sin detenerse, mientras mira hacia atrás como arrastrando con la mirada a los niños que llevan sus canastos. No cantan. Caminan atropellándose, agarrando los canastos y las cestas con las dos manos. Ellos no lo saludan, pero lo miran con ojos suplicantes de hambre y cansancio. Es un tropel de recuas cansadas y sedientas. El tabernero sentando en su taburete fumando su habitual pielroja, ve pasar, y deja que la brisa abanique su cuerpo en el calor de la tarde. Su mirada va hasta los altos muros del cementerio, antes de esto, recorre la calle, las paralelas del ferrocarril y dos cuadras largas de árboles, arbustos secos y rastrojos.

Catalino piensa en una florista, una mujer de actitud serena, cuerpo generoso y ademanes suaves como las flores que vende afuera del cementerio. Hace un mes que visita a Casa de Mangle, donde se sienta sola con un ramo de gardenias amarradas que exhalan frescura y tranquilidad. Cuando está en el salón la cubre una lámina invisible de solemnidad; división impenetrable para los hombres que le coquetean por los lados invitándola a bailar. Les sonríe y con la cabeza les dice que no, es tan dulce su negación que los desarma y la dejan sola tomarse su aguardiente. Ni sus compañeras de flores —compartiendo seguramente un secreto de mujeres— se le arriman. Azucena linda pide una caneca, la saborea con sus labios delgados y firmes que palpitan cada que el alcohol los acaricia. Esta florista ha despertado el interés del tabernero, le ronda la curiosidad, y cada lunes, mientras los muros del cementerio la ocultan, se sienta esperando vislumbrar su llegada. Esta semana ha decidido decirle algo más que “Buenas noches”, cuando mirando a sus ojos cafés, le sirva el aguardiente. “Esta noche le digo algo más, sí señor”.

Los cantos infantiles llegan envueltos con el ruido de la calle, abriéndose paso entre el murmullo de la gente. Llega la voz del misionero que rompe toda barrera, va inclinando la cabeza a diestra y siniestra, en una mano trae un paquete cubierto en papel de tienda y amarrado con cabuya. Esta vez no pasaron de largo. Se paró junto a él, los niños también, permaneciendo en la fila, sacando las cabezas por un lado para mirarle. Cantaban duro y alegre: “Madre mía que estas en los cielos/ envía consuelo a mi corazón/ cuando triste llorando te llame…”. Pasaron al salón sin que él los invitara y sin dejar de cantar. Vibrando en cada cuerda vocal, las voces de los niños se regaban cantarinamente, elevando su tono sobre la carrasposa y dura voz del misionero: “Tu mano derrame feliz bendición…”. El misionero levantó la mano, cesó el canto y cada uno se detuvo al pie de su canasto. Miraron al tabernero entrar, con su taburete, colocarlo junto a una mesa, y expulsar la colilla del cigarrillo de sus labios. El misionero se bajaba el sayal encumbrado por encima de las rodillas. “Buenas tardes Catalino, gusto de verte nuevamente tío”, le pasó la mano al tabernero que dudó por un instante; el apretón de las manos fue rápido. Catalino movió los dedos alargándolos un poco. “Buenas tardes Valerio… ¿Te puedo llamar Valerio?… A mí también me alegra verte de nuevo”, el tabernero vaciló, de todas maneras las sotanas infundían en él algo, una prevención, como si fuera prohibido acercárseles. “¡Claro!, me podéis llamar por mi nombre, si ya me habéis llamado cura, religioso, misionero y quién sabe cuántas cosas más calladamente”, la cara del misionero se mostraba atenta y alegre, sus orejas en cambio permanecían pálidas. “Aquí entra un hombre con sotana, no lo dudéis, definitivamente un hombre. Lo religioso queda afuera”, dijo y depositó con fuerza el paquete, la mesa se dolió, sus tablas se quejaron como el maderaje de una embarcación. “Este presente es tuyo, podéis abrirlo”. El tabernero soltó la cabuya y desplegó el papel arrugado. El otro se sintió complacido al ver la cara de sorpresa de Catalino. Al fondo, entre la penumbra de las tablas, los niños se agitaban inquietos y murmuraban en voz alta. Catalino alzó la vista y comprendió que los niños querían decirle algo pero no se atrevían, el temor al sayal blanco era más fuerte que sus necesidades. “Estos niños tienen sed, voy a refrescarlos primero”. Se deslizó hasta el mostrador, “¡No te olvides de mi sed!”, escuchó la otra voz seca que le pegó en la espalda.

El sol oprime fuerte, las palmeras sienten el peso incandescente y sus hojas se alargan al piso desvencijadas por el calor. La brisa se ha extraviado en los recovecos del lugar, en las grietas, en las salas de las casas, la brisa se encalla en la ciudad hasta la hora de navegar nuevamente a su océano.

Los niños burbujean con los refrescos. El misionero se toma el primer trago de aguardiente y le sirve otro al tabernero que continúa desenvolviendo el papel. Saca un libro, un cuadro, otro libro y otro cuadro lo sigue. El misionero retira a un extremo la botella y los dos tinteros para dar espacio. Al final quedan regados en la mesa cuatro libros y cuatro cuadros. Los ojos del tabernero, como iluminando la mesa, brillan de emoción. Su boca está abierta, pero las palabras se niegan a salir, mientras acaricia los cuadros y los libros, con la misma prontitud y amor que frota su bayetilla[1] roja en los discos. El misionero con las dos manos atrae todo hacia su cuerpo, luego como si fuera un mazo de naipes deslizó un libro que llegó al centro de la mesa. “¿Qué hacer? de Lenin”, dijo, lanzando suavemente un cuadro que se depositó sobre el libro. Lenin, mostraba una calva pronunciada y una risa enigmática como de Mona Lisa. Con abundante bigote y chivera. Con una camisa extremadamente blanca, encima una corbata negra delgada y el medio cuerpo de un traje negro. “Padre de la revolución Bolchevique”. Cogiendo otro libro, siguió: “Baudelaire, poeta francés”, el libro es de color lila, las letras son romanas de menor tamaño, Catalino lee mentalmente el título: “Las flores del mal”. El misionero mira al tabernero con la suficiencia de un bibliotecario y señala el libro con el dedo más largo de la mano y, con la solemnidad de un profesor universitario le dice: “Son inmorales, pero no dejan de ser maravillosos estos poemas”. Los ojos del poeta son vivaces y su rostro predispuesto al vino, su frente es ancha y despejada, todo el pelo se le amontona atrás de la cabeza, su corbata se arremolina en un gran corbatín, las solapas de su saco son anchas y brillantes. Catalino lo analiza, enseñado a escrudiñar a sus clientes, buscándoles interrogantes, buscando en ellos otra vida, fuera de la que llevan puesta. Busca el ser en la foto del poeta, lo quiere vivo, ojalá brote del libro y le recite algo. Pero no, el poeta sigue ahí, con la misma raya inquietante unida a sus labios. Mira la galería de fotos en el mostrador y ve la misma raya en todos esos labios, piensa en una sociedad, a la cual, no se le permitió, reír, sonreír, ni llorar a carcajadas. Valerio sirvió dos tragos, tomó uno, y tosió suave. Miro a los niños y no los encontró en su lugar, los canastos estaban solos. Un eco de voces pequeñas y risas más pequeñas, le hizo girar la cabeza a un extremo del salón. Los niños se encontraban parados al pie de la tarima, donde un hombre tensionaba unos timbales y unos redoblantes al tiempo que les daba unos golpes suaves con las baquetas. Se sirvió otro trago y lo dejó en el vaso; contempló al tabernero, vio como los músculos de su rostro se contrajeron en una felicidad invisible. Catalino, con una mano sostenía el libro abierto y con la otra el cuadro; leía algo y miraba la foto. Su mirada era seria. El misionero bebió su aguardiente y tosió más fuerte. “Aún faltan dos libros” dijo Valerio, secándose el labio superior con la lengua. Catalino depositó las dos manos en la mesa y lo miró con una curiosidad de niño buscando más regalos. El misionero alargó otro libro mirando fijamente al tabernero. Un libro grueso, rustico, de color café gastado, con letras que comenzaban a desbaratarse. Catalino leyó: “La conquista del pan” y alzó los ojos hacia Valerio. Este con la cara encendida y con voz golpeada le dijo: “Kropotkin, anarquista ruso, la suma de la igualdad totalitaria y el comunismo”. El tabernero notó el disgusto en los ademanes y el cuerpo del misionero. Se sentó, e intrigado bebió el trago de aguardiente que le había servido. Valerio divagaba para sus adentros, inquieto. Catalino revisó el rostro del anarquista. Sabía algo de comunismo, lucha de clases, o algo así, pero de anarquismo, nada. Miró el retrato preguntando. El rostro se veía amplio, como la frente despejada; todos los pensadores tienen la frente limpia, pensó. Cabello abundante atrás de las orejas, barba y bigote con la misma cantidad de pelo, unidos por las patillas; ojos secos y penetrantes, coronados con cejas tupidas; debajo de cada ojo una bolsa de piel. Anarquista este señor, no se le ve, pensó el tabernero, sin comprender el alcance de la palabra. Quedaba un libro, la mano pesada y gorda del misionero lo tapaba. Lo guardaba como si fuera el naipe de su suerte, el de ganar. El tabernero observó a Valerio que continuaba viajando en los recuerdos, miraba una bombilla que estaba encima de ellos, apagada. Cuando el misionero recordaba tomaba esta actitud, mirar hacia arriba, buscando encontrar pedazos o tiras de sucesos pasados que le alimentaran el espíritu o le devolvieran la calma. Catalino sirvió dos tragos más, con tranquilidad, sin hacer ruido. Dos golpes de baquetas y los aplausos de unas manos pequeñas, lo regresaron nuevamente a la realidad de Casa de Mangle. El baterista, El fantasma, afinaba sus instrumentos y le sonreía con sed. Catalino, levantó la mano en señal de saludo sin invitarlo a un aguardiente. La luz del sol se veía débil en el salón, sin embargo la claridad era abundante. Valerio había depositado los ojos en el libro y lo sostenía con las dos manos, gotas de sudor rondaban su rostro colorado y sus orejas comenzaban a incendiarse. Esta vez no tiró el libro, lo alargó hacia el tabernero con una lentitud de pesar, de no querer separarse de él, buscando que el tabernero lo rechazara cansado de la lentitud del ofrecimiento. Catalino esperó el libro mirando directo a los ojos del misionero, creyó que toda esta solemnidad se debía a la importancia del libro, gastado y remendado con pedazos de cintas pegantes. El tabernero recogió el libro en el aire con delicadeza, suave, buscando que no se le fuera a desbaratar en sus manos, su fragilidad asemejaba a un ramaje de hojas secas que se puede esfumar de un momento a otro. En realidad es un libro supremamente desgastado por el uso. Lo depositó con cuidado en la mesa con el mismo amor con que se trata un pajarito recién nacido. Trató de adivinar leyendo unas manchas de letras de color amarillo, apuntándoles con el dedo. El misionero leyó por él, con voz de actor: “Romance Gitano, de García Lorca, poeta español… Fusilado por Franco”. Valerio se tomó dos tragos seguidos, Catalino lo miró interrogándolo; se observan esperando quién hable primero; la cara del misionero está resplandeciente, ni siquiera el sol emite ese brillo, diría alguien exagerando. Catalino volvió sus ojos al retrato del poeta español, detalló sus ojos amplios y vivaces, sus labios separados de la raya que los une están formando una sonrisa franca y fresca; tiene una cara aún joven y la rodea una mezcla de ternura otoñal. Le habló al misionero sosteniendo el cuadro en la mano: “Esta cara no tiene nada de violencia… ¿Por qué lo mataron?”. El otro puso sus dos manos en la mesa y echó el cuerpo hacia delante: “Por lo que escribía… Poemas, teatro… Por poeta, hombre”, dio una palmada suave a la tabla de la mesa, siguió: “Era delicado, le faltaba algo de hombría… Eso dijeron sus verdugos”. Catalino colocó el cuadro sobre el libro, tomó su aguardiente de tiro largo y señaló al misionero. “Los poetas son seres mansos, sueñan con palabras y caminan de la mano con los espíritus”, lo dijo quitándose un poco lo tabernero de la cara. Valerio sirvió dos tragos más. Las baquetas sonaban con premura y los niños agitaban sus cuerpos y alzaban las manos en una danza sin control. Los dos hombres de la mesa no se daban cuenta de este agite. “Por eso lo mataron, por ser manso”. Respondió el misionero. Bebió su aguardiente sin invitar al otro “¿y tú como sabéis eso de la mansedumbre y de la espiritualidad de los poetas?”, preguntó y se sirvió otro trago. “Yo también leo poemas, leo a ese señor —señaló a Vargas Vila— le da duro a las mujeres, a las fieles, a las infieles, hasta a su madre la aporrea. Castiga al gobierno, a los partidos y… A ustedes los curas —el tabernero subía la voz— ¡¿sabes quién es Vargas Vila?!”, preguntó arrebatándole la botella al misionero. Valerio se acomodó a una actitud de calma, se bajó el sayal sin levantarse del asiento, miró la botella lejana, el desorden de cuadros y libros en la mesa. La bombilla continuaba apagada. Escuchó el desorden rítmico del baterista y los niños que gozaban sin importarles los canastos y su presencia; con los ojos pidió de vuelta la botella a Catalino.

“¡Claro, claro! Sé quién es Vargas Vila, es colombiano como vosotros, murió en España, allá escribió sus mejores libros, —ahora su voz era pausada y melosa, por lo que recogió la botella de las manos del tabernero— sí, atacó a todo el mundo con su inmejorable pluma. Era un liberal arrepentido”. Miró con actitud dura al tabernero, como si hubiera obtenido un triunfo. “Sois liberal, ¿cierto?”, sus ojos se movían sin brillo. “Sí, y como Vargas Vila los detesto a todos, menos a mi mamita, y para que sepas a los curas los detesto el doble”, tomó su trago que se le había calentado y le sonrió extrañamente al misionero. Valerio detuvo la mirada en la botella, le faltaban tres tragos para quedar vacía. La sujetó con más fuerza en su mano grande y pecosa. No dijo nada ni miró al otro. El tabernero respiraba fuerte mirando fijamente el desorden de la mesa. Afuera sonaron cinco campanazos en la torre del cementerio, era hora de la misa vespertina por los difuntos, la única de la semana en el camposanto. Catalino imaginó a las floristas rociándole agua con una totuma a las flores que tenían para vender. Pensó en Azucena linda, la solitaria florista que nunca bailaba, a la que él tenía que decirle algo esa noche. Con esto la compostura volvió a su cuerpo.

El sol se iba, dejando una luz tenue como la cola arrastrada de un vestido de novia. Los chiquillos no paraban el alboroto mientras el Fantasma tocaba con fuerza timbales, redoblantes y platillos. Eran los únicos clientes, en toda su vida, que aplaudían su actuación. Catalino se encaminó hasta el mostrador y prendió las luces, las bombillas adquirieron vida debajo de sus platones verdes. Los niños sin dejar de acompañar con sus manos miraron la luz amarillenta, el baterista ni se inmutó y seguía tocando ruidosamente. Catalino regresó y acomodó entre sus brazos, primero los libros y, encima, los cuadros, dio media vuelta y los depositó en el mostrador. A Valerio le quedaba un trago en la botella, de cabeza gacha con la mirada perdida en el piso brillante por los pasos de los bailadores. Lenin posó junto a Jorge Eliécer Gaitán, se demoró un poco buscando lugar para Kropotkin que quedó junto a Daniel Santos, a Daniel la sonrisa se le amplió alargándole el bigote. Descolgó un militar radical que estaba junto a Vargas Vila, a su derecha, el puesto lo ocupó García Lorca y a Baudelaire lo tiró a la izquierda. De paso le dio una sacudida rápida a los otros cuadros y al filo de las carátulas de los discos. Miró los libros, observó el estante buscando un espacio, tanteó el sitio donde guarda la plata y el revólver, no encontró lugar, entonces cogió los libros y se dirigió hacia la mesa. Valerio depositaba el último trago en el tintero, deslizó la botella hacia el centro de la mesa y levantó la cara roja por el licor, igual a una hornilla encendida. El tabernero recogió del suelo el papel de tienda y la cabuya, envolvió los libros encima de la mesa. “¿Por qué te lleváis los libros? ¿De verdad te gusta leer?” preguntó el misionero con algo de desconsuelo en su mirada. “Me gusta leer, aquí no tengo espacio para ellos, ni tiempo. En la casa hay una biblioteca modesta, pero bien dotada, es de mi papito. De pronto te invito a que la observes”. Su actitud era apacible y de su cara se había borrado la discordia pasada. “Acomodé los cuadros, ¿quieres verlos?”, le preguntó. Este se levantó y arregló su sayal, arrugado por todas partes, caminó recto sin permitir que se percibiera el alcohol que tenía acumulado en su cuerpo. Sobó una mano sobre el mostrador, como queriendo limpiar algo de polvo, repasó los cuadros uno a uno, demorándose en unos, pasando vista rápida en otros. Otro sonido se incorporó al ruido de la batería. Era el maraquero que ya tocaba su instrumento, moviendo frenéticamente las manos, balanceando el cuerpo sobre sus piernas. El entusiasmo de los niños aumentó con las maracas y el baterista se sintió relegado por la presencia del otro músico.

El misionero volteó su cuerpo y apoyó los codos en el mostrador, estaba satisfecho con lo que había visto, su cara lo decía y sus orejas aún más; el sayal con cinturón y todo se desplazó hacia el pecho, sus piernas de cavernario quedaron a la vista. “Ahora sí, todo está dispuesto para que entre la parca con toda su magnificencia a esta bayuca”, soltó una carcajada despareja, sin motivo. “No te preocupes cura, los palurdos asesinos no entienden de cuadros, mucho menos de libros, además la música me sostiene, me da vida. Son como los palurdos que mataron a Lorca… ¿Lo entiendes cura?”, remató con la palabra cura, revistiéndola con la dureza de una roca. Valerio se acercó lentamente a Catalino sin dejar de mirarle a los ojos. Bajó su sayal con las manos, acomodándose el cinturón y el rosario. Expulsaba olor a aguardiente por los poros. Los dos músicos trabados en una impresionante descarga de sonidos mantenían divididos a los niños en cuanto a mejor solista. Valerio y Catalino, escuchaban sus propias palabras. “Tranquilízate hombre, no estoy pidiendo la parca para ti, la invocó para mí, para descansar de esta perra vida errante. No tengo nada. Todo lo perdí. Mi patria, el monasterio lo quemaron… No te digo quiénes… Tú lo debéis de suponer. No tengo nada. Sólo a estos pobres chavales huérfanos”, sin mirarlos los señaló con su mano. Otros cinco campanazos se oyeron. La misa había finalizado. Los difuntos volvían a sus tumbas.

Azucena linda estaba camino al bailadero, con su ramo de gardenias en las manos y la tristeza dulzona invadiéndole todo el cuerpo. Catalino se apresuró a despachar al misionero y a los niños. Destapó otra botella, sirvió un trago doble que ofreció a Valerio. A los niños les gritó que si querían más Kola Cali[2], dijeron que sí, olvidándose de los músicos y rodeando al tabernero. A estos no les importó la desbandada y siguieron su descarga. El sonido de la percusión abandonó el local, llegó a los rieles del ferrocarril y golpeando su acero replicaba el ritmo. “Valerio, es hora de partir, el ambiente no demora en ponerse tenso para usted y los niños”. Dijo con resolución y premura. La florista no demoraba en atravesar el umbral. Los músicos dejaron sus instrumentos y se acercaron al mostrador, cada uno se sirvió un trago de licor y vieron al misionero, interrogándolo con la mirada. Este permanecía inmóvil, esperando que una alfombra mágica lo levantara y lo paseara por los aires. Los niños seguían con su algarabía, tomando sorbos cortos de Kola cali. Catalino bajaba los taburetes y acomodaba las mesas con un alboroto parecido a una pelea de perros.

Una berlina negra paró frente a la fachada. Catalino sacudiendo las mesas con el trapo divisó en el interior a cinco hombres de sombreros y trajes enteros, envueltos en la penumbra del carro —tres de la policía secreta y dos señaladores también asesinos—. La berlina apagó su motor y los hombres adentro miraron hacia Casa de Mangle. El tabernero apresuró a su visitante, el misionero volvió a la realidad y miró con enojo la bulla de los huérfanos, “¡Orden!”, gritó, y batió las palmas de las manos. Los niños corrieron hacia sus canastos y se apoderaron de ellos con tristeza súbita en sus rostros. “¡Hora de partir pelafustanes!”. Presurosos se cuadraron atrás del misionero. Éste alargo nuevamente su sayal. “Digan, gracias señor Catalino… ¡Duro que se oiga!”. “Gracias señor Catalino”. Las pequeñas voces salieron genuinas, sin ninguna impostura, miraban a Catalino y lo despedían con sus manos.

Ahora, los estáticos y petrificados eran el tabernero y los músicos, cuando el misionero comenzó a cantar marchando en un sitio, sin moverse: “Silbando viene una bala para él o para mí…/ A él le tocó la suerte y yace a mis pies inerte como un pedazo de mí…/ Ay… No puedo darte la mano, adiós mi querido hermano…/ Que morir con gloria es vivir”. El misionero marchaba como militar, el color encendido de su cara desapareció y como el de levadura fue tomando sus mejillas, por su frente y su mentón se veían unas diminutas venas azules. Los niños ni marchaban ni cantaban. No sabían la letra. El desconcierto se apoderó de ellos, miraban la espalda del misionero que se movía como un péndulo. Sus pies en sandalias castigaban el piso. Vio delante y vio la berlina negra, vio a sus ocupantes agitarse como peces en una red. Luego traspasó la puerta cantando: “Silbando viene una bala para él o para mí…” Los niños apenas arrastraban sus canastos. Al verlo pasar, los dolientes del cementerio se santiguaron varias veces apartándose de su camino. Azucena linda, con el ramo de gardenias recostado sobre su pecho, esperó a que el último niño saliera del salón para entrar. Se demoró viendo cómo se perdían en el horizonte, primero una mancha blanca, gorda y alta, seguida de unos bultos pequeños que trastabillaban a cada paso. La berlina arrancó, frenó y volvió a arrancar. Sus ocupantes discutían. Un caudal de pensamientos acudió a la cabeza de Catalino.

La florista entró lentamente, mirando a los lados con recelo. Los músicos ya se encontraban de nuevo en su lugar, trabajando y discutiendo algo. La vio venir suave y silenciosa, la sorpresa por la canción del misionero se le había pasado. Notó cómo las flores le palpitaban en su pecho, miró a sus ojos color café y alcanzó a ver cómo envolvía sus labios delgados: “¿No va a poner música hoy?”.


[1] Bayetilla: diminutivo de bayeta, según el Diccionario de uso del español en su segunda acepción, se refiere a “cualquier trozo de tela de lana o de un tejido grueso, empleado para fregar el suelo y otros menesteres de limpieza” (María Moliner. 3ra Edición, 2007). (N. del E.)

[2] Kola Cali: gaseosa artesanal, popular en la ciudad de Cali durante los años 50, era envasada en botellas reutilizadas de cerveza y se transportaba hasta los puntos de venta en carretillas (vehículos de tracción animal). (N. del E.)

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