Lecturas Perjudiciales

Música para levantar muertos

In Novela, Por entregas on 13 febrero, 2014 at 6:57 PM

CAPÍTULO II

HÉCTOR MEDIAVILLA

Foto Héctor Mediavilla

Por Edgar Cuero Córdoba

Es jueves, cuando el sol coquetea con la tarde y las palmeras sacuden sus hojas sobre la calle principal. Catalino abre el candado que sujeta la cadena y empuja el portón hecho con tablas de mangle*, mira con recelo y rabia las huellas de cincos tiros allí incrustados; tres tiros en un cuerpo y en el otro dos. Ya le habían dicho: “Esos tiros te los hizo la competencia”. “No. La competencia es la caseta Zulú y nosotros intercambiamos música”, respondió. Un domingo por la tarde había llegado hasta el mostrador un sujeto que no conocía, después de pedir un tintero de aguardiente, con rostro sombrío y con los ojos tapados por el sombrero, mirándolo sin mirar, le manifestó: “Tu música es muy buena, nadie la combina así… Y se baila bueno… En estos días vengo con unos amigos… Ah y otra cosa… Los de los tiros fuimos nosotros”, tomó el trago, se tocó con los dedos el ala del sombrero, dio media vuelta y se perdió entre los bailadores; llevaba una vestimenta oscura que lloraba en la emulsión de colores de la pista. Muy pocos se percataron de esta visita. El tabernero empujó por completo las dos naves del portón, un aliento de humo, licor y sudores abandonó el salón, lento hacia la calle. Y una que otra melodía no bailada, salió apresurada a buscar cuerpos. La presencia de la brisa con su ruido de mar siguió al tabernero, recorrió todos los rincones del salón y se llevó con ella los restos de la noche.

Llena de desdichas, esta ha sido una semana convulsionada. En los alrededores de la ciudad los muertos aumentan, la policía patrulla las calles con el fusil al hombro, las requisas son constantes, no se permite más de dos personas en las esquinas. La muerte se ha multiplicado a una velocidad inusual, los asesinatos han superado a la cantidad de muertos producidos por la fiebre asiática dos años atrás. El calor no tiene cuerpo, es una llama en vilo sobre la piel de hombres y mujeres, que se escurre por las puertas y ventanas abiertas de las casas, y que obliga a tirarse sobre las calles para recibir la brisa marinera que baja de los farallones. Brisa que lleva el susurro de los muertos, las letanías de sus matanzas y el chapoteo de sus cuerpos arrojados desde el puente del ferrocarril al río Cauca. Los traen en vagones para transportar ganado, conducidos por una máquina que no pita y no alumbra, que viaja de noche y es oscura como una calle sin bombillas. Pasa rauda a media noche frente a los bailaderos, las cantinas y las casas de citas, donde la oyen; al lado del cuartel de policía y del batallón, también, frente a la galería con sus habitantes en plena actividad. En los bares, las coperas dicen que es el tren de los aparecidos y se santiguan cuando ven el humo ondular como el manto de una bruja. El goce no permite ver ni oír lo que sucede afuera, aunque todo el mundo sabe de qué se trata. Así sea en esas escasas horas, el cuerpo danza y se embriaga feriando la realidad. Los asesinos brindan también, sentados en las cantinas celebran entre sí sus masacres, alzan sus copas por la muerte, necesitando que la música y el licor les den el valor para seguir viviendo y seguir matando.

El jueves es de los carniceros. Ingresan al salón con el olor a carne cruda impregnada a sus cuerpos. Diminutas astillas de huesos brillan en sus cueros cabelludos y el delantal blanco manchado de sangre viaja bajo el sobaco. Llevan sus cuchillos largos y afilados entre la pretina del pantalón, del que sobresalen las cachas de madera relucientes que asemejan un arma diferente que, cuando caminan con el brazo separado de ese lado del cuerpo, parece un revólver. Ese es el único día que bailan, los demás días, luego de que los bomberos suenan la sirena de las doce del día, pernoctan en las cantinas, sacándose el frío de la carne, de res o de cerdo, de sus cuerpos a punta de aguardiente. A las coperas les llevan carne envuelta en papel periódico. En el salón hay varios que llevan la carne en el delantal y la colocan en la mesa junto a la botella de licor con los dos tinteros grandes, luego sacan los cuchillos de la pretina y los engarzan debajo de la mesa, entre las tablas. Catalino los conoce a todos y sabe de los apasionamientos políticos de cada uno. Otros llevan ruanas dobladas sobre sus hombros y las cubiertas con los cuchillos en las manos. Estos buscan que las mesas estén pegadas a la pared, mirando siempre la entrada y que a tiro de vista el salón les quede a disposición, con las tablas de madera a sus espaldas. La policía, fusiles por delante, entra en sus rondas, y cuando pasan junto a uno de ruana —la mayoría informantes que andan a la caza de rojos— le dicen a todo pulmón: “Eso sí, las armas a la vista, así hay mejor defensa”. Y salen taconeando con sus botas.

Las gallineras llegan a la media hora, bulliciosas como sus gallinas. Con pedazos de plumas suspendidos en sus faldones y blusas, con turbantes de colores en sus cabezas y grandes aros, imitación de oro, en las orejas. Todas con sus canastos y con una que otra gallina con el pico abierto, buscando algo de aire. Sus cuerpos tostados y esbeltos cuyas formas parecen torneadas con un buril bien afilado. De carnes macizas y generosas donde debe ser. Mirando los tobillos abundantes se adivinaba el resto del cuerpo. La atmósfera está completa: olor a res y a gallina. Un contraste que se palpa: los carniceros gordos y pesados con la parte delantera de los pantalones cayéndoles al borde de los testículos. De piel clara con rostros parafinados, ni el licor que beben logra encenderlos. Y ellas así, con su cuerpo de una sola línea colocan sus canastos debajo de las mesas, cogen la carne, la meten en ellos y se sirven un trago.

A los que están en los rincones, con su ruana al hombro, les llegan las mujeres en forma escasa, estos nos les dan nada, solo un trago y una sonrisa estéril. Los tipos son torpes para bailar. Uno puede imaginar que es por la abundancia de sus cuerpos, como si la carne que tasajean se les pegara. Pero no, hay unos que a pesar de la gordura son volátiles. Como Leopoldo, el más veterano de todos: ágil con las guarachas y los mambos. Sus pies golpean la pista marcando el paso, se pliega y se agacha, la hembra le pasa por encima de la espalda y cae con los pies separados, siguiendo sin equivocarse, el son del son de la guaracha. Recorre con ella toda la pista, haciéndola girar sobre sus dos piernas firmes y macizas como ébano plantado. Leopoldo es el que menos compra aguardiente, la primera botella, las demás le llegan gratis como premio por su forma de bailar. Las mujeres todas bailan bien y se desafían a ver cuál baila mejor. Pero una negra cara fina de ojos claros, ojos color ceniza, llamada Crucita, que siempre remata los bailes con la caída de la hoja, un paso exclusivo de los hombres que ni Leopoldo realiza, su cuerpo no es ya dúctil como la gelatina. Crucita se las lleva a todas con cerrada ovación de los carniceros y de una que otra gallinera. Las demás mujeres con sus dos manos abanican sus faldones echándole tierra a Crucita. Catalino mira hacia los rincones donde solo hay uno de los de ruana levantando la botella en aprobación a la bailarina. Le han dicho su nombre, es Zacarías, un asesino que viene del norte del valle.

Crucita tiene su dueño, un cortador de carne de cerdo entrado en años, nunca baila con ella, pero se la presta a los demás para que guaracheen, sin dejarla bailar un solo bolero. Es celoso el viejo. Se le nota en las arrugas de acordeón que tiene en la frente y en su mirar nervioso, como si le ardieran los ojos. Las negras beben parejo con los hombres y van haciendo sus movimientos provocativos al bailar, atizando el fuego en el salón de tal manera que los aullidos de los carniceros estremecen a los policías que están parados en las esquinas. Y es ahí cuando los hombres piden en coro: “¡Un fox! ¡Un pasodoble!” Y se aventuran en la pista de los mil demonios, bailando con las piernas abiertas como si acabaran de bajar de un caballo. Sus movimientos son acompasados a lado y lado, no bailan pasodobles ni fox, sino el famoso botecito de los años veinte. Sin escapatoria las gallineras se dejan llevar con la cintura arqueada por el brazo fuerte que las aplasta al estómago de los carniceros, así se entregan al paseo de un extremo a otro del salón, no al bailar, eso no es bailar, es imposible. Catalino lo sabe y descansa. Se toma sus tragos y selecciona los acetatos que caminarán en el ruedo del tocadiscos. Ya nadie se sentará, los carniceros darán vueltas con sus mujeres vencidas, como en un parque de diversiones donde los niños giran y brincan sobre un carrusel. Las negras ríen coquetas y los siguen saltando.


Mangle: árbol de manglar, propio de las regiones costeras y tropicales, sus ramas se desprenden hasta las raíces y se enredan para formar inextricables fortalezas que acogen a peces y diferentes especies de plantas, allí también se encuentra la concha piangua —o piangua hembra llamada así porque menstrua—, un molusco característico de la gastronomía del pacífico colombiano. La madera del mangle se conoce por su dureza, algún tiempo se usó para los polines o durmientes del ferrocarril, los nativos del manglar construyen canoas con este árbol. (N. del E.)

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