Música para levantar muertos

HÉCTOR MEDIAVILLA
Foto Héctor Mediavilla

CAPÍTULO I

Por Edgar Cuero Córdoba

No se ha acabado el domingo, aún queda algo de ese día cabizbajo en las iglesias, meditabundo en los hogares, lloroso y concurrido en el cementerio. Un día depositario de besos y amores suspirados en los parques. Un día bañado de licor en bares y cantinas; lujurioso y oculto en las casas de cita; alegre y sin memoria en los bailaderos. En cines y teatros, los espectadores gritaron y aplaudieron las películas llenas de música y amor. Aprendiendo nuevos pasos de baile, al copiar un rotundo chachachá, una deliciosa guaracha, un rapidísimo mambo, un sublime danzón, un tierno bolero o, un enigmático tango; al imitar a Resortes, a Tintán, a Tongolele o, a Elvis con su rock and roll de movimiento pélvico condenado por la iglesia, contorsión que enloquece a las mujeres y les hace mojar sus interiores. Un domingo de comprar boletas para matinée vespertina y noche, un mismo día para repetir la película El rock de la cárcel y bailar en la oscuridad del teatro en medio de las sillas. Parece que el domingo aún no se hubiera ido, pero los cantos de los niños sumados al entorno de la calle principal dan los primeros hervores matinales del lunes que inicia.

Él va adelante entre el barullo. Los niños y niñas atrás en fila india, unos con cestas de mimbre y otros con canastos de higuerilla. Los colores de sus ropas están desgastados y limpios, llevan sandalias de caucho. Van alegres y sonrientes, vitales y juguetones, son niños. Niños pobres, pulcros y huérfanos. Él lleva un sayal blanco que le baja hasta los tobillos, su abdomen prominente lo abarca un cinturón ancho y negro de cuero, del mismo material de las sandalias que calza; las mangas son anchas y arremangadas hasta los codos. No lleva crucifijo colgado en el pecho, del cinturón que detiene su estomago cuelga engarzado un rosario de pepas amarillas. Su pelo es un cepillo en una cabeza blanca y regordeta. Llegan a la entrada principal de la galería, ahí se detiene la fila, él estira su sayo hacia abajo, toma una bocanada de aire, los niños y niñas hacen lo mismo. La gente los saluda y las señoras que salen con el mercado en los canastos intercambian un plátano, una papa, una zanahoria, un tomate, por las “gracias” y las sonrisas de los niños. El de sayo blanco empieza a cantar y la fila lo sigue, al vozarrón se pegan las voces limpias y sueltas de los niños: “Es María la blanca paloma/ es María la blanca paloma…/ Que ha venido a América…/ Que ha venido a América a traer la paz”.

Vienen una vez por semana, su presencia es grata y momentánea en la galería; para los coteros el canto de los niños es un impedimento y con palabras gruesas, y empujones, les gritan: “¡Quiten de ahí estorbos!”. A las gallineras le alebrestan las gallinas y se forma una alharaca indescifrable; luego se internan en el laberinto de los puestos de vaca y cerdo donde los carniceros les dan huesos arropados con pedazos de carne. Sus canastos se llenan lentamente, en medio de los gritos que salen de cada puesto: “¡Aligeren, aligeren!”, dicen los dueños. El cura inclina un poco la cabeza en gesto de agradecimiento con sus manos entrelazadas sobre la barriga sin dejar de cantar; los niños sonríen cantando: “Madre mía que estas en los cielos envía consuelo a mi corazón”. Salen al otro extremo de la plaza de mercado cuando el sol corona la cuesta del medio día. El cura con la cara colorada, empapada de sudor se detiene, los niños agarrando los canastos con las dos manos se paran alrededor esperando la orden para depositar los canastos en el suelo y con la voz carrasposa por el esfuerzo del canto, les dice: “A ver chavales… Vamos a repartiros la comida para que no sea tan pesada”. Y de los canastos llenos pasan frutas y legumbres a los canastos medio vacíos, los niños hacen bromas entre ellos y saca pecho el del canasto más abultado. Forman nuevamente en fila india y él con un brazo extendido señalando un lugar les ordena: “¡Vamos!… La hermana Juana nos espera con sopa caliente”. Y parten cantando religiosamente.

***

El sol golpea. La resolana se filtra por la ciudad y rebota en las paredes de las casas, toma la calle y lleva el bochorno a cada puerta, ventana; a cada poste, esquina y habitante vestido de blanco para que no lo abrase. En las casas con zócalos descansan y juegan los perros, ahí es el único lugar donde el sofoco se convierte en brisa.

A Casa de Mangle la custodian dos postes redondos de luz pública con bombillos gordos que por la noche lanzan sus resplandores amarillentos sobre la fachada amplia y alta. Tiene un portalón macizo de madera y encima, identificado por un aviso tallado con gubias y pintado de un color que alguna vez fue carmín, se lee: “Bailadero Casa de Mangle”. A cada lado, a media fachada están las ventanas anchas y bajas, divididas a dos hojas como la entrada. Su salón es amplio con mesas de palo y taburetes de cuero; en un extremo la pista de baile forma un ángulo y hay una pequeña tarima que da cabida a una batería con platillos y redoblantes, con espacio suficiente para que el maraquero toque a un lado.

Catalino abre todos los días a las tres de la tarde, menos los domingos que abre a las dos. Barre la alfombra de colillas de cigarrillos, sacude las mesas y los asientos. Bate su trapo rojo sobre discos, botellas y cuadros; limpia el mostrador y saca un taburete a la calle, lo recuesta a la fachada, prende un cigarrillo Pielroja y se sienta a recibir la brisa que baja de las palmeras. Hoy el cura y los niños vienen retrasados y cansados, caminando con dificultad, arrastrando los canastos y las cestas por la acera de Casa de Mangle. Al pasar, el cura no inclina su cabeza para saludar, lleva los brazos extendidos como arriando y queriendo desalojar el aire para que los niños avancen sin resistencia.

A esa misma hora pita largo la máquina del ferrocarril en la última curva, por el lado de atrás de la recién construida fábrica de cerveza. Una trenza negra de humo se alarga arropando los vagones de pasajeros y de carga. Cuando entra en la recta final, sus válvulas abiertas al máximo, le dan el último impulso para llegar a la estación y, es ahí, cuando el pito de la locomotora saluda a la pequeña ciudad. Una flauta coqueta en sonidos anuncia su llegada a las esposas, novias y queridas de los maquinistas y tripulación. Sonidos amorosos de: “Aquí estoy mi amor”, otros desesperados de: “¡Llegué! !Llegué!”. A veces es un silbido suave y alargado para que las muchachas volteen a mirar sonrientes. La locomotora 64 es la que más alborota el entorno, hasta las coperas salen a saludar con sus pañuelos blancos. Esa es la que maneja Petronio. Cuando llega a la ciudad, merma la velocidad y pone la maquina a marchar con elegancia expulsando vapor a lado y lado; entonces, parece que la flauta de la máquina acompañará ese movimiento cantando: “Bello puerto de mar… Bello puerto de mar”. En esas estaba Petronio con su máquina, ese lunes cuando pasaron ellos.

Miraban todos el espectáculo de vapor, movimiento y sonido, que se alargaba sobre las paralelas y se perdía allá en la estación. Mientras, las mangas del sayal acumulaban brisa y se plegaban como velas de navío; la tela burda y blanca se agitaba hacia arriba por sus piernas y las dejaba ver pecosas, robustas y peludas. Se veía más agitado. El tabernero sentado en el taburete sintió el golpe del vaho caliente; los niños peleaban con los canastos para no dejarlos caer al suelo. Solo dos, una niña y un niño no pudieron más y los depositaron junto a las botas de obrero del dueño del bailadero y, aunque eran dos negritos pícaros, sus rostros denotaban cansancio y hambre. La sed les palpitaba en sus labios gruesos y rucios.

“¡Oye cura!… ¡Los niños están cansados!”, gritó el hombre sin levantarse del asiento. El cura giró la cabeza, después todo el cuerpo. Se dirigió hacia Catalino abarcando todo el espacio del andén, lo observó con indiferencia, los demás niños devolvieron sus pasos e hicieron un ruedo. “¡¿Qué pasa chavales?!… Habéis aflojado… Vamos… A moveros”. Chocó las palmas de las manos al dar la orden. Los dos niños quisieron levantar los canastos, fue imposible. Miraron con preocupación el sayal blanco. “¡Llevemos esa comida de prisa… Ahora cuando la tengáis en el estómago ya no os pesara!… ¡Vamos! ¡Vamos párvulos!”, miró a todos los niños abarcándolos con el movimiento de sus brazos. Nadie se movió. Los niños seguían pegados al piso con los canastos. “Cura déjelos descansar”. La voz se oyó baja pero decidida. Catalino se puso de pie, el ruido de la madera del asiento se escuchó nítido. La resolana apabullaba. Los coteros se tiraban a la calle y los carros pitaban. El grupo no se dispersó, todos se miraban; el cura era más alto que Catalino. “Cura, si usted quiere les puedo ofrecer algo de beber… Estos niños van sedientos, el sol castiga fuerte y de paso descansan”. El religioso observó detenidamente al hombre, retrocedió y alzó la vista hacia el letrero, leyó y miró al salón por un lado del tabernero. “Acepto tu consejo hombre, también recolectamos agua cuando alguien nos la ofrece… ¡Venga esa agua!”, un alivio general corrió por los rostros de los niños.

“Ah, y otra cosa, no soy cura, soy un misionero español”, y pasó a la penumbra del salón. Los niños se amontonaron en la puerta sin soltar los canastos y las cestas. “Misionero, los niños también pueden pasar”, dijo Catalino empujándolos. “Este sitio no es de buen ejemplo para ellos”, expresó el misionero mirando atentamente el interior, posando la atención en las botellas y los cuadros. “No se preocupe religioso todavía nadie baila y tampoco nadie toma”. El misionero depositó su mirada en los niños. Dudó, se le notó en la comisura de sus labios; con un ademán de sus manos invitó a los niños a seguir. Fue un empujón invisible y grande. Un bullicio alegró la tarde que los cobijaba y en tumulto entraron arrastrando sus pertenencias. Catalino pasó de último, el misionero lo detuvo por un brazo. “No me digáis religioso tío… Simplemente soy un misionero, ¿estamos?”.

El tabernero destapó doce refrescos y los distribuyó entre los niños. La penumbra del salón los invitó a sentarse en el suelo y recostarse en las tablas de la fachada. La niñez arrimó nuevamente a sus cuerpos. Al misionero lo invitó a una mesa cerca del mostrador. Allí depositó dos envases. El misionero desechó el vaso y de un trago largo desocupó la mitad de la botella. Catalino tomaba sorbos cortos en el vaso y miraba con satisfacción cómo el misionero se secaba el rostro con una de las mangas del sayal. “Gracias hombre, nos habéis dado un gran aliciente”, dijo tomando la otra mitad de la botella y mirando con desconsuelo el envase vacío. Los niños gritaban y se oían más resueltos. Una corriente luminosa pasaba una y otra vez por el escaparate, la brisa entraba de la mano con ella. El misionero ajustó un poco los ojos y miró hacia allá. “¿Me permites observo los cuadros?”, se paró sin premura bajando el sayal que se había amontonado en su cinturón. Catalino lo vio alejarse y, en realidad se dio cuenta de que era alto, robusto, y pensó: “Tiene culo de negra en cuerpo de blanco”. “Ilustres hombres”, dijo el misionero, mientras se paseaba cerca del mostrador. “Y mujeres también”, expresó Catalino, al mismo tiempo se puso de pie y se acercó. “Hay poetas, escritores, cantantes, orquestas —pasó la mano rápido de unos cuadros a otros— revolucionarios, políticos, comunistas, liberales… Hasta militares”. Su voz orgullosa señalaba los cuadros una y otra vez. “Y hasta hombres y mujeres, gente sencilla”, su mirada se depositó en una pareja matrimonial enmarcada como: “Mis papitos”. El silencio que siguió incomodó al misionero. “¿Tus abuelos?”, el misionero lo miró. “No, más bien mis papitos”, Catalino le devolvió la mirada.

Se habían acomodado al gris de la tarde. El calor llegaba hasta la puerta del salón, se detenía y seguía hacia la calle. El tabernero le ofreció otro refresco, el misionero contestó sobre el mérito de los personajes conocidos, tan escasos en estos días, esa exclusividad merecía algo más que agua azucarada. Sintió la mirada del misionero llegar a las botellas de aguardiente; vio en su rostro una expresión secreta de felicidad, notó que sus pupilas se dilataban y de su garganta salió un sonido seco, polvoriento. Las risotadas de los niños se permearon en risas chiquitas, risas de ellos; seguían sentados en el piso, unos recostados en las tablas, otros usaban los canastos y cestas como almohada para dormir. El tabernero quiso llevarles más refrescos, pero el misionero dijo “¡No! Hay que enseñarles las vicisitudes de la vida y los horrores que ella arrastra para que se formen”, lo dijo con voz seca, sedienta de saliva.

Catalino bajó una botella de aguardiente, la sacudió con su trapo rojo y saco dos vasos de cristal de abajo del mostrador. El misionero miraba la escena frotándose las manos con algo de recato; se arremangó arriba de los codos. Mostrando sus brazos también peludos, llenos de manchas cafés. De las cantinas vecinas comenzó a llegar el sonido de música molida, música de carrilera, melodía de forasteros: “El tren lento va partiendo/ sobre los hilos de acero/ y en él se va despidiendo/ el amor que yo más quiero”. El español destapó la botella y sirvió dos tragos llenos, no esperó a brindar, sentía prisa; el angustiado visitante de un desierto le daba la talla en cuanto a la sed; vació todo el vaso en su garganta, su rostro se pintó de luces anaranjadas, sin soltar la botella apuró el otro trago. Catalino se sentía alegre y sorprendido, un cura elogiando a los habitantes de los cuadros y manifestando su importancia; no los había criticado, ni apresurado a gritar “¡Son rojos!”. No se le empalagó la voz, como a los curas en los pulpitos de las iglesias, azuzando depurar al país de todos los rojos que andan de la mano de Satán. Y es cura. Así diga él que es misionero; tiene sotana blanca, al fin y al cabo sotana. El tabernero cavilaba, mientras el misionero desocupaba la botella con bastante apremio, sin soltarla, lo mismo que al vaso; temía que el tabernero se apoderara de ella. La miraba con obsesión. Miró a los niños cobijados en la penumbra, todos dormitaban recostados en sus cestas y canastos. “Oye hombre, esa música que entra por las ventanas me pone triste… Tenéis algo que matice este aguardiente”, su voz estaba lubricada, apacible. El tabernero se sirvió un aguardiente y se fue a buscar un disco propio, digno a los sentimientos del español. Buscó, caviló un poco, se dirigió a un extremo del estante y sacó un disco: Juan Legido sonreía con un sombrero negro ladeado en su cabeza; volteó el acetato por ambas caras, leyendo se decidió por el primero del lado A. Sonó Maite. El misionero tomó otro vaso de licor y miró las bombillas del techo protegidas cada una por una especie de platón metálico de color verde. Juan Legido fue llenando con su voz el salón: “Maite yo sé que el mañana será el calvario de tu vanidad… Maite yo sé que el destino te hará sufrir y sollozar… Y cuando a solas agonices haré mi vida de tu vida…”. El tabernero atrás del mostrador dejó que el disco corriera y observaba al misionero. Éste se sacudía cada que el disco recordaba algo, apoyaba un brazo en la mesa y sostenía su cabeza pensativo; pareciera que hablara con los labios cerrados. Depuró los tragos con paciencia dejando que el licor corriera por su garganta sin escalas. Miraba al techo queriendo responder a sus preguntas internas. Dirigía la cabeza hacia los niños constatando que estaban allí. Al sonar el último disco la botella queda vacía. El misionero se puso de pie y llamó al tabernero con la mano. Catalino llegó junto él. “Has sido muy gentil, os lo digo con sinceridad, os agradezco en nombre de los chavales, mi nombre es Valerio San Castillo, soy de Barcelona, España”, extendió la mano y apretó fuerte la del tabernero. “No se preocupe, por aquí a la orden misionero, cuando la sed le aflija el cuerpo y el alma, acérquese, ahí miramos para suplir esa necesidad”. Catalino quiso retirar su mano, el español sin aflojar la sostenía con fuerza. El misionero lo miraba con un grado supremo de gratitud. El tabernero miró las orejas rojas, encendidas, de Valerio. “A esa galería de retratos, le hace falta complementar con otros personajes tan ilustres, como estos —su mirada recorrió el escaparate— la otra semana te los traeré”, soltó la mano de Catalino y este sintió un alivio que le recorrió todo el cuerpo. “Me conocen como Catalino Mayembe, soy el dueño de este bailadero y como se lo dije, por aquí a la orden”, no le pasó la mano al español, éste giró y se encaminó hacia los muchachos que dormitaban. “¡Levantar chavalillos hora de partir!”, las dos palmas de sus manos estallaron, el salón las amplificó y el sonido se escurrió hacia la calle. “¡A levantar chavales! ¡A levantar! ¡El gazpacho de la hermana Juana nos espera!”. Se levantaron desubicados, agarrando canastos y cestas que no les pertenecían; el misionero gritaba y ordenaba, al fin todos quedaron despiertos con sus pertenencias en las manos. El tabernero se colocó al pie de la puerta y el misionero al pasar junto a él se detuvo, los niños frenaron sacudiéndose los ojos con la mano libre. “En realidad esta taberna es roja, no cabe la menor duda ¿cómo hacéis para mantenerte con vida tú y tu negocio?”, dijo arreglándose el sayal. Catalino notó algo de religioso en esa pregunta, había una chispa de inquisición enredada en ella, sonriente expandió su brazo invitando al religioso a seguir y le dijo: “La música nos mantiene vivos, usted lo ha comprobado con su propia sed”. El misionero no contestó, su rostro continuaba colorado, única parte del cuerpo que el aguardiente había castigado; tomó aire y las dos manos se depositaron en su vientre. Cantó. Los niños también pero sin ánimo: “Es María la blanca paloma…/ Es María la blanca paloma…/ que ha venido a América a traer la paz…”.

Los cantos se perdieron en la calle. El calor tomó un aire vespertino, las cantinas invitaban a derrumbarse con su música. El caudal de transeúntes mermó en ambas aceras. Las basuras y papeles se agrupaban en danzas caprichosas y perezosas. Las berlinas negras con sus ocupantes de sombrero y trajes negros se turnaban en su recorrido lento por la calle, miraban sin mirar. A Catalino lo abrazó la realidad, hora de enfrentarla, tiempo de regodearse con ella. Tiempo de aferrarse a la vida y ganarle a la muerte. Unos toques de baquetas en el redoblante le avisaron que Hernán “El fantasma” Figueroa ya estaba situado en la batería, no lo vio entrar —apodo bien colocado pensó—. “Devoró la botella el cura, la angustia le chorrea por los poros”, dijo el fantasma pegándole a un platillo, el sonido cristalizó el aire. Catalino no contestó, buscaba la música, sacó un acetato dejando la carátula en su lugar. La clientela es puntual los lunes: los zapateros y las vendedoras de flores en el cementerio. Una pareja irrumpió en el salón cogidos de las manos, traían tras de sí los últimos destellos de una tarde ardiente, sudorosa. Él con guayabera blanca de mangas largas, pantalón boca de tubo blanco con pliegues y zapatos de material con suelas delgadas, extremadamente blancos, la facha del tipo enceguecía; la mujer con un clavel en su pelo cerca de la oreja izquierda, con blusa bombacha de colores, falda blanca ajustada a media pierna y zapatos de tacón negros. Daniel Santos debutó triunfante con su nacionalismo aguerrido: “Dame a mí un machete/ dame a mí un manglar/ que yo soy boricua/ y quiero luchar”. Las trompetas se introdujeron como un rayo en los cuerpos de la pareja y los deslizó al centro de la pista; la sonora dispuso de ellos. El fantasma empleó a fondo las baquetas copiando el ritmo. De la calle se incorporó el sonido de las maracas, el maraquero acompañante llegaba presuroso. La música emergió del salón y se ancló en la fachada. El eco retumbó en la torre de la iglesia del cementerio, torre sin veleta donde el viento pierde su rumbo; el eco llega tasajeado por partes, sonido leve pero con letras claras. Las floristas bulliciosas guardan los ramos sobrantes, la música les llega como un bálsamo de alegría. Las personas salen por el umbral del cementerio con la cabeza gacha y con lágrimas en sus rostros bosquejan el dolor y buscan en el horizonte los latigazos de esa música irrespetuosa al sufrimiento. A un lado las vendedoras ensañan los pasos de baile dictados por un mambo de Pérez Prado: “El mambo La merced…/ Del mercado la merced… Dame… Dame la yuca…/ Dame… Dame, dame el tomate…/ La lechuga, la naranja…/ ¡Vamos marchanta!… El piiiicante… Vamos marchanta… ¡Mambo!”.

Edgar Cuero Córdoba: nació en Cali, el 22 de Mayo de 1950. Es pintor  y narrador. Hace parte de la revista Los Informales y ha ganado en dos ocasiones el concurso municipal de cuento en Yumbo, pueblo  en el que vive.

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3 Comments

  1. me gusto,recrea esas decadas de el 50,de el 60 y un poco mas,atrapa de dentrada,
    mira ve de donde venimos,asi de sencillo,sin mucha retorica y aspaviento.

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