Lecturas Perjudiciales

Chao hombre

In Reflexiones on 28 septiembre, 2013 at 4:07 PM

Por J.A. Hernández Cajamarca

Wilson Fabián Ramírez (centro) en el parque Belalcázar de Yumbo, durante una de sus últimas ferias del libro popular, semanas antes de partir hacia Chile.

Wilson Fabián Ramírez (centro) en el parque Belalcázar de Yumbo, durante una de sus últimas ferias del libro popular, semanas antes de partir hacia Chile.

A Wilson Fabián Ramírez Yepes

En este país existe una guerra declarada al trabajo honesto y es algo que se extiende a todo, difícil el asunto, aun así, preveo hordas de entusiastas señalándome de exagerado. Aunque tenemos mafias en cualquier lugar, en las instituciones culturales, en los pequeños grupos de poetas de pueblo, en las asociaciones de resentidos y un largo etcétera.

Algunos insisten que somos un país honesto. Podrá usted notar que somos de verdad una nación de carteles que se dedican a preservar sus intereses y nadie que se aleje un poco de ellos tiene posibilidad de ubicarse o “acomodarse” en un buen trabajo. Nada es como en el Gargantúa donde descubrimos que en cierta región de la panza del gigante, pagaban por dormir y se consideraba un trabajo respetable, —pues bueno, como la realidad es menesterosa comparada a la ficción, nosotros no contamos con un empleo de ese tipo y ni siquiera nos merecemos el respeto de nadie si decidimos tumbarnos en la cama por una temporada—.

Cuando muchachito pensé que existían dos trabajos admirables: bibliotecario, de ese oficio me defraudé cuando descubrí que sin importar el lugar donde llegara a vivir, para poder desempeñarse como bibliotecario el único requisito y experiencia que se necesitaba no era más que un buen padrino político.

El otro oficio que me hacía pensar de muchachito era el de vendedor de libros —luego descubrí que se llamaban libreros y son una especie rara—; el vendedor de libros representaba la posibilidad de cumplir con las responsabilidades que me aplastarían apenas llegara a adulto, pero estaría relacionado directamente con los libros y lectores, ingenuamente creía que eso supondría una recompensa, con el tiempo me enteré que ser librero es como una apuesta ciega y los riesgos siempre me han acobardado —esas cosas que creí sobre ser bibliotecario o librero las confirmé de nuevo viviendo en éste hermoso pueblo—.

La primera evidencia que tengo contra el pueblo y las dificultades para solicitar trabajo, es personal. Llevando poco más de un mes viviendo acá, solicité empleo en la Biblioteca Municipal, cuando pregunté dónde dejaba mi CV, la respuesta fue: “Busque un directorio político”. Después de eso, desistí de la idea sin mayor sorpresa. Pero sí me asombró descubrir hace poco que en el pueblo había un librero y llevaba más de diez años dedicado a su trabajo.

Cuando Balzac fue librería

Wilson Fabián Ramírez Yepes en 1998, coincidiendo con el último mundial en el que la selección nacional de Fútbol participó, fundó una Librería en un pueblo que no lee, y si lee lo hace de mala gana. El primer nombre que eligió para su Librería fue “Arte y expresión” y la intención era poder distribuir sus libros —el hombre escribe poesía, pero ese no es el tema de estos comentarios— entre los lectores que asistieran a su librería buscando material. Como es un tipo entusiasta y altruista, pasó estos 15 años creyendo en su negocio y los lectores, y claro, la voluntad política municipal para no dejar hundir la librería. Como toda fe, con el tiempo y los sucesivos desplantes, terminó encarando una verdad tenaz: los lectores en Yumbo —los pocos, poquísimos— compran en Cali.

El hombre me dice que un cliente le comentó que no había conseguido un libro en Cali y se apenó al saber que él lo tenía. El negocio del libro es duro, si se tienen en cuenta los costos de un libro original en esta nación ilustrada, asombra que una persona gaste buena parte de su salario en la adquisición de obras que servirán para atajar la puerta de la sala o equilibrar la pata del sillón. Sin embargo Wilson no desistió y siguió con la librería, sus libros y sus lectores, porque es un hombre de fe: Los costos del libro original en un país donde la gente puede querer leer, pero no puede adquirir los libros, puede ser una causa que dificulta el negocio”, me dice mientras agarra una edición ilustrada de Las mil y una noches traducida por Vicente Blasco Ibáñez, y siento que de alguna manera soy responsable de la situación actual de este tipo. Sobre el apoyo institucional que recibió no me extenderé, en Colombia todos saben lo imposible que es recibir apoyo de una institución a la que no pertenece un amigo, el papá, el concejal, el, el, el… que meta la mano y saque presupuesto para apoyar una iniciativa. Tiempo después de fundar “Arte y Expresión”, cambió el nombre a Balzac, autor excelentísimo en la elusión de cobradores. Yo, que creo en las maldiciones y tantas otras cosas que parecen ridículas, le pregunto si le iba mejor como “Arte y expresión” o “Balzac” —hablamos un rato sobre las deudas de Balzac y sus habilidades para esconderse de los cobradores— y finaliza diciendo: “No tiene nada que ver el nombre, esto siempre fue igual”. Acaba de empacar unos libros que piensa llevarse a Chile y nos despedimos.

Lo único que yo conozco físicamente de Chile son las peras, manzanas y uvas que se compran para la casa, a Wilson puede que le vaya mejor allá en cualquier oficio que acá como librero.

El hombre en Santiago de Chile.

El hombre en Santiago de Chile.

A modo de confesión:

Qué pena hombre, nunca compré un libro en Balzac, supe donde quedaba la librería días antes de que viajaras a Chile.

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