La poetisa y el ogro

(Diversiones sobre el reino fantástico de la cultura colombiana)

Hay una definición del polígrafo mexicano Armando Hoyos[1] en su DREL (Diccionario de la Real epidemia de la Lengua – FCE, 1998), en la entrada de la palabra Poetisa que no se refiere a una mujer poeta, sino a una más precisa: “Pelea entre poetas”. Una poetisa, y no otra cosa, es lo que sucede en la bárbara república de las letras colombianas con motivo del premio nacional de poesía 2013 a Horacio Benavides (HB).

La Barbarie Ilustrada desde su gueto cultural ha querido —sin que nadie lo pida— manifestarse sobre esta poetisa que para muchos no es más que una vulgar “pelea de perras por tripa”, y que sin embargo, consideramos un fenómeno digno de analizar —parodiar—.

El país de los poetas —una monarquía opuesta a la república platónica— era un lugar tranquilo donde reinaba la paz, allí la nobleza —los yuppies culturales— no se peleaban por el poder sino por las entradas a los banquetes del rey, mientras los vasallos vivían felices admirando la belleza real de turno y el clero de poetas imponía su oscurantismo literario; así fue hasta la llegada del ogro. Todos: los poetas en el cielo —Bogotá y Cali la sucursal— y los periodistas en sus cloacas —El Espectador, El Tiempo, Arcadia, El País, NTC[2]— dieron por consumado este premio; pero quién lo iba a pensar, desde su apestoso pantano un ogro literario publicó su sátira que se reprodujo en diversos medios de medio pelo como este blog bárbaro.

Y lo que todos sí dábamos por sentado era la validez de la crítica y la ironía en el liberal mundo de la cultura. Nos bastaba saber que Lope de Vega, Góngora y Quevedo se odiaban y terminaron juntos en la colección de literatura española, que Catulo, que Marcial, que Aristófanes no creía en las buenas intenciones de Sócrates, que Luciano odiaba a los que compraban libros para presumir, que en un endecasílabo Cecco quemó a Dante, que Sainte-Beuve con malos poemas de amor se le comió la mujer al mejor poeta francés, que Borges despotricó de Sabato (El Dostoievski de Santos Lugares), del Premio Nobel y de todo el mundo, y Fernando Vallejo de Colombia y de su madre. Todos lo creíamos, pero mentira, nada de eso. La realeza se ofendió, no consintieron que dudáramos de sus jurados “que son los que son” y afirmáramos —lo afirmamos sólo por negarlo— que se equivocaron al ungir como poeta patrio a HB.

Resentidos, dicen, envidian nuestro ‘éxito’. Sin embargo, quienes criticamos estos simulacros de cultura —llámense premios, festivales, ferias, encuentros— lo hacemos para curar de todo falso altruismo la buena literatura. Cuando pensamos en literatura pensamos en obras, no en eventos y condecoraciones; el éxito es un libro bien escrito, en literatura lo único inmoral es un libro mal escrito, dijo Wilde. Sabemos que un premio no representa “lo mejor” de la poesía en Colombia ni en parte alguna, nos parece que un premio es de las últimas medidas que una cultura en ruinas tiene para validar algunas medianías bien intencionadas de la lírica nacional.

En estos concursos, como en todos, apelan a lo dicho ya por Baudelaire —y desconocido por quienes aún hacen su peregrinaje para ser premiados— que: “Si un hombre tiene mérito, ¿por qué condecorarlo? Si no lo tiene, se le puede condecorar, ya que esto le dará lustre”. Ningún premio significa nada en términos literarios, excepto —como bien lo sabía Onetti— que este premio es exactamente, en otros términos más vulgares: 40 millones de pesos.

La poetisa no sólo ha tenido como contendientes a los protagonistas: los poetas Harold Alvarado Tenorio (HAT) y Horacio Benavides (HB) —cuyas obras poéticas enfrentaremos próximamente—, también a un grupo de escritores e intelectuales que para resumir llamaremos La defensa lírica de la NaciónNación de Letras por supuesto— que se encarga de rescatar a poetas de tragedias naturales tales como la crítica. Ellos, cumpliendo su beber han velado por la seguridad de HB y han tratado de apagar el incendio de HAT. Ante esto, cualquiera esperaría que HB respondiera, sin embargo el recurso empleado ha sido el de interpósita persona. A pesar de todo, la notoriedad de HAT crece, al día de hoy se ha convertido en el Shrek —antes de conocer a Fiona desde luego— del mundo fantástico de la cultura colombiana, mientras que los defensores del premio han arremetido con una campaña propagandística —similar a la de Goebbels cuando los nazis perdían la guerra— donde exhiben sus dudosas victorias en los medios que lee la mayoría seguidora del régimen (Lingua Tertii Imperii Klemperer, 1946). No les interesar debatir, ni siquiera convencer, buscan es que no se dude de su institución, es decir, la buena y honesta clase cultural colombiana.

No se la pierda. Próximamente en todos los pasillos de festivales literarios.
No se la pierda. Próximamente en todos los pasillos de festivales literarios.

La legitimación de un premio, más que condecorar a un poeta, sirve para salvaguardar la cultura de este Ancien Régime  que otorgándolo se ampara a sí mismo (Tesis de filosofía de la historia – Benjamín, 1973); por ello el ogro que no cree en los cuentos de hadas al criticar al poeta y poner en duda la validez del premio ha cometido un deicidio, negó la cultura a la que se supone pertenece. Y para cualquiera de estos fundamentalistas —entre los cuales hay fanáticos con los que no se puede hablar de la literatura como algo ficticio— sólo hay una manera de castigar la herejía: la hoguera.

Nadie duda que HAT está en el centro de un auto de fe y aunque no sea un santo, en contra de toda opinión consensuada de la cultura, lo que están logrando es convertirlo en un mártir impopular.

Hay algo que HAT deja en los márgenes de su crítica al premio, y que los defensores no se han percatado de proteger; es que con HB un autor radicado en Cali, se ha puesto el reflector —recordemos que esto es un show— sobre la cultura caleña contraída en sí, salvaguardando a su poeta galardonado —perteneciente a dos instituciones ‘netamente’ vallunas: Univalle y la Fundación de Poetas Vallecaucanos (que al fin se ganaron otra cosa que no fuera el Premio Jorge Isaacs)— que de una u otra forma está reafirmando su pequeño centro de centros más pequeños de diletantes vallecaucanos. Y tanta luz deja ver, puesta ya sobre el fogón, al lado del río Pance, la gran olla —olla de ollas— literaria a punto de destaparse.

En este mundo —mundillo snob—, como en el hipócrita mundo de los negocios, valdría escudarse en que a pesar de lo dicho y escrito, nada es personal son sólo palabras. Así como en War of words de Figth, la filosa voz de Rob Halford mezcla como en batalla los versos de Milton, Dante, Virgilio y Homero en contienda por cual es el mejor poeta, pero son versos insultantes que nos muestran lo humanos que son los poetas, lo canalla e hipócrita que es su ámbito, tanto o más que el de los viles mortales de a pie, dice Enrique Serna en El miedo a los animales: “Los literatos nos odiamos a muerte, pero nunca nos matamos, porque se acabaría nuestra principal diversión”.

Una cosa más sobre esta situación, apelando al sentido común y a la experiencia más inmediata, digamos un bochinche de barrio, cualquiera puede reconocer el género de esta historia: es una comedia vulgar de intereses, lo que no sabemos aún es si se trata de pícaros o de farsantes.


[1] Filósofo y humanista. Ver video en youtube.

[2] Este no es un SPAM es un Blog.

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