Lecturas Perjudiciales

Kawabata: El fotógrafo

In Ensayos on 25 junio, 2013 at 2:31 PM

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Por Julián Hernández Cajamarca

 

“Desde lo alto de las colinas, observa el valle.

Melones en flor, todos en fila”.

Y. K.

Japón, como Octavio Paz y Borges lo supieron, es un país con una suerte de “Micro cosmos autosuficiente”. Un modesto pero ineludible sentido estético que rige la cultura japonesa, dota de una seductora delicadeza su tradición literaria que ha ganado innumerables seguidores en los dos últimos siglos. A continuación intento resaltar de forma torpe y sin pretensiones las influencias, en una de las obras del autor Yasunari Kawabata, El maestro de Go. La obra es el resultado de un reportaje que cubrió el autor de la final del torneo de esta práctica en 1938 y que considero, transformó su vida. Publicado póstumamente, el texto representa un testimonio claro del cambio que sufría la cultura japonesa poco a poco occidentalizada en la década de los 30. Con un tono nostálgico son rechazados sutilmente los valores occidentales que ya empezaban a causar fracturas en la tradición japonesa.

Anna kazumi Stahl en el prólogo a la edición en español de la obra observa : “La novela que reelaboraría Kawabata, unos años después del partido real, evoca el momento triste pero inevitable del retiro del Maestro ya en el umbral del fin de su trayectoria, en el juego y en la vida misma”. Y es correcto, Kawabata ve en la figura enferma del maestro a la tradición japonesa, que se occidentalizaba cada vez más y no sólo trastornaba formas prestigiosas como el Go, también las más corrientes. La descripción del hospital al que es remitido el maestro por su afección cardiaca es la siguiente: “Fui a visitarlo al Hospital San Lucas, durante los tres meses de receso de su certamen de despedida. Los muebles eran grandes, adecuados a los cuerpos de los americanos. Había algo precario en la pequeña figura del Maestro situada en la elevada cama”. A medida que se implementan medidas adecuadas para los americanos, los japoneses como el maestro, son inducidos a una aparente condición precaria.

Kawabata al inicio del relato ya señala las diferencias convencionales entre occidente y Japón refiriéndose a la edad en que muere el maestro Shusai: “Tenía sesenta y seis años de acuerdo con el modo oriental de computar la edad”. Kawabata que abandonó los estudios de literatura en lengua inglesa que cursaba en la universidad imperial de Tokio, inicia estudios de literatura japonesa. Yasunari Kawabata es un autor de influencias casi endémicas, algo que se deduce en El bello Japón y yo:

En primavera, flores de cerezo;

en verano, el cuclillo.

En otoño, la luna, y en

invierno, la nieve fría y transparente.

 

Luna de invierno, que vienes de las nubes

a hacerme compañía:

el viento es penetrante, la nieve, fría.

El primero de estos poemas es del monje Dogen (1200-1253) y lleva como título Realidad innata (Honrai no Menmoku). El segundo es del monje Myoe (1173-1232). Cuando pedían referentes literarios a Kawabata solía citar estos poemas y reverenciaba a sus autores.

Kawabata en algunos de sus textos emplea un lirismo espontáneo que refleja su formación, como se percibe en el fragmento del relato “Con naturalidad”: “Todo cuanto existe sigue el curso del agua. Una sombra solitaria espera callada la nieve”. He señalado estas influencias en la literatura de Kawabata como un pretexto para lo siguiente: la importancia de la tradición para el autor, aunque él mismo de forma moderada, no es antipático a la modernización. Utiliza frecuentemente canciones infantiles y como este fragmento, para recrear el cambio que trastornara incluso la figura de los astros en el cielo, señalan su inclinación a Japón: “Esa fecha está grabada en la memoria de Atami. “Recuerda en los años venideros la luna de esta noche y de este mes”, decía Kan’ichi”[1].

Uragami es la representación de Kawabata en El maestro de Go, personaje que desarrolla una filiación circunstancial con el maestro, ambos sufren el vacío de la muerte. Siendo niño, Kawabata pierde su familia, siendo viejo el maestro ve como agoniza su arte y él se convierte en una reliquia: “En esa figura que caminaba abstraída después del juego había una tristeza que era de otro mundo. El Maestro me pareció una reliquia legada por Meiji”.

El final del juego y la derrota del maestro sugieren que la vida de este artista que ha sido “victima de su arte”, queda privada de su vocación por la modernidad y como resultado: “Podría decirse que, finalmente, junto con el juego se apagó la vida del Maestro. No se recuperó, y transcurrido poco más de un año estaba muerto”.

Huérfano desde su niñez, Kawabata se calificaba a sí mismo como “Un niño sin familia y sin hogar”. Hay un punto del relato en el que puedo ingenuamente especular, a Kawabata le confunde ver cómo la cultura japonesa es suplantada y los convierte a él y especialmente al maestro Shusai en huérfanos de la tradición. Un hombre se recupera de la muerte de un familiar, pero debe quedar aturdido al ver como es sepultada su tradición. En estas condiciones la racionalidad es desplazada:

El mar brillaba con una luz tan nebulosa que uno no lograba adivinar su origen. El color, en el filo de la oscuridad, era invernal.

Hasta en el ómnibus me acordé del Maestro. Tal vez mi deseo de compañía influía en estos sentimientos.

Hay una característica que no quiero pasar por alto y es la siguiente: la final que disputan el maestro y Otake implementaba el nuevo reglamento que fijaba tiempo para ciertas jugadas, un cambio que el maestro desconoce, y que antagoniza la visión que tiene él del arte Go: “No recuerdo dónde fue, pero cierta vez vi un tablero de Go de laca. No simplemente revestido de laca, sino de laca maciza. Un artesano de Aomori lo había hecho para su propio placer. Le llevó veinticinco años realizarlo, según contaba.”

Para él, el tiempo no interesa porque la obra posee un tiempo que es ajeno al afán normativo, y que brinda placer al artista durante su avance. Fijar cronometrías, es convertir el arte en un compromiso.

La vida del maestro contrasta con la de su contrincante, Otake un hombre joven que se ha dado libertad a pesar de ser un “cautivo” del Go, de formar una familia numerosa. Se puede creer incluso que la familia del maestro existe así como una calcomanía, adherida a él:

Sin embargo, las palabras de Otake me sonaron extrañas. ¿Eran, tal vez, la manifestación de su juventud, las de un hombre de treinta años que era un cautivo del Go pero no todavía su víctima? Su hogar ha de ser feliz, pensé.

El Maestro habló de su hogar. Ocupaba menos de mil metros cuadrados en Setagaya, pero como la casa representaba casi la tercera parte del terreno, el jardín estaba algo apretado. Le habría gustado venderla y mudarse a otra con un espacio ligeramente más amplio. Para el Maestro, familia significaba él y su mujer, que se hallaba a su lado. Ya no recibía discípulos en su casa.

La indisposición que podía causar en alguien como el maestro Shusai rodearse de las nuevas distracciones que llegaban a Japón, superaban los efectos emocionales. Riesgos como ese convertían involuntariamente a Uragami en su protector:

No parecía conveniente que, llegados al hotel Kawana, el Maestro se quedara sentado en el enorme vestíbulo de estilo occidental tan sólo bebiendo té negro.

Cercado de vidrio, el salón semicircular avanzaba hacia el jardín. Como un observatorio o un solario. A la derecha e izquierda del vasto césped había canchas de golf, la cancha Fuji y la Oshima. Más allá del césped y de las canchas estaba el mar.

Recuerdo un comentario bien intencionado que leí de William Morris señalando a las personas que logran adaptarse y disfrutar de las vanidades que resultan ajenas a seres nobles, no corruptos, las de clase acomodada. El maestro Mishima habría simpatizado a Morris con la certeza de este comentario que hace a Uragami:

La gente que venía a Kawana pertenecía a la clase acomodada.

—Recién casados, todos, supongo —dije al Maestro, con una envidia próxima al resentimiento.

—Han de estar aburridos —musitó.

De esta manera, el maestro indicaba lo absurdo de la forma en que le resultaban los nuevos comportamientos, incuso los que resultaban divertidos. El maestro se divertía con los juegos “Era como un niño hambriento de ellos”, lo cual indica un grado mayor a la amargura su conclusión.

“La mente siempre retorna a su necesidad de belleza, verdad, discernimiento. La mortalidad acecha, y todos aprendemos que el tiempo siempre triunfa. «Disponemos de un intervalo y luego nuestro lugar ya no nos conoce»”[2]. Seguramente malinterprete a Harold Bloom según mis intereses, pero creo que pondría en ejecución sus principios. El Go, representó en su mejor momento una verdad que discernía belleza durante “Un intervalo de tiempo” concedido en Japón (casi 3 siglos desde el XVII hasta pasada la mitad del  XIX) que hizo de muchos maestros “Recuerdos perdurables”. A diferencia de Occidente donde “El titulo de    “profesor” –este mismo un termino bastante opaco- abarca todos los matices imaginables, desde una vida rutinaria y desencantada hasta un elevado sentido de la vocación”[3], la consagrada vocación que demandaba ser maestro de alguna disciplina japonesa, en este caso el Go, confería a algunos la inmortalidad que Harold Bloom otorga a los grandes poetas occidentales, pero quiero puntualizar la figura del maestro que llevaba la vocación a los límites:

“Tiene el cuerpo de un niño desnutrido”, había dicho el doctor cuando el Maestro cayó enfermo en Hakone. “Casi no tiene carne en las pantorrillas. Uno se pregunta cómo logra desplazarse. No puedo recetarle medicinas en dosis normales. Debo darle lo que tomaría alguien de trece o catorce años”.

Que el Maestro se volviera imponente al sentarse ante el tablero de Go se debía, por supuesto, al poder y prestigio de su arte, recompensa a su larga práctica y disciplina; pero su tronco era desproporcionadamente largo.

Sei Shonagon en su Libro de cabecera, señala la importancia de la belleza del lector de las escrituras sagradas, que de resultar feo, podía distraer a la audiencia y conducirlos al pecado. En el caso del maestro, su fealdad no irradiaba una distracción pecaminosa, la imponencia que reflejaba cuando estaba sentado frente al tablero, convertía en un rito extático su juego. Pero el maestro (volviendo a Bloom) ya no contaba con la fracción de tiempo que la búsqueda de belleza de su era otorgaba, la búsqueda comenzaba a regirse desde otros ojos y otra racionalidad:

Había sido una suerte nacer en la primera floración de Meiji. Tal vez nunca más sería posible para nadie.

Algunas personas trataron de conservar pero ya no había espacio para tratos especiales, la reverencia hacia el maestro, la indiscreción interventora de occidente había convertido el arte del Go en una competencia “democratizada e igualitaria”:

Todo tipo de mañas se habían inventado para utilizar los recesos y las jugadas selladas. Reglas nuevas daban lugar a nuevas tácticas.

De forma irónica Kawabata señala cómo la administración occidental de la justicia da lugar a las nuevas tácticas que se podían calificar de “mañas”. Ahora expongo un comentario que me parece preciso para demostrar la posición japonesa respecto a la influencia extranjera: “La importancia y el número de elementos chinos —o previamente pasados por el cedazo de China— no impiden sino subrayan el carácter único y singular de la cultura japonesa. Varias razones explican esta aparente anomalía. En primer término, la absorción fue muy lenta: se inicia en los primeros siglos de la era cristiana y no termina sino hasta entrada la época moderna. En segundo lugar, no se trata de una influencia sufrida sino libremente elegida. Los chinos ni llevaron su cultura al Japón; tampoco, excepto durante las abortadas invasiones mongólicas, quisieron imponerla por la fuerza: los mismos japoneses enviaron embajadores y estudiantes, monjes y mercaderes a Corea y a China para que estudiasen y comprasen libros y obras de arte o para que contratasen artesanos, maestros y filósofos. Así, la influencia exterior jamás puso en peligro el estilo de vida nacional”[4]. Condición diferente a la que padecía Japón con la llegada de la occidentalización, que no podía ser de ninguna manera una absorción voluntaria en la mayoría de los casos, y a medida que avanzaba la guerra, ganaba franquicias para “sugerir” principios justos y racionales.

La población japonesa estuvo atenta al desarrollo del juego final del maestro, dejando a un lado la tensión por la guerra y cuando alguien se mostraba indiferente al juego, se consideraba una persona “anormal”. Aunque Kawabata siente nostalgia por el fallecimiento de la tradición, posee un cariño especial por Otake. Kawabata representaba ese punto medio entre la tradición y la modernidad, era un hombre que trataba de aferrarse a la cultura, pero no podía dejar a un lado ciertas características que lo ligaban a la modernidad, de esta manera se convierte en el médium entre las dos épocas. Entre el capitulo 33 y 34, se convierte en el conciliador que evita la anulación de la competencia por parte de Otake, que desea, antes de divulgar sus intenciones, hablar con Uragami:

— El señor Otake quiere hablar con usted, señor Uragami. Lo espera en la otra habitación.

— ¿Conmigo?

Yo estaba sorprendido. Los dos me miraron. La criada me condujo a una amplia habitación donde me esperaba Otake solo. Aunque había un brasero, hacía frío.

—Le ruego me disculpe por molestarlo. Usted ha sido una gran ayuda en todos estos meses. Pero he decidido que no hay otra alternativa más que invalidar el juego.

Su modo de hablar era brusco y apresurado.

—No puedo seguir adelante así como están las cosas.

— ¿Cómo?

—Por lo menos quería pedirle disculpas.

Yo sólo era un periodista de la batalla, no una persona a quien le debiera disculpas. Que de todos modos fuera yo el receptor de formales disculpas era evidencia de nuestra mutua estima. Mi posición había cambiado. No podía dejar que las cosas siguieran ese curso.

Había sido un observador pasivo de las disputas en Hakone y las que siguieron. No eran asunto mío, y yo no había emitido mi opinión. Aun ahora no me pedía un consejo. Sólo me informaba de su decisión. Sentado a su lado y al escuchar sus tribulaciones, sin embargo, sentí por primera vez que debía hablar, y que además podía ofrecer mis servicios como mediador. Hablé con osadía. Dije que, como desafiante en este último juego del Maestro, él peleaba por un lado en un combate individual, pero que también peleaba en una batalla más vasta. Que era el representante del nuevo día. Que estaba inmerso en las corrientes de la historia.

Esta posición de mutuo afecto que se tenían Otake y Uragami insinúa la visión reservada, pero progresiva de Kawabata. Esta crónica que posteriormente Kawabata convirtió en una novela, refleja en diversos pasajes la delicadeza del autor al emplear los elementos naturales característicos en la literatura japonesa:

Esa mañana salió a caminar por el jardín antes de las ocho. Rojas libélulas se posaban en el suelo.

El arce que estaba debajo de la habitación de Otake en el piso superior todavía estaba verde.

Nos sorprendió ver al Maestro en el jardín durante el descanso. Las ramas de los ciruelos y las agujas de los pinos brillaban al sol, y había blancas flores de fatsia y margaritas amarillas con hojas plateadas. En la camelia que estaba debajo de la habitación de Otake, un solo pimpollo con pétalos crespos se estaba abriendo. Y el Maestro lo observaba.

De atrás de la espesura de un bambú enano, a lo largo del camino principal, venía el sonido del agua que circulaba por una zanja estrecha. Sólo era eso… pero la retraída figura del Maestro, por algún motivo, hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas. Estaba profundamente conmovido, por razones que ni yo mismo comprendía. En esa figura que caminaba abstraída después del juego había una tristeza que era de otro mundo. El Maestro me pareció una reliquia legada por Meiji.

Y así como el primer encuentro de Borges con el Japón fue con una pantalla que había en su casa y que resultó apócrifa[5], el maestro tenía sus primeros encuentros visuales con el Japón que florecía a una nueva etapa, de la que Yasunari Kawabata, seria el primer japonés en ganar un Premio Nobel de literatura y por entonces la figura de la literatura moderna japonesa. Kawabata el fotógrafo, después de capturar las imágenes al cadáver del maestro, revela el origen de su respeto y de alguna manera cómo la figura de este anciano maestro de Go, encarna la angustia de la influencia en su vida:

Había algo irreal en las fotografías, tal vez a causa del rostro, el extremo de la tragedia, de un hombre tan disciplinado por su arte que se había perdido lo mejor de la realidad. Tal vez lo que había fotografiado era la cara de un hombre que representaba desde el principio el martirio por el arte. Era como si la vida de Shusai, Maestro de Go, hubiera llegado a su fin, al igual que su arte, con ese último juego.

Se diría que el Maestro, en esta última partida, se veía importunado por el moderno racionalismo, para el cual los procedimientos minuciosos lo eran todo y del cual toda la gracia y elegancia del Go como por arte de magia se habían esfumado; que casi se desentendía del respeto hacia los mayores y no daba importancia al mutuo respeto entre los seres humanos. Del camino del Go, la belleza de Japón y del Oriente se habían desvanecido.

De esta forma, con la muerte del Go que sepultaba al maestro y desvanecía la belleza de Japón y de oriente, se esfumaban las posibilidades de Kawabata de superar al maestro Shusai, en términos que me resultan contundentes de la certera visión de Bloom “A ser un segundón”.

_______________________________________

[1] El demonio de oro, Ozaki Koyo (1868-1903).

[2] Donde se encuentra la sabiduría, Harold Bloom.

[3] Lecciones de los maestros, George Steiner.

[4] Tres momentos de la literatura japonesa, Octavio Paz.

[5] Mi experiencia con el Japón, Jorge Luis Borges

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