Melodrama a una gripe

resfriado

Por JA Hernández Cajamarca

Lo primero que siento es ardor en la garganta. Luego predisposición al mal humor y muchas ganas de leche. Cuando esto pasa sé que en cuestión de horas tendré gripe. He sabido de personas que en casos de enfermedades menores terminan perjudicadas moralmente, los síntomas se filtran en su estado anímico  y son inducidas a cometer barbaridades, en muchos casos tonterías que no van más allá de confesar a la compañera de trabajo que es horrible como ninguna y su presencia hace de la jornada algo más difícil. Fue lo que hizo Jairo a su compañera Ana Beiba -definitivamente el nombre la refleja- una mañana que despertó con diarrea. Esto podrá parecer absurdo, pero una vez leí en el periódico sobre un hombre al que el invierno transformaba en un insensible que disfrutaba del dolor ajeno y azotaba a su esposa e hijos para disipar la necesidad, ¿si esto provoca un suceso externo como el clima, cuánto no provoca algo que se desarrolla en las entrañas? Las autoridades deberían crear un perfil para criminales que actuaron bajo los efectos de una enfermedad, de ser así la culpa no estaría en ellos sino en la medicina.

Pues así fue, esta mañana desperté con los indicios, mamá se anticipa a mi queja y me pregunta no de buena gana:

– ¿Malestar?

– Sí, creo que enfermaré, es una mierda.

– Pobre… Prepararé limonada caliente.

En el fondo sabe que no hablaré de buena gana, me volveré huraño, no toleraré ninguna muestra de consideración, pero no aceptaré que deje de asistirme. Cuando enfermo no me gustan las visitas, ni llamadas telefónicas, esto me obligaría a cumplir normas de cortesía que la enfermedad anula en mí. Además, es cruel visitar enfermos, lo que menos necesitan es que les recuerden que gozaron de vitalidad e independencia, los enfermos no necesitan compasión, necesitan soledad. Las visitas a hospitales deberían ser un asunto exclusivo de personas sin alma. Siendo franco, no soy buena persona y no me importa, es absurdo buscar la gracia del prójimo y prodigársela cuando la necesite. La forma más decente de ir por ahí es con indiferencia sin involucrarse en los asuntos ajenos, no soy adivino para saber como hace un enfermo terminal para encarar su acelerado proceso de deterioro, es un asunto de él y su enfermedad.

Por ahora solo me queda pensar tonterías mientras pasa la enfermedad. Escuchar algunas canciones. Leer poetas que se morían y no mencionaron el detrimento físico en sus poemas (Si uno se enferma debe ser discreto, hacer pública la enfermedad es anular la posibilidad de introspección que esta ofrece). La enfermedad por menor que sea puede remitir al suicidio, esto lo saben desde el principio de la civilización los sabios y los moribundos. Querer acabar con el malestar, impedir que la limonada caliente llegue a mi estómago, evitar todo, es ya una ridícula parodia; mientras yo quiero acabar con todo a causa de la gripe, un desventurado víctima de alguna monstruosa enfermedad solicita a una corte el permiso para su muerte y es denegada… Incitación al suicidio por parte de una institución estatal. Cuando alguien se suicida logra fracturar el tiempo de quienes le conocían. La nostalgia del que “habría podido ser” realzará las virtudes del difunto, a lo mejor cosas que en vida fueron mal vistas se convertirán en virtudes. No estarán tranquilos, la ansiedad será monstruosa como los personajes de una pintura prerrafaelita. Por lo demás, la enfermedad puede sumirme en un patetismo insoportable, por eso Séneca recomendaba el suicidio después de la enfermedad, en el infierno no hay lugar para pestilentes.

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