Lecturas Perjudiciales

Un juego de niños

In Críticas, Ensayos on 17 diciembre, 2012 at 11:12 AM
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“El problema no es que los autores se comporten como niños o sean niños, el problema es que sean calificados por adultos que no entienden el juego”.

Por JA Hernández Cajamarca

La literatura parece como sacada de la cabeza de un niño inquieto y desordenado, sólo de esta forma entendemos el primer encuentro con un hombre que decide ser caballero andante para dejar a un lado todo y arrastrar con su vecino, o un príncipe danés que camina por los jardines del palacio con el fantasma de su padre; y no obstante, lo ridículo de estos señores, no podemos –al menos yo— figurar el mundo sin ellos. Aunque las entidades promotoras de la literatura quieran hacerla ver como algo serio, o una labor de adultos que conduce a transformar el mundo y en el peor de los casos a alimentar el ego local, se equivocan.

Esos desvaríos propios de niños han creado seres más reales que algunas personas que han pasado por nuestras vidas. Recuerdo llamar a un compañero de primer grado “mejor amigo”, de él sólo tengo presente sus gafas, pero tengo viva la imagen de una mujer cuya cabellera estaba formada por fuego. A la que los habitantes temían. Que murió ahogada en un pantano y que al apagarse su cabello en las fangosas aguas, el vapor dio lugar a los colores del ocaso; esa mujer sin nombre, que nunca vi más allá de las palabras, ha estado presente en mi memoria como pocas cosas y la conocí el mismo año que a las gafas. Así como los niños juegan, los escritores también. Ellos lo único que tienen según Borges son sus excentricidades; hay un juego excéntrico y en algunos casos divertido, el de los concursos. Uno de los riesgos que corre este juego es el de ser sobrevalorado. Las reglas son simples y cualquiera puede jugar, si usted quiere hacerlo a continuación enumero algunas de las normas básicas.

Primero: Necesita el jugador ser lo suficientemente desvergonzado y ambicioso para enviar un texto que pertenezca al género que rige el concurso.

Segundo: Su autoestima debe ser firme para soportar el hecho de perder, ninguno quiere esto, aunque se vincule a este con obras penosas.

Tercero: Omitir malos fallos. Este más que una regla, es un principio que permitirá al jugador entender que muchas veces no depende de él ganar, es un resultado conjunto, en el proceso se involucra la agudeza de los jueces, y si estos no tienen buen ojo, que el buen Dios que se apiada de los locos nos asista.

Por estos días se dio a conocer  el fallo del XVI concurso de cuento organizado por la Biblioteca Municipal, en el que se anunciaba que este quedaba desierto. Los jurados encontraron fallas ortográficas, falta de originalidad, poca estructura como causas suficientes para hacerlo. A mí me parece que fue una acción arbitraria con las personas que se animaron a enviar sus cuentos y con el evento mismo, que busca fomentar la escritura. Ahora voy a hacer lo que hace uno cuando quiere que le crean, voy a pedir ayuda de los viejos.

Gabriel García Márquez quien figura en boca de muchas personas -leídas y no leídas-, tuvo una posición muy clara, arbitraria para algunos, respecto de la gramática. Para él, un hombre que concede importancia a la magia que imprime el lenguaje escrito a hechos simples y sabe que la literatura no se  escribe para lectores incapaces que en lugar de divertirse con un producto de la imaginación, se sientan toda una tarde a encontrar el quiebre por una coma mal puesta o por una acentuación errónea a las historias, presten atención señores a lo que el autor de cien años de soledad nos dice:

“Me atrevería a sugerir… que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes… asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna”.

Después de su alegre sugerencia en el noventa y siete, García Márquez terminó siendo señalado por los académicos, gramáticos y lingüistas de herejía, se salvó de la hoguera por el poder que el Nobel confiere y del que nadie puede ser despojado luego de recibirlo. Si Gabo se atreve a sugerir esto de forma abierta en ciudad de México, ¿por qué no adoptarlo como un punto guía a la hora de encontrarnos con un texto iniciático de niños y adultos entusiastas que deciden participar en un modesto concurso de cuento Municipal? No sé ustedes pero yo lo haría, no me siento capaz de anular un tezto por una falla de ortografía.

Ahora pienso en esa otra ardua búsqueda en la vida de los autores, la originalidad. Borges dijo que uno leía lo que quería y escribía lo que podía, algo aterrador, si uno aspira a escribir. Es como si te dijeran: “Mirá pibe, vos te podés quedar todas las noches en vela leyendo las mil y una noches y sino es para vos escribir, no pensés en crear otra Scherezada que ni te va alcanzar la originalidad para narrar una chismosa de barrio”. Por eso no se puede desalentar a alguien porque su obra carece de eso que los fervientes seguidores de lo avanzado promueven, originalidad. Hace poco leí en el diario El País, de España, que fue hallado un manuscrito hasta ahora desconocido del poeta y escritor danés Hans Christian Andersen. Un manuscrito que se titula “The tallow candle” o “La vela de sebo,como toda obra primera, es un cuento en el que no se puede ver el autor del “patito feo” o “la sirenita”, pues carece de estilo y originalidad, es una historia romanticona según los especialistas, pero allí se percibe el autor que fue el hombre. Para eso sirven los primeros textos, para ahondar en las posibilidades que el autor podrá alcanzar. Pero para un jurado lazy nunca existirá esa posibilidad, ellos necesitan obras finalizadas que no exijan nada de ellos, por lo menos un esfuerzo mínimo  de profundidad.

Ahora viene uno a pensar en la estructura, procuraré decir poco en este aparte. Susurraré a Eliot: “El trabajo de todo gran autor es reinterpretar la tradición a la que pertenece, estrangular su idioma”. Esa estrangulación sugiere todo, desde las bases y es lo que toda gran obra consigue, pensemos en el Ulyses, obra monstruosa que necesitó de ensayos y diccionario para ser entendida. Cuando Ezra Pound leyó los primeros manuscritos, escribió a Cummings para decirle “Temo que el verso halla llegado a su fin, esta obra es imponente”. O recuerden ustedes el revuelo que causó la aparición del Quijote.

Uno puede escuchar frases ridículamente idealistas como: “Se debe escribir sin esperar nada a cambio, solo por el gozo espiritual, se escribe por hacerlo bien”, cuando uno participa en un concurso invalida esa absurda pretensión, que parece más un discurso de templo protestante que un enunciado de la vocación de escribir, de ser así, de existir esa moralidad, ningún escritor ganaría por lo que escribe. Recuerden que Shakespeare, Johnson, Góngora y otros escribieron por encargo. Para este punto es bueno recordar la respuesta del todo huraño Juan Carlos Onetti a los periodistas españoles cuándo este ganó el Premio Cervantes. Preguntó un entusiasta con afán y sosteniendo con firmeza su grabadora: “Maestro, para usted ¿Qué significa este premio?”, lo que Onetti habría de decir, merecía sobrevivir al tiempo, a la tumba, lo que nadie esperaba, es que un hombre ejercitado en el hambre y la crapulencia fuera un experto en honestidad, respondió: “Para mí significan diez millones de pesetas”. Si el Cervantes significó para Onetti diez millones de pesetas, no entiendo por qué condenar a mis paisanos si escribieron con ganas de adueñarse del computador que concedían a los ganadores, bien por los que así lo hicieron.

Como una última sugerencia, deberían cuidarse en la próxima ocasión de quiénes son elegidos para conformar el jurado, sepan que están juzgando un concurso de literatura y no evaluando el perfil de la próxima secretaria que redactará las cartas del despacho. El problema no es que los autores se comporten como niños o sean niños, el problema es que sean calificados por adultos que no entienden el juego.

JA (Julián Alejandro) Hernández Cajamarca: poeta y escritor, hace parte del equipo de Barbarie Ilustrada.

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