El inconveniente de esta muerte (cuento metafísico)

Le jeune fille et la mort (1894) – Edvard Munch

Nada tan obvio como la muerte, aquí estaba la respuesta a todas las preguntas, ahora todo estaba claro, clarísimo. Y eso, desde luego, no fue ninguna sorpresa, se había pasado la vida intuyendo la muerte, eso no le generó mayor pesar, morirse no es una cosa tan fatal, se dijo. En verdad era un malestar conocido lo que sentía, y a pesar de conocer las respuestas esenciales sobre el origen de la vida, el sentido de la existencia, las relaciones entre el bien y el mal, el rostro y nombre de la divinidad, con todo lo que ahora sabía, su sentimiento de insatisfacción era como el de haber salido de viaje y apenas llegado al lugar de destino se hubiera percatado de que olvidaba algo, de que había dejado algo pendiente por terminar, por cumplir.

¿Qué podría ser ese asunto pendiente? Todo lo que un solo hombre no haga en vida lo terminan de hacer los demás: esa mujer que era para él será también para otro, la casa que empezó a construir otro la terminará, los libros que siempre quiso leer otros los leerán, lo que siempre deseo decir otros lo dirán, esos hijos anhelados tendrán otros padres; tarde o temprano lo que un hombre deseó hacer en su vida otros lo harán igual o mejor de lo que éste hubiera imaginado.

Él ciertamente estaba muerto, pero estaba intranquilo, no por el falso misterio de la muerte, había un inconveniente que le impedía asumir del todo su situación, era como una maldición o encantamiento que le impedía ser un muerto pleno.

Tenía que haber algo único, que ningún otro hombre en la vida pudiera hacer por él, y ese algo era la razón de su angustia, había dejado algo pendiente, en otro lugar, haya sido geográfico o existencial, lo que resultaba ser un inconveniente no en la vida sino en esta muerte. Pensó que pudiera ser eso que en la vida nada tiene que ver con las grandes preguntas y respuestas, eso que por el contrario, es injustificado y sin propósito trascendental, algo que la muerte no resuelve, que el creador demiurgo dejó por fuera de su laberinto. Entonces, concluyó, con esa lucidez y claridad de los muertos: Qué más podría ser eso, sino los sueños, esos simulacros que compiten con la vida y con la muerte, el despropósito de algún sueño a medio hacer, a medio soñar, no lo dejaba descansar en paz.

Y se había pasado la vida esperando que la suerte, o como ya sabía, esa divinidad, le diera la oportunidad de cumplir sus sueños, sin embargo, fue en la muerte donde se estaba viendo obligado a resolver de algún modo sus sueños truncos. Evidentemente a ningún muerto se le hacen realidad los sueños, entonces, intuyendo en la muerte como lo había hecho en la vida, halló la respuesta que estaba esperando: concluir con la imaginación los sueños que en vida nunca fueron posibles. Esa sí fue una sorpresa y se la había dado él mismo, que la respuesta para su insatisfacción en la muerte fuera igual que la que había mantenido para su insatisfacción en la vida.

Todo esto estaba resuelto, ahora todo estaba más claro, su intranquilidad se debía a un asunto pendiente, que ya se había dado cuenta, por su peculiar naturaleza seguía con vigencia aún en la muerte, mejor sería decir, que aún en la muerte se mantiene la insatisfacción de la vida, quien iba a suponer que los muertos también se ven obligados a imaginar una muerte mejor.

Se percató de que si en la vida era necesario tener imaginación para no caer en el aburrimiento, esa muerte en vida, de esa misma forma, en la muerte se hacía necesario imaginar para no caer en el aburrimiento, esa muerte en la muerte. Ahora bastaba con salir de su presente recordando alguno de tantos sueños truncos, elegirlo y empezar a contárselo e ir agregándole cada vez más, así lo hizo hasta que finalmente se tranquilizó al darse cuenta de que esa actividad inútil lo entretenía, que el ir amarrando y concluyendo sueños rotos, de alguna forma lo hacía sentir vivo, que no sería demasiado molesto pasarse la eternidad haciéndolo.

L C Bermeo Gamboa

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