Lecturas Perjudiciales

La importancia del fútbol y otras cosas insignificantes

In Parodias, Reflexiones on 11 octubre, 2012 at 1:16 PM

Por LC Bermeo Gamboa

Caricatura de Roberto Fontanarrosa

Una vez le escuché decir a Jorge Valdano que entre todas las cosas que no tienen importancia el fútbol es la más importante, fue la primera vez que pensé en ese espectáculo como algo interesante, justamente cuando comprendí su insignificancia, y ustedes me perdonarán, pero yo soy un pueblerino amante de las causas perdidas y, si no estoy mal, el fútbol es una de esas honorables causas.

A Oscar Wilde le parecía que una buena conversación sólo podía girar en torno a temas sin importancia, de ese modo nadie se daría por ofendido cuando alguien osara contradecir lo dicho, entonces uno pensaría que los temas indicados para una conversación civilizada serían la literatura y el fútbol, a pesar de esto, en mi pueblo cada vez que se habla de eso todo termina en pelotera.

Caricatura de Roberto Fontanarrosa

Estos temas aunque sin importancia no dejan de ser serios, tanto que una vez en un conversatorio donde dos escritores debatían en posiciones opuestas sobre la homosexualidad de Shakespeare en los sonetos, el primero le metió cinco argumentos en contra llenos de gracia y agilidad a la tesis del otro escritor que no tuvo más que aceptarlo, en esas el público estaba tan excitado por el juego retórico que al acabar el conversatorio y comprobar la derrota del escritor, todos en las graderías de tan prestigioso auditorio se fueron a las manos y hubo muchos intelectuales y académicos heridos, en fin todo fue una barbarie por culpa de estos fanáticos de la literatura. Lo más triste es que este bochornoso comportamiento, también lo han ido imitando, los civilizados amantes del fútbol.

Roberto El Negro Fontanarrosa (1944 – 2007) Caricaturista y Escritor argentino.

Y es que el fútbol y la literatura han llegado a tal extremo de intolerancia, que ni los críticos ni la policía los puede controlar, a causa de esto, por lo menos en mi pueblo no se puede no gustar ni de la literatura ni del fútbol, la cosas son así, el que no se interese por un partido de la selección Colombia o el que no lea a García Márquez es un apátrida, un antisocial, en últimas un traidor, y eso da pena.

Ante semejantes hechos uno sólo puede rememorar el pasado cuando la literatura y el fútbol eran deportes llenos de nobleza cuya ética estaba determinada por las reglas del mismo juego, es por eso que nadie podía ganar una partida de ajedrez porque la mejor jugada del oponente fue poner un arma cargada en la cien del otro, qué habría pensado Bobby Fischer de esto, el ajedrez era para él, como para los románticos la poesía, arte por el arte. Fischer a quien nunca lo sedujo el dinero o las mujeres, desde luego murió pobre, lo cual es muy triste, y soltero, lo cual no es triste.

El modelo que yo propongo, ustedes me perdonarán pero yo soy un pueblerino, para acabar de una vez con la barbarie en nuestros deportes nacionales -el fútbol y la literatura- es volver a la idea de enseñar con el ejemplo, es decir, escribir bien y jugar bien. Es que no podemos olvidar, digo yo, que si algo enseñan el fútbol y la literatura, es a ser buenos perdedores, esto significa ser generosos y reconocer a los mejores cuando es debido, en cambio, lo que sucede es que todos se han divido en grupos que defienden ideas y triunfos al mejor estilo fascista que no buscan convivir sino exterminar.

Estos comportamientos tan generalizados, también tienen sus excepciones, aquí termino con esta anécdota de dos hinchas ejemplares: en una ocasión Borges y su primo Enrique Amorim, el primero argentino y el segundo uruguayo, decidieron asistir a un partido de fútbol en el que se enfrentaban sus respectivas selecciones. Anotó Argentina y Amorim se acerco a Borges y lo felicitó, cuando anotó Uruguay Borges felicitó a su primo, así iban las cosas cuando otro gol de los argentinos, y para estar a la altura Amorim dijo sin ninguna afectación: “Su seleccionado es muy bueno ojalá ganen se lo tienen merecido”. Cuando les pareció finalizado el partido los dos caballeros salieron muy complacidos del estadio, sin percatarse que faltaba un segundo tiempo.

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