Don Quijote y Sancho eran vecinos

Ilustración de Gustave Dore

L. C. Bermeo Gamboa

Muchos han leído el Quijote, o muy pocos. Quien lo haya hecho sabrá que en el capítulo VII de la primera parte, el que trata de la segunda salida de nuestro buen caballero, asistimos al primer encuentro entre un hidalgo y un labrador. Cabe suponer que ya se conocían, porque Cervantes nos dice, que el segundo  era vecino del primero, que se llamaba Sancho Panza y, aclara, que era un hombre de bien a pesar de su pobreza.

Es el primer y definitivo encuentro de un par de vecinos que serán universalmente conocidos de allí en adelante. ¿Cuál es la importancia de ser vecinos?

El simple hecho de compartir con otros un pueblo o una ciudad, un barrio, una cuadra o una calle, incluso una misma casa; nos influye de una forma lenta aunque contundente. No en vano habitar ciertos lugares nos hace merecedores de su fama y sucede con frecuencia que cuando se etiqueta a un barrio como peligroso se tiende a pensar que todos los que allí viven responden a esa característica, eso mismo podemos notarlo en la opinión que se tiene de ciudades y países. De nuestras ciudades y nuestro país.

Esa palabra que acá poco escuchamos: vecindad, aunque sea del español, nos habla de las personas que están inmediatas a nosotros, en cuerpo y alma, para diferenciarla de otras inmediateces. Esto lo comprobamos sobre todo en las tragedias naturales, son los vecinos quienes están allí para ayudar, junto a ellos compartimos las desgracias; la avalancha de un río no se lleva una sola casa, la injusticia social no afecta a una sola familia. De lo anterior existen demasiados casos reales, yo mencionaré uno de la ficción: la película La estrategia del caracol (1993) del director Sergio Cabrera, muestra con arte lo que es llevar la idea de vecindad hasta las últimas consecuencias.

Imagen memorable de la película La Estrategia del Caracol

Volvamos al Quijote. Estos dos vecinos, suponiendo que ya se conocían, a través de este encuentro se reconocen. En primer lugar, porque ese hidalgo llamado Alonso Quijano, había decidido ser un caballero andante y hacerse conocer como Don Quijote de la Mancha; sólo antes de su muerte regresaría a su primer nombre. En segundo lugar, porque, persuadido por la promesa de ser gobernador de una ínsula, ese labrador se convertiría en el escudero de tan famoso caballero, y cuando se la concedieron a los siete días renunció; por alguna razón la ínsula se llamaba Barataria.

Esta es otra de las posibles lecturas que podemos dar al Quijote: la de un par de hombres que cansados de su triste vida en medio de un innombrable pueblo, un día decidieron salir a los caminos y hacer una vecindad andante; otra metáfora de la amistad. En mis muchos trasteos son pocas las personas que han llegado a ser esta clase de vecinos quijotescos, pero siempre unos libros se mantienen a mi lado como construidos para la eternidad; cada que los visito algo nuevo me dicen, entre chismes y verdades.

Sabemos mucho del Quijote, o muy poco. Nadie niega que los dos personajes que creó Cervantes hace más de cuatro siglos vivirán por siempre, este par de vecinos de la Mancha seguirán discutiendo desde los extremos del delirio y la sensatez, cuando nosotros ya hayamos muerto.

Anuncios