Lecturas Perjudiciales

Fingir que existe la poesía

In Ensayos on 20 febrero, 2012 at 7:09 PM

L. C. Bermeo Gamboa

Observo el escritorio donde están las facturas y recibos de cobro acumulados de un mes y más, me dan ganas de pensar en la cosas que no valen la pena y por eso mismo no tienen precio, entonces recuerdo que hace un par de meses leí una frase de William Ospina sobre Colombia que me hizo pensar por el valor y precio de la poesía, decía así: “No hay labor más ingrata que tener que repetir lo que todos deberían saber, o lo que todos saben y fingen ignorar”. Yo me pregunté: ¿será que la poesía es algo que todos saben pero fingen ignorar o algo que todos ignoran y deberían saber? Y me respondí de inmediato: “La poesía es algo de lo que nadie sabe y que todos fingen conocer”, aun los poetas.

Los poetas fingen, la afirmación viene de Fernando Pessoa, ese hombre que era una muchedumbre y decía sin pudor: “Yo soy una antología”. Él vio con más claridad que ninguno el absurdo de la poesía y con tremenda ironía, o sentido común, la dijo en un poema:

“El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

Que llega a fingir que es dolor

El dolor que de veras siente”.

(Autopsicografía)

La misma idea está en Nietzsche cuando en su Zaratustra dijo que los simples poetas no pueden pretender a la verdad porque mienten y “tienen que mentir a sabiendas”. ¿A sabiendas de qué? Pues de que la poesía no existe y si existió está muerta. De ahí que Nicolás Gómez Dávila, un colombiano, rolo y católico, que después de leer y releer su biblioteca de 30.000 libros en lenguas vernáculas, concluyera con pesar: “La palabra no fue dada al hombre para engañar, sino para engañarse”.

¿Si pensadores creyentes y ateos coinciden en que la poesía es un engaño, si no sirve, por qué de una vez no se la olvida y seguimos con otra cosa? Bueno yo creo que la respuesta está en que también, con los años, con la historia, nos hemos venido dando cuenta de que todas las demás ideas con las que se ha intentado dar cause y sentido a nuestra vida, también son un engaño.

Un sinsentido como el de la poesía, bien podría reemplazar otro como el de Dios, no fue soberbia cuando Wallace Stevens afirmó en su Adagia,: “Después que se ha abandonado la creencia en Dios, la poesía es esa esencia que toma su lugar como la redención de la vida”.

Esa idea de redención esta en todo aquello que humaniza sin cobrar, como afirmaba Octavio Paz, no sólo hay poesía en el poema, también en cuadros, canciones, sinfonías, hechos y personas se encuentra. Está allí, pero no la vemos, porque la ceguera de una sociedad consumista y mediatizada donde nadie se concentra en lo humilde y no pueden valorar lo que no sea útil o rentable, impide acceder a esos dones cotidianos. Y en últimas no queda más refugio para hallar poesía que el poema.

Hace poco, también Harold Alvarado Tenorio, dijo que la poesía en Colombia había muerto. Frente a los muchos optimistas, entre ellos poetas, que estuvieron en contra de esa afirmación, yo que no soy un pesimista y mucho menos poeta, estoy de acuerdo. Lo acepto como un real vitalista, alguien que ve las ironías de la realidad y aunque no lo acepta, se ríe con desencanto. Un real vitalista acepta que la poesía haya muerto, aunque desearía lo contrario.

Y es que a los poetas, seres tan convencidos, les toca todos los días empezar fingiendo que creen en la poesía, para poder acabar creyendo a fuerza de choque en ella, para no suicidarnos en el cruel transcurso de las horas. Es difícil tener la certeza de aquello en lo que no se cree, es difícil, pero se tiene. En esto el poeta se hermana con el científico, ambos trabajan con hipótesis, la del poeta es: “Supongamos que la poesía existe”, de allí en adelante es actuar, fingir, simular, aparentar, parecer, inventar, imitar, representar, simbolizar, fantasear, especular y hasta imaginar.

Una de las causas de muerte y del inevitable fingimiento es diagnosticada por Robert Graves, en su Diosa Blanca, donde declara que “La actual es una civilización en la que son deshonrados los principales emblemas de la poesía”. Una época donde el racionalismo, la necesaria lógica que se instituyó como forma absoluta de conocimiento, dejó la sabiduría mítica a un lado y desde allí empezó a morir la poesía.

La sabiduría mítica, desde luego, es una salida, como en el taoísmo, esa ‘religión’ con tanto sentido común que no exige que se crea en ella sino que se la niegue, entre sus postulados afirma: “puesto que nada hay, todo está”. Y de la misma forma, aunque más lógico, Paúl Valéry decía: “Nada hay tan bello como lo que no existe”, entonces, podríamos especular por el bien de todos, afirmar: en tanto que no existe la poesía, por eso mismo es tan necesario y vital seguir fingiendo.

Algo queda en el aire, que tal vez ya hayan percibido, si decimos que la poesía no existe, por ende, los poetas tampoco; a pesar de la carrera de muchos, con los títulos que ostentan pocos, las escuelas que fundan unos, los premios que ganan otros; pese a ello los poetas no pueden existir. Y el ejemplo más claro es uno que se inventaron en argentina en 1923, uno de cuyos inventores fue Adolfo Bioy Casares quien escribió hasta un diario de 1700 páginas donde cuenta cómo vivió con este personaje fantástico. Fue en ese año cuando se publicó un libro de poemas llamado Fervor de Buenos Aires, nada raro, lo que nadie imaginó fue cómo un personaje ficticio llamado Jorge Luis Borges iba a negar tanto la realidad de este mundo, al punto de que los ficticios somos nosotros. Yo creo que cuando Borges se sintió fuera del tiempo, es decir, eterno, se quedó en la eternidad, nunca volvió al tiempo, nunca estuvo con nosotros, ergo no existió.

¿Y para qué tanto libro publicado, tanto Festival y tanto Encuentro de escritores? Si es rara la existencia de la poesía, si es imposible un nuevo poeta y mucho más penoso sería ver al último poeta sobre la tierra, porque diría como César Vallejo: “Hoy sufro solamente”.

¿Y cuál es el precio de la poesía? Un poeta, para quien quiera serlo o aparentarlo, debe ser un desdichado y es que la poesía termina obligando a todos a dejar de llevar una vida práctica y a veces les hace imposible vivir. Ante tantas evidencias, no sé porqué todavía hay algunos que se esmeran buscando que los niños aprecien los poemas, no ven que los están induciendo a ser infelices, porque conocer la belleza de un poema es comprobar lo terrible del mundo, apreciar la melodía de un verso es cerciorarse de que la realidad no está hecha para nuestro goce. Eso le pasó a los pobres padres de Raúl Gómez Jattin al que de niño le inculcaron el gusto por la poesía y nunca imaginaron el terrible destino de ese amor, como queda claro en su poema Desencuentros:

Ah desdichados padres

Cuánto desengaño trajo a su noble vejez

el hijo menor

el más inteligente

En vez de abogado respetable

mariuhuano conocido

En vez del esposo amante

un solterón precavido

En vez de hijos

unos menesterosos poemas

¿Qué pecado tremendo está purgando

ese honrado par de viejos? ¿Innombrable?

Lo cierto es que el padre le habló en su niñez de libertad

De que Honoré de Balzac era un hombre notable

De la Canción de la vida profunda

Sin darse cuenta de lo que estaba comentiendo

Y nada más triste que sacrificar una vida armónica y familiar, dejar a una mujer real que exige, como la poesía, nuestra vida. Nada más triste que a pesar de tanta cosa mala que trae la vida literaria, uno siga creyendo que un verso justifique tanta falta de sentido común, tanto desatino con la vida, tanta lucha a contracorriente, y saber que un verso bueno es la paga, si tenemos suerte, que recibimos por el fracaso en la vida. Hay muchos hombres felices y los envidio, pero hay tantos versos buenos que no he leído, parodiando a Shakespeare: “mi vida por un verso”.

Observo los recibos y las facturas, en uno de ellos se me informa del pago que debo hacer con mi vida, por un verso que no vale nada, y que tal vez no escriba. Por alguna razón no se especifica la fecha ni el lugar.

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