Lecturas Perjudiciales

La Reina tiene bigote

In Música on 13 febrero, 2012 at 1:39 PM

Por L. C. Bermeo Gamboa

En la lejana isla de Inglaterra hubo una vez un hombre que deseo ser reina, pero allí ya tenían a Isabel II, y a una venerable viejecita a la que todos llamaban La Reina Madre. Lo que nadie sabía era que el destino le había dado a ese hombre un don que nadie más podía tener: una voz hermosa con la que lograría convencer a cada uno de que él era La Reina, pero no para vivir en el Palacio de Buckingham, su puesto estaba reservado al lado de su majestad Elvis en el Castillo del Rock.

Si quería llegar a reina estaba obligado a dejar de ser lo que fue en un principio, es decir, borrar la biografía y el nombre de un tal Farrouk Bulsara que había nacido en una isla del oriente africano llamada Zanzíbar (Tanzania), olvidarse que había nacido un 5 de septiembre de 1946, el nuevo año según la religión Parsi (Persa) en la fue iniciado a los 7 años en un rito conocido como la ceremonia del fuego; aunque nunca hablaba de su religión siempre la practicó.

Para los parsis cuyo profeta es Zaratustra, los hombres están en el mundo para la celebración de la vida, pero no de la manera ilusa de los fanáticos, ni la de los ingenuos, es una celebración de la vida asumiendo toda su tragedia, lo mismo que Federico Nietzsche invocaba en Así hablo Zaratustra:

 Todo se destruye, todo se reconstruye; eternamente se edifica la misma casa de la existencia. (…) A cada momento empieza la existencia; alrededor de cada aquí gira la bola allá. El centro está en todas partes. La senda de la eternidad es tortuosa.

Esta idea de asumir la vida con ironía, exaltando sus alegrías y pero sin negar las tristezas, de aprovechar el tiempo mientras estamos bien porque pronto llega la muerte y se acaba el juego, tiene mucho más en común con el vitalismo y nihilismo de la literatura de Shakespeare, de la filosofía de Nietzsche que con  un simple movimiento de liberación sexual de la época. Y no son pocas las canciones donde es visible esta idea: desde el principio las composiciones de Freddie Mercury respondían a este ideal, como en Keep yourself alive (Mantente con vida) del primer álbum en 1973, y en una de mis preferidas Play de game de 1980.

Toda leyenda tiene algo de verdad y en el caso de Queen el nombre de la banda nace de un apodo que le endilgaron al entonces Freddie Bulsara, cuando cantaba en The Ibex, la banda que tuvo antes de formar el grupo definitivo con John Deacon, Brian May y Roger Taylor. No hace falta decir que el sobrenombre era con justa causa, nadie más amanerado y al mismo tiempo más prepotente para comportarse en el escenario: la ambigüedad de Freddie Mercury supera con creces la de David Bowie, mientras en Space Oddity la apariencia de Bowie (Stardust) era un simple traje para un desfile travesti en la luna; Mercury por mencionar sólo I want to break free, es la más rara fusión de Marilyn Monroe, James Dean, un motociclista, un travesti del Soho y una mujer en traje de aeróbicos. Pero a la reina se le perdona todo, hasta el mal gusto.

A pesar de la broma contra Freddie Mercury, cuando se habla de Queen hay un respeto tal por su música y su leyenda que de cierta forma clandestina representan la banda oficial de Inglaterra y su vocalista es el showman por excelencia: un verdadero Divo, algo que quedó confirmado en sus canciones a dúo con la soprano española Montserrat Caballé.

En otra ocasión hablamos de la disyuntiva entre la música culta o clásica frente al rock que es la música popular en los países de habla inglesa, y a pesar de que en Latinoamérica el caso es muy distinto, para nosotros el rock es parte de un culto que hace sentir a sus seguidores privilegiados, tal vez por ello no nos interesa que se vuelva popular.

En esos límites entre lo culto y lo popular podemos ubicar el sonido de Queen, su clasicismo se debe a esos ya tan conocidos juegos o cánones de voces que hacen que cada canción se convierta en una mini ópera, no por esto fueron menos experimentales, la banda exploró muchos géneros clásicos como el blues y el jazz, también otros géneros de moda como el disco y el pop rock.

Es importante considerar la consistencia de su sonido basada en el acople de la banda, porque como dice Sandro Romero Rey: “Ese ensamble necesario no se da siempre en el rock, y cuando se consigue, se llega siempre a ese momento privilegiado que todos buscamos” la música perfecta en su particularidad, donde cada instrumento es inconfundible:  la guitarra de Brian May que a veces me hace pensar en un violín solista en medio de una sonata, canciones como Killer Queen O The Millionare Waltz me lo confirman. El Bajo de John Deacon que se ha grabado en la memoria de generaciones. Y los ritmos excitantes de Roger Taylor, además de esa voz siempre sustentando los coros.

La mezcla clásica con elementos del rock, aunque ya había sido explorada por The Who y Led Zeppelin, con Queen se formaliza al punto de que el mismo sonido del rock y el heavy metal cambió, tanto que ahora conocemos géneros como el neoclásico o las metal ópera gracias a ese precedente.

Al final cuando el hombre Farrouk Bulsara se transformó en el mito de Freddie Mercury, ya no había vuelta atrás. Como bien lo dice en My fairy king: “Mother Mercury, look what they’ve done to me“, fue en 1973 a partir de esta canción cuando comenzó a actuar, a ponerse las máscaras, primero fue la de ícono glam-rock, luego la de rockstar, en los ochentas cuando asumió su homosexualidad fue un destape de pavo real al que ninguna crítica debilitó ya que su talento era universal y Queen ya había consolidado su calidad clásica, es decir, inmortal, por ello buscar lo gay en Queen no es lícito, pero quien lo busque encontrará algo. Más que gay la puesta en escena de Freddie Mercury era dramática, su voz hacía olvidar lo grotesco de las poses de frotman.

No faltaba mucho para que en esa misma década, en Nueva York, contrajera el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), aunque el virus se equivocó, no fue a un hombre al que invadió ese ya era La Reina, se había puesto su última máscara por la que al final no supo quién era y como le sucede a todo gran artista deja de ser un nombre, una simple biografía, para acceder a la inmortalidad y convertirse en un mito.

Hay varias hipótesis sobre el caso de metamorfosis en Freddie Mercury, la mía es la siguiente.

La primera frase de It’s a hard life es copia de la famosa aria de la ópera Pagliacci, pero la similitud no se queda allí: Freddie Mercury es “el payaso” que se hizo reina y al final no distingue entre la realidad y el espectáculo que representa y a pesar de repetirse:  “No. Pagliaccio, non son”: no soy payaso,  su vida no termina en la anónima intimidad, su muerte será parte del show de su época y se convertirá en una lección y precedente para el resto.

Lo anterior obliga a que la vida de Freddie Mercury termine trágicamente como la ópera, la única diferencia es que el payaso dirá: “La comedia é finita”, la comedia se acabó. Pero La Reina dirá en medio de su agonía, como el canto de un cisne: “The show must go on”.

Entonces, una enfermedad no lo iba a desanimar y tirársele la fiesta, el show debía continuar mientras estuviera y después, había que celebrar con más ímpetu si ya la muerte estaba cerca, tal como el poeta Porfirio Barba Jacob, quería oponer “Contra la muerte coros de alegría” y ese es el Instinto dramático característico de la música de Queen: invadir con voces alegres de protesta las derrotas de la vida, porque Its’ a hard life: you win, you lose. It’s a change you have to take with love. (La vida es dura: ganar o perder es una opción que debes aceptar con amor).

De Freddie Mercury podemos afirmar que no cantaba para vivir; vivió para cantar y qué mejor prueba de ello que Made in Heaven (1995) uno de los títulos más nostálgicos de la historia del rock, en ese disco uno esperaría canciones como plegarías, pero al contrario como un valiente nos decía: “It’s a beautiful day”. Como un héroe trágico nos enseña la lección de celebrar la vida en la plenitud de la muerte.

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