En el castillo del Rock o dónde está La Reina

Por L. C. Bermeo Gamboa

La gente cuando habla de música, a pesar de la cantidad de géneros que existen, siempre hacen la siguiente clasificación: hay un tipo de música solemne y “seria” que, todos hasta los expertos llaman: Clásica. El resto es simplemente música y desde luego no se debe hablar con seriedad de ella, porque pareceríamos superficiales. Entonces, para comenzar de una vez con una verdadera cultura del rock, debemos acabar con esos maleficios que los seudo-cultos o snobs han impuesto sobre nuestra identidad musical. Yo digo que se puede ser rockero abiertamente y que nada debemos temer de estos eruditos de pueblo, Aaron Copland’s de tercer mundo.

 Si alguien escucha Pink Floyd y siente que esas letras y melodías densas de un hombre desesperado llamado Roger Waters lo conmueven, está con el pleno derecho de mandar a Johann Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven al carajo. Alguien le dirá que está ignorando a los grandes compositores de la historia de la música, que la Sonata No. 8 Patética tiene más profundidad que Shine on you crazy Diamond Partes I – X. Deberíamos contestar que si para disfrutar la música necesitamos saber de historia, entonces deberíamos ser unos resentidos que se han olvidado que el placer no es un efecto de la conciencia sino de los sentidos. Para aprender a caminar no es necesario saber de física y gravitación, a pesar de esta ignorancia une ve el placer de esos niños erguidos.

 Frente a gente como la que describo, aquellos sabios  que en dos clases de apreciación musical desentrañaron el sentido de la quinta sinfonía de Beethoven, con ellos sería bueno recurrir a la actitud de Oscar Wilde, un hombre con el que nadie podía estar en desacuerdo.

Si le dicen que el rock es elemental, respondería que “Lo elemental es lo difícil”. Si le dicen que el rock y el heavy metal son géneros pasajeros o simple moda para el olvido, respondería que “El público es impresionantemente tolerante: lo perdona todo, menos el talento”. Si le dicen que los grandes críticos de música como Copland detestan el rock, respondería que “En los tiempos gloriosos del arte no había críticos de arte”.  Al final nos dirán que eso nadie lo entiende, entonces para acabar con la conversación les diremos que “La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación”. No necesita, pero la tiene.

A mediados del siglo XX, en 1954, se avistó por primera vez a The Bill Haley & his Comets que entró en la órbita del blues y cambió para siempre la música popular anglosajona, el milagro fue la canción Rock around the clock donde por primera vez se hablaba del rock como un género independiente del rhythm and blues, y sobre todo hablaba del rock como una actitud, es por eso que desde entonces rockear es un verbo, es decir, una acción: “We’re gonna rock”.

Hacia la misma época la música y actitud de un muchacho blanco de Mississippi, causaba escándalos en todas las nobles, religiosas y racistas, familias norteamericanas. De él dijeron algunos críticos más adeptos del Ku Klux Klan que de la Música Clásica, que el rock era la música del hombre blanco rebajado a negro. Hoy nadie duda que ese muchacho hizo lo correcto abriendo y calentando las mentes de esa época, se llamaba Elvis Presley y desde entonces se le coronó como El Rey.

¿Es que acaso el rock tiene realeza? ¿Y si tiene dónde está la reina? Esta monarquía como todos sabemos es arbitraria, no obedece los preceptos de la sangre pura de una antigua familia: Elvis era un simple obrero. La realeza en el rock, obedece a los preceptos del destino como en los cuentos de hadas, de acuerdo a esto, todo el que hace parte de la monarquía del rock, debe estar respaldado por un excepcional talento y por supuesto, debe ser una leyenda.

El tiempo, desde entonces ha pasado, y esta corte se ha ido llenando con inmortales de todas las clases que habitan un castillo admirable: están los mosqueteros o Fab Four (Cuatro Fabulosos): The Beatles. Está el Rey Arturo de la Guitarra: Jimmi Hendrix. Está el poeta de las puertas: Jim Morrinson y The Doors. Están los rebeldes del bosque con su Robin Hood: The Rolling Stone y Mick Jagger.

Están los caballeros de la crema y nata: The Cream y el caballero andante Eric Clapton. Hay príncipes rebeldes como The Who. Duendecillos celtas como Jethro Tull, Thin Lizzy y Led Zeppelin. Magos como: Deep Purple, Yes, Genesis, Uriah Heep. Genios como: Frank Zappa, ELP, Kansas, Supertramp, Rush. Están los peligrosos asesinos como Judas Priest y desde luego los sacerdotes paganos como Black Sabbath.

Este castillo no se puede abarcar con una mirada, o mejor dicho con un oído, se debe recorrer sus innumerables salones durante toda una vida, perderse definitivamente en el laberinto del rock.

Luego, la pregunta pertinente sería: ¿Y dónde está La Reina? ¿Alguien sabe quién es La Reina?

 Continua…

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2 Comments

  1. las posibilidades de crear alguna clase de arte es estar implicado en el , ya sea en los diferentes estilos de vida, es decir, cada persona tiene su manera de criticar y disfrutar lo artístico. Aunque se piense que todo lo que se hace es bueno y pensar que todo tiene su compatibilidad.

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