Lecturas Perjudiciales

El Banquete

In Ensayos on 15 diciembre, 2011 at 7:22 PM

Entrevista. Una tarde en un almuerzo con William Ospina: digestión literaria.

Publicado originalmente en el periódico Paréntesis de la USC en la edición de mayo-junio de 2009, pág 19.

Ilustración de Raúl Orozco

Ilustración de Raúl Orozco

Por L. C. Bermeo Gamboa
Al parecer la memoria conserva menos un recuerdo de los momentos compartidos y más unas palabras de los diálogos sostenidos con el otro. La conversación se registra fuera de tiempo y espacio, vienen a nosotros imágenes que traducen lo dicho, pero no nos llegan imágenes de cuándo y dónde se dijeron.

Hoy vienen a mí las imágenes de un sábado 14 de marzo, en una tarde del 2009, cuando me encontré con el poeta William Ospina para sostener una conversación de la que seguro perderé los detalles, pero de la que guardaré siempre las palabras.

Las Entradas

El lunes dos de marzo había cumplido 55 años, por lo que decidí llamarlo a su celular para felicitarlo, aunque no el mismo día, hubiera sonado demasiado interesado y a nadie le gustan los sobradores. Sin embargo, ¿yo qué sé de su vida y con qué derecho me atrevo a llamarlo?

Al inició conocí a William Ospina por la obra de un poeta que ambos tenemos en común: Aurelio Arturo. Fue por el año 2004 cuando alguien me regaló por primera vez Morada al Sur de Arturo, lo leí muchas veces sin preguntarme quién era ese poeta, sencillamente disfrutaba su poesía hecha de infancia y de paisaje, hasta que empecé a buscar otros que compartieran el hechizo palpitante de aromas y de astros. Así llegué al ensayo La Palabra del Hombre, que había escrito William Ospina y con el que ganó el Primer Premio de Ensayo: Aurelio Arturo dela Universidad de Nariño (1982).

Ospina fue quien me habló por primera vez de ese poeta nariñense del que yo sólo amaba su poesía, y en su forma de escribir comencé a amar también la vida y el país de ese poeta. Los textos de Ospina no son un crudo análisis literario, sino una expresión de su calidez, así decía: la de Nariño es una extraña tierra. Tal vez a ninguna parte del país le es más aplicable esa observación de pintor que Arturo le dedica a su patria: «… bellos países donde el verde es de todos los colores…».

Dos días después, el miércoles 4, fue cuando aproveché para llamarlo, marqué el número y luego de dos timbradas contestaron. Lo felicité diciéndole que a pesar de tener una obra ya amplia, su carrera apenas iniciaba, que un escritor a su edad apenas estaba saliendo de la pubertad del arte y nada más logré comunicarle, aunque me hubiera gustado recordarle un verso de Robert Browning: aún falta lo mejor, el final de la vida, el motivo del principio.

Él agradeció con un tono de sorpresa, no tanto por lo que yo le decía, sino por desconocer de quién venían esas palabras. Le dije mi nombre agregándole que lo llamaba desde Yumbo, allí fue cuando por asociación me reconoció. Antes de colgar le comenté si pensaba ir a Cali por esos días, sin pensarlo me dijo que sí, que la semana siguiente. De inmediato le pedí una entrevista y él respondió: llámeme la otra semana cuando esté allá.

Ya en el 2005, William Ospina se había convertido en mi interlocutor, porque la lectura es un diálogo, y a decir verdad nunca me he sentido solo mientras leo. Entonces ya había publicado ¿Dónde está la franja amarilla? (1997) una crítica del sistema político y una aprehensión de la historia colombiana desde la cultura, también en un ensayo vigoroso, Lo que le falta a Colombia, afirma sus posiciones cuando aclara: Colombia, hay que decirlo, tiene una característica triste: es un país que se ha acostumbrado a la mendicidad, y ello significa, es un país que ha renunciado a la dignidad. No sólo hay mendigos en las calles; el Estado quiere acostumbrar a la ciudadanía a mendigar.

La necesidad de saber quién era William Ospina surgió cuando hablando de la infancia de Aurelio Arturo en el campo, recordó la suya y dijo que perdido en esos yermos, yo he vivido noches espectrales en las que el cielo parecía mucho más cierto que la tierra. Esos yermos se llaman Padua (Tolima) donde nació en 1954. Su padre era un farmaceuta liberal, con esposa y cuatro hijos que debido a la persecución política habían tenido que abandonar su pueblo cuando William tenía cinco años, primero para trasladarse al Líbano, y luego para establecerse en Cali, durante su adolescencia. De su infancia recordará el contacto con la naturaleza y con los fantasmas de la violencia. A pesar del desplazamiento que padeció su familia, fue un niño feliz, por eso afirma que todo gran adulto es, sobre todo, un niño que ha disfrutado de la infancia.

Hacia el año 2006 me encontré con su libro La decadencia de los Dragones (2002), allí no sólo elogia la lectura como un fin en sí mismo, como un deleite superior a los resultados que se obtengan con él. Durante ese año Colombia estaba en elecciones y apareció una Carta para Carlos Gaviria, el candidato del movimiento Polo Democrático Alternativo. En ella Ospina mostró su simpatía por las ideas políticas de Gaviria, al tiempo que evidenciaba su rechazo por el presidente candidato Álvaro Uribe quien finalmente fue reelecto y como dijo Borges: el hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

El Banquete

William Ospina en Yumbo. Marzo 14 de 2009, Auditorio del Sindicato de Trabajadores del Municipio de Yumbo.

Uno de los famosos Diálogos de Platón transcurre en un banquete donde Sócrates habla de poesía y filosofía con otros convidados. Guardando las proporciones, de espacio y persona, así mismo, sucedió cuando esa tarde de sábado llegamos al restaurante El Pedregal de Yumbo.

Alrededor de la mesa estábamos seis personas: Fernando Duque el amigo del poeta que lo había traído en su Renault 12, acompañado de Iván Olano, su sobrino. También, la gestora cultural que logró convencer a Ospina de visitar el lugar, ella y su hija. William Ospina el invitado principal, y yo, que de cierta manera no tenía por qué estar allí.

Atrás del lugar las montañas verdes; enfrente la carretera vía La Cumbre; nosotros, adentro del restaurante un poco sudorosos por el intenso calor, notorio en el escritor acostumbrado al clima bogotano, que ahora tenía sus mejillas coloradas.

Mientras se consumía una orden de pargo rojo con buen plátano y yuca para William, y otros platos como tilapia frita, churrasco, sancocho de pollo y sancocho de viudo para los demás, bocado a bocado, pregunta a pregunta transcurrió la entrevista.

-Ursúa fue la primera novela que publicó en el 2005, luego en vino El País de la Canela en el 2008, todas hacen parte de una trilogía acerca de la conquista y descubrimiento de América. ¿Cómo va la producción de la tercera novela, La Serpiente sin Ojos?

Voy más o menos bien, avanzando. Yo escribí una parte de La Serpiente sin Ojos, mientras escribía El País de la Canela, porque necesitaba avanzar y porque para poder escribir lo que pasaba, tenía que saber un poquito lo que iba a ocurrir. Ahora ya estoy como mirando los primeros capítulos, pero falta por lo menos un par de años de trabajo.

-La escritura de esas novelas significó la recopilación de gran parte de la historia de la conquista de América, usted viene abordando ese tema desde 1991 cuando María Mercedes Carranza lo invitó a escribir en Historia de la Poesía Colombiana, allí descubrió el prodigio de Juan de Castellanos que lo alimentó para sus novelas. Entonces, como en un cuento de Borges, donde un hombre recuerda toda la historia de la humanidad, usted se dio a la tarea de Funes el Memorioso.

No. Al comienzo me acordaba de más cosas. Pero no se puede confiar tanto en la memoria.

-En la ceremonia de entrega de su Honoris Causa, enla UniversidadSantiagode Cali, estuvo acompañado de su familia.

-Estuve con mis padres, mi hermano, con mi hija y con una tía y una prima. Una pequeña delegación de mi familia que es muy numerosa.

 -¿Vive con su hija Andrea?

No mi hija vive en Cali.

-¿Sólo tiene una hija?

 -Y un nieto. Que es el hombre que saca la cara por la familia.

 -¿Cuántos años tiene su nieto?

Ya es un hombre mayor de tres años.

-Entonces ¿usted vive en Bogotá con su esposa?

-No yo no tengo esposa.

 -¿Vive solo?

No, no solo, porque tengo Las mil y una noches que me acompañan.

-¿Cuál traducción de Las mil y una noches tiene?

-Yo tenía la de Vicente Blasco Ibáñez, que fue la que yo aprendí a leer, pero ahora tengo la de Rafael Cansinos Assens quien podía saludar a las estrellas en catorce lenguas clásicas y modernas. No era como esos doctores capaces de decir nada en todos los idiomas, era un saludo largo  y no era “Hola”.

Al diálogo entró Fernando Duque, que le preguntó cómo le había ido en el Hay Festival en Cartagena.

Tuve una conversación con Luis Sepúlveda, un chileno que escribió una novela que se llama El Viejo que leía novelas de amor y es el autor latinoamericano más leído en Europa después de García Márquez. La semana siguiente, después del Hay Festival, se ganó el premio más importante de la literatura española. Un premio como de 200 mil euros. Eso tiene que destruir cualquier carrera, ¿cierto? Habrá que leerlo.

En la parte de abajo del restaurante queda el balneario y desde allí sonaba una música insistente, a veces salsa, otras rancheras que por ratos invadían la conversación. En un momento de esos William aprovechó y pidió más plátanos para su sancocho, estaba bebiéndose un refajo de gaseosa Colombiana con cerveza Póker, nada mejor para ese calor.

– Uno de los poetas que ha determinado más su obra es el alemán Friedrich Hölderlin ¿Cuándo entró en contacto con su obra?

-Escuché hablar por primera vez de Hölderlin a Estanislao Zuleta, por allá en el año 74, cuando conocí a Estanislao en Cali. Cuando estuve en Francia me dediqué a leerlo en francés, mientras viví allá entre el 79 y el 80. Luego, en el verano del 80 fui a visitar la casa de Hölderlin en Tubinga, la torre en la que pasó sus últimos años, ese fue un viaje muy importante para mí.

Patmos fue el poema en el que Hölderlin estuvo más cerca de fundar una mitología, interpretando a Cristo para la tradición moderna occidental, tratando de descifrar el mito cristiano no para las iglesias sino para la poesía. Es sobre todo en ese poema donde demuestra que el verdadero mito de cristo, no es el mito de la cruz, el de la redención, sino que el verdadero papel de Cristo en la civilización occidental es el mito de la ausencia. El momento más importante del mito cristiano es el momento en que Cristo asciende en cuerpo y alma, porque en ese momento se consumó la partida de la divinidad, la ausencia de la divinidad, lo divino se retiró del mundo y se replegó al cielo platónico y dejó a los hombres solos con la historia.

De sobremesa

-¿Qué opinión tiene acerca de las religiones, en qué cree?

-Yo tengo un espíritu religioso, lo he tenido siempre, pero no tengo un espíritu de iglesias ni de doctrinas. Es decir, para mí la religión es más una pregunta que una respuesta. Dios me interesa como sentimiento, como idea y como posibilidad. No tengo teorías sobre Dios, verdades sobre Dios. Tengo, más bien, cierta tendencia al misticismo, pero a las iglesias no les gustan los místicos, porque ellos tienen una relación personal con la divinidad y entonces pueden prescindir de la burocracia sacerdotal.

-¿Y su biblioteca cómo es?

 -Mala, muchos libros, pero pocos indispensables, me faltan buena parte de la obra de James Joyce, buenas traducciones de los cantos de Ezra Pound, no tengo las obras fundamentales de Tolstoi y algunos libros de Joseph Conrad, no tengo suficientes diccionarios, no tengo buenos libros sobre música. No soy un hacedor sistemático de bibliotecas, uno va consiguiendo libros a medida que van apareciendo, a veces por azar, por capricho, por necesidad, pero no siempre respondiendo a un esquema. Mis libros están regados por toda la casa, en orden, pero hay muchos en el suelo porque no caben en los estantes.

 -¿Tiene una cifra de cuántos son?

-Qué tal. Eso es lo menos importante.

 Acababa la tarde, y cuando ya tomábamos un café, todos menos William. Fernando nos cuenta que en una de sus famosas conferencias Estanislao Zuleta, gran amigo de Ospina, había dicho que para él los mejores cinco poetas de Colombia eran: José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob, León de Greiff, Luis Carlos López y William Ospina. Esto no impresionó mucho al poeta, quien ya ganó el Premio Nacional de Poesía en 1991, y como quien no  cree en premios, respondió que era buen momento para un acto de arrepentimiento por lo escrito. (Ese mismo año le otorgarían el Premio Rómulo Gallegos por su novela El país de la canela, el mismo que han merecido, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Fernando Vallejo, Roberto Bolaño, entre otros).

 Al hablar por primera vez con un escritor, se podría decir que sucede algo mágico. Comprobamos lo antiguo de esa conversación, porque desde el mismo instante que uno leyó una frase suya había iniciado el diálogo.

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