Dylan Thomas: Héroe y Santo

Por L. C. Bermeo Gamboa

 

Era Juan Gustavo Cobo Borda quien decía:

 Escribir es rezar de modo diferente.

Las únicas noticias que valen la pena están en los poemas.

Todos los poetas son santos e irán al cielo.

(Apolo y Dafne)

Tal vez por eso cuando nos imponemos la tarea de escribir sobre algunos poetas asumimos el papel de hagiógrafo: contar la vida de esos individuos mártires de una creencia laica como la poesía, donde cada poeta es como lo quiere Harold Bloom el inventor y profeta de su propio credo. Para los creyentes son santos, aunque en literatura les podríamos llamar héroes, en el mismo sentido que los griegos daban a aquellos hombres de destino divino a la vez que trágico cuyo emblema es Orfeo.

 Es así como los poetas se transforman en mitos, demos el caso de Friedrich Hölderlin, Paúl Celan, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, John Keats, Edgar Allan Poe, Emily Dickinson, Fernando Pessoa; desde luego Colombia tiene su cofradía: José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob, María Mercedes Carranza y Raúl Gómez Jattin. Algunos dirán que son malditos, benditos digo yo.

 Ese catálogo de poetas bien podríamos compararlo con el Martyrologium Romanum dondela Iglesia Católica consigna los nombres de sus santos, señalando el día específico del año en que se le celebra. En mi santuario personal hay un altar para Dylan Thomas cuya aureola de múltiples destellos aún se mantiene, quien lo lea encontrará muchos versos de fuerte incandescencia provocada por el contacto de lo religioso con lo sexual:

Antes que llamara y la carne me abriese,

que mis líquidas manos golpearan en el vientre,

yo, que era entonces informe como el agua

que formaba el Jordán junto a mi casa

era hermano de la hija de Mnetha

y hermana del gusano que gestaba la vida.

(Antes que llamara)

 Había nacido en Gales (Reino Unido) por el año de 1914 y a los veinte años con la publicación de su primer libro de Dieciocho Poemas se convirtió en ruptura y punto de partida para la nueva poesía inglesa, su prodigio imaginativo y visual cargado de un misticismo digno, pero no semejante, al de San Juan de la Cruz, William Blake o William Butler Yeats, presente en estos versos:

Al principio era la palabra, la palabra

que de las sólidas bases de la luz

le sustrajo todas las letras al vacío;

y de las bases nubladas del aliento

la palabra fluyó, y al corazón tradujo

los primeros indicios de nacimiento y muerte.

(Al principio)

 Tuvo un éxito inmediato, lo cual quiere decir que se compraron sus libros, sin embargo su poesía no fue muy comprendida, al principio causó más asombro que sentido en sus lectores, debido a sus imágenes donde ningún semen se agita, /el fruto del hombre se despliega en las estrellas, de un surrealismo mucho más pudoroso y sugestivo que el vanguardista. Por esa misma época empezó su carrera en el alcoholismo, periodismo radial, el teatro y conferencias que terminarían en Nueva York, un día de1953, a sus 39 años, como lo había escrito en sus primeros poemas:

Nacido del espectro y la carne, no era espectro

ni hombre, sino espectro mortal.

Y luego me abatió la pluma de la muerte.

(Antes que llamara)

 “Esto fue lo que mató a Dylan Thomas”: Ser el centro de atención, dejar el serio y solitario trabajo de artesano por caer en el juego de la fama literaria, en el cual no importa quién eres, si eres la promesa de la poesía contemporánea, el maestro de la metáfora, el más seguro ganador del Nobel; es así como en ese cuento de Charles Bukowski hay una cámara que lo sigue a todas partes y cuando los curiosos preguntan: ¿Para qué esa cámara? El personaje responde: “Soy un poeta”. ¿Cómo te llamas? Federico García Lorca, Dylan Thomas, acaso importa.

 A pesar de esto era dueño de una embriaguez dionisiaca, fue uno de esos poetas que no sólo celebraron el mundo, sino que también desde su mitología personal lo reinventaron. Tal como expresara Hölderlin los poetas son vasos sagrados donde se conserva el vino de la vida, el espíritu de los héroes. Santo y héroe, Thomas puede ser mejor comprendido hoy, cuando sentencia: hombre, sé mi metáfora.

 Ese placer que nos produce hoy va muy de la mano con la contaminación que deja en los nuevos poetas impresionados con la aparente facilidad con que Thomas crea sus imágenes. De ahí que haya tanto mal poema thomasiano que haga quedar al maestro como poeta fácil y menor, sin embargo como afirmó Cyril Connolly: “Qué sus imitadores resulten tan vacíos y artificiales no demuestra que su poesía sea mala, sino que es inimitable”.

 Quien quiera puede prender una veladora frente a la imagen de Dylan Thomas un día de este año, aunque sin caer en la idolatría, yo estaría más dado a leerlo cualquier día del año, porque bien sé que la lectura es un acto mucho más solemne, más íntimo y mucho más religioso, si se quiere, que la simple velita encendida.

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POEMAS DE DYLAN THOMAS

 

ESTE PAN QUE YO PARTO

Este pan que yo parto fue alguna vez avena,

este vino en un árbol extranjero

se zambulló en su fruta;

durante el día el hombre y por la noche el viento

segaron las cosechas, rompieron el gozo de la uva.

Alguna vez, en este vino, la sangre del verano

golpeteaba en la carne que vestía la viña,

un día en este pan

la avena al viento era alegría,

el hombre rompió el sol, abatió el viento.

Esta carne que partes, esta sangre a la que dejas

sembrar desolación entre las venas

fueron avena y uva

nacieron de la raíz sensual y de la savia;

mi vino que te bebes, el pan que me arrebatas.

 

CUANDO DE PRONTO LOS CERROJOS DEL CREPÚSCULO

Cuando de pronto los cerrojos del crepúsculo

ya no encerraron el largo gusano de mi dedo

ni maldijeron al mar enroscado en mi puño,

la boca del tiempo sorbió como una esponja

el ácido lechoso en cada gozne

y se tragó los líquidos del pecho hasta secarlo.

Cuando el mar de galaxia fue sorbido

y liberado todo el lecho seco del mar,

envié a mi criatura para explorar el globo,

el mismo globo de pelos y osamenta

que cosido a mí mismo por mi mente y mis nervios,

mi frasco de materia ligara a su costilla.

Mis fusibles calcularon el tiempo para impulsar su corazón,

él estalló, hecho polvo, hacia la luz

y celebró con el sol un pequeño sabático,

pero cuando los astros asumiendo su forma

dibujaron las briznas del sueño en sus ojos,

ahogó dentro de un sueño las magias de su padre.

Todo surgió armado de la tumba

el cáncer pelirrojo, vivo aún,

los ojos velados de cataratas con sus turbios tejidos;

algunos muertos deshicieron sus quijadas tupidas,

y hubo bolsas de sangre que soltaron sus moscas;

él supo de memoria el sendero de cruces funerarias.

El sueño navega las mareas del tiempo;

el áspero sargazo de la tumba

entrega a sus muertos en este mar tan laborioso;

y el sueño mudo rueda por los lechos

donde las sombras comen el alimento de los peces

y a través de las flores, emergen hacia el cielo.

Cuando de pronto giraron las tuercas del crepúsculo,

y la leche materna fue dura como arena,

envié a mi propio embajador hacia la luz;

por truco o por azar él se durmió

y por arte de magia se armó de una osamenta

para robarme los fluidos en su corazón.

Despierta, mi durmiente, hacia el sol,

trabajador en la mañana pueblerina

y deja a este soñoliento en el sitio en que yace;

han caído los cercos de la luz,

sólo quedan en pie los jinetes más diestros,

y hay mundos que cuelgan de los árboles.

 

ANTES QUE LLAMARA

Antes que llamara y la carne me abriese,

que mis líquidas manos golpearan en el vientre,

yo, que era entonces informe como el agua

que formaba el Jordán junto a mi casa

era hermano de la hija de Mnetha

y hermana del gusano que gestaba la vida.

Yo que era sordo ante la primavera y el verano,

que no sabía los nombres de la luna y el sol,

ya sentía el latido bajo la armadura de mi carne,

aunque existía sólo en forma de infusorio,

veía las plomizas estrellas, el martillo lluvioso

que mi padre balanceaba en su cúpula.

Conocía el mensaje del invierno,

los dardos del granizo y la nieve pueril

y el viento era mi hermana pretendiente;

en mí saltaba el viento, el rocío infernal;

y mis venas fluían con los climas de oriente;

antes que me engendraran supe el día y la noche.

Antes que me engendraran ya por cierto sufría;

el potro de tortura de los sueños

enroscaba mi osamenta de lirio

en una cifra viva,

la carne era cortada para cruzar los bordes

de las horcas en cruces sobre el hígado

y las zarzas de los cerebros estrujados.

Mi garganta conocía la sed antes de la estructura

de vena y piel alrededor del pozo

donde palabras y agua se entremezclan

sin pausa alguna, hasta pudrir la sangre,

mi corazón conocía el amor, mi vientre el hambre;

al gusano yo olía entre mis propias heces.

Después el tiempo envió a mi mortal criatura

a derivar o ahogarse en los océanos

habituados a la aventura de la sal

en las mareas que jamás tocan las orillas.

Yo que era rico, me hice más rico aún

sorbiendo poco a poco el vino de los días.

Nacido del espectro y la carne, no era espectro

ni hombre, sino espectro mortal.

Y luego me abatió la pluma de la muerte.

Fui mortal hasta el último suspiro prolongado

que llevó hacia mi padre

el mensaje de su agónico cristo.

Tú que te inclinas en la cruz y el altar

acuérdate de mí y apiádate de Aquel

que mi carne y mi sangre tomó por armadura

y llegó a traicionar el vientre de mi madre.

 

LA FUERZA QUE POR EL VERDE TALLO IMPULSA A LA FLOR

La fuerza que por el verde tallo impulsa a la flor

impulsa mis verdes años; la que marchita la raíz del árbol

es la que me destruye.

Y yo estoy mudo para decirle a la encorvada rosa

que la misma fiebre invernal dobla mi juventud.

La fuerza que impulsa el agua entre las rocas

impulsa mi roja sangre; la que seca los arroyos parlantes

vuelve cera los míos.

Y yo estoy mudo para contarle a mis venas

cómo la misma boca bebe del manantial de la montaña.

La mano que arremolina el agua del estanque

remueve las arenas; la que amarra las ráfagas del viento

iza mi vela de sudario.

Y yo estoy mudo para decirle al ahorcado

que el barro del verdugo está hecho de mi arcilla.

Los labios del tiempo sorben del manantial;

el amor gotea y se acumula, mas la sangre vertida

calmará sus pesares.

Y yo estoy mudo para decirle al viento en la intemperie

cómo ha trazado el tiempo un cielo entre los astros.

Y yo estoy mudo para decirle a la tumba de la amada

que en mi sábana avanza encorvado el mismo gusano.

 

SI ME HICIERA COSQUILLAS EL ROCE DEL AMOR

Si me hiciera cosquillas el roce del amor

si una niña tramposa me robara a su lado

y horadase sus pajas rompiendo mi vendado corazón,

si ese rojo escozor pudiera dar a luz

la risa en mis pulmones como pare el ganado,

no temería yo a la manzana ni al diluvio

ni a la sangre maligna de la primavera.

¿Qué será, macho o hembra? se preguntan las células

y como un fuego arrojan desde la carne la ciruela.

Si me hiciera cosquillas la cabellera incubadora,

el hueso alado que crece en los talones,

la comezón del hombre sobre el muslo del niño,

no temería al hacha ni a las horcas

ni a la varas cruzadas de la guerra.

¿Qué será, macho o hembra? se preguntan los dedos

que llenan las paredes de niñas inmaduras

con sus hombres dibujados a tiza.

Si me hiciera cosquillas la avidez del granuja

que insufla su calor al nervio en carne viva

no temería al diablo sobre el lomo

ni a la tumba veraz.

Si me hiciera cosquillas el roce de los amantes

que no borra ni las patas de gallo ni la risa sin dientes

sobre magras quijadas en la vejez enferma,

el tiempo y las ladillas y el burdel de amoríos

me dejaría frío como manteca para moscas,

las espumas del mar bien podrían ahogarme

cuando rompen y mueren al pie de los amantes.

La mitad de este mundo es del demonio, la otra mitad es mía,

bobo por esa droga fumada en una niña

y enredado en el brote que bifurca su ojo.

La tibia del anciano y mi hueso tienen la misma médula

y todos los arenques huelen dentro del mar,

yo me siento y contemplo bajo mi uña al gusano

que corroe lo vivo.

Y éste es el roce, único roce que hormiguea.

El mono contrahecho que se hamaca a lo largo de su sexo

desde las húmedas tinieblas del amor y el tirón de la nodriza

no puede hacer surgir la medianoche de una risa entredientes,

ni del momento en que encuentra una belleza entre los pechos

de la amante, la madre, los amantes o toda su estatura

en la punzante oscuridad.

¿Y qué es el roce? ¿La pluma de la muerte sobre el nervio?

¿es tu boca, amor mío? ¿El abrojo en el beso?

¿Mi payaso de Cristo nacido sobre el árbol entre espinas?

Las palabras de la muerte son más secas aún que su mismo cadáver

y mis heridas llenas de palabras tienen las huellas de tu pelo.

Me haría cosquillas el roce del amor, pues bien:

hombre, sé mi metáfora.

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