Sueña con Palabras

Originalmente este texto era para un Manual de Estimulación Literaria Infantil con el objetivo de instruir a las Madres Comunitarias de Yumbo; nunca se publicó. Lo guardé y hace poco mostrándoselo a Julián Hernández, me dijo que estaba bien, no sólo para estas señoras, sino para estimular a los demás y sobre todo a los poetas. Por ello, ahora lo publico en Barabarie Ilustrada.

Toda expresión artística siempre que se pueda debe ser natural en los individuos, cuando no es así, debe estimularse y reconocer los talentos, pero si se hace a través de la enseñanza debemos romper inicialmente con esa tradición odiosa de las clases y el recreo. Decía Estanislao Zuleta que de esa forma todos llegamos a pensar que el conocimiento es aburrido y lo divertido no sirve para nada, entonces la enseñanza del arte debe tener esa carga de motivación y pasión que contamina, esa alegría y espontaneidad que anima a seguir hasta el último instante sólo por vivir la experiencia y no por lo que se logre con ella, así es el arte.

La Literatura es un arte y como tal se desarrolla a través de una vocación en los individuos, lo cual quiere decir, que desde edad temprana hay un acercamiento intuitivo y a veces guiado con el instrumento de este arte: una relación de familiaridad con las palabras.

La familiaridad con las palabras se logra con el reconocimiento de la lengua materna, en nuestro caso el español. Nombrar con ciertas palabras los objetos y las criaturas: “esto es una mesa”, “esta es tu mamá”, “este es un perro”, et all. El mundo es designado con palabras, entonces las palabras llegan a ser tan concretas como lo que nombran, ese es el nivel básico de todo lenguaje, pero la curiosidad literaria lleva los individuos a preguntarse algo más, que es muy simple en apariencia: “¿Qué son las palabras?”

Las palabras también son cosas, objetos, y se definen con otras palabras: “¿Qué es una casa? Una casa es un edificio destinado a vivienda, pero ¿qué es un edificio? Es una construcción alta para albergar personas, pero ¿qué es una construcción?” De esta forma alguien puede seguir la línea de una sola palabra y sus muchos sentidos.

Los creadores literarios tienen muy clara esta última idea: cuando se escribe se sabe, o se debería saber, que se trabaja con palabras que sirven para representar el mundo. El mundo real, por así decirlo, es ese de allá que para evitar confusiones con palabras sólo basta señalarlo, pero el mundo literario es de carácter textual, por lo tanto lo que llamamos estilo puede notarse cuando un individuo sea niño o escritor comienza a nombrar las palabras, que todos compartimos, bajo sus propias experiencias, sus propias convicciones, sus gustos particulares, sus propias necesidades, así hasta crear un mundo personal y diferente al común, un mundo cargado con igual sentido y en ocasiones hasta con más belleza.

Un ejemplo de lo anterior, es este poema de Nicanor Parra:

Cambios de nombre

A los amantes de las bellas letras

hago llegar mis mejores deseos

voy a cambiar de nombre a algunas cosas.

Mi posición es ésta:

el poeta no cumple su palabra

si no cambia los nombres de las cosas.

¿Con qué razón el sol

ha de seguir llamándose sol?

¡Pido que se le llame Micifuz

el de las botas de cuarenta leguas!

¿Mis zapatos parecen ataúdes?

Sepan que desde hoy en adelante

los zapatos se llaman ataúdes.

Comuníquese, anótese y publíquese

que los zapatos han cambiado de nombre:

desde ahora se llaman ataúdes.

Bueno, la noche es larga

todo poeta que se estime a sí mismo

debe tener su propio diccionario

y antes que se me olvide

al propio Dios hay que cambiarle nombre

que cada cual lo llame como quiera:

ese es un problema personal.

Otra virtud de las palabras es su capacidad para contar experiencias, inicialmente como forma de comunicación: yo te cuento cómo me fue en un paseo o viaje. Luego como forma de divertimento, convertimos esa anécdota en una pieza literaria y si se puede en una obra de arte: yo escribo con gran belleza y finura estética un cuento sobre lo que viví en el paseo, una novela sobre el viaje.

Hasta aquí podemos reconocer dos formas literarias: la primera, cuando una persona define, como popularmente se dice, el mundo en sus propias palabras, llamamos a eso una cualidad poética: los poetas nombran. La segunda, cuando una persona convierte sus experiencias, e incluso inventa otras con su imaginación, en relatos verbales o escritos que entretienen, contar con palabras; llamamos a eso una cualidad narrativa: son narradores.

Al respecto hay una anécdota del poeta francés Max Jacob, el cual cuando en un recital alguien le preguntó la diferencia entre un poeta y un narrador, éste respondió que si en un lugar hay una mujer vestida de verde y entra un narrador, diría: “al entrar al lugar una hermosa mujer vestida de verde me esperaba”, mientras que el poeta dirá: “esa mujer está vestida de yerbas”. Son cualidades diferentes mas no se excluyen, una persona puede llegar a ser narrador y poeta de grandes dimensiones, demos los casos de Julio Cortázar: escribió Rayuela (Novela) y las  Historias de Cronopios y de Famas (Poesía), o en nuestro país, Álvaro Mutis que escribió La mansión de Araucaíma (Novela corta) y Los elementos del Desastre (Poesía).

A Sigmund Freud le debemos una hermosa teoría sobre este tema, en El creador literario y el fantaseo: “Acaso tendríamos derecho a decir: todo niño que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada”.

También hay otro aspecto de importancia en esta teoría y es que: “El dichoso nunca fantasea; sólo lo hace el insatisfecho. Deseos insatisfechos son las fuerzas de las fantasías, y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo, una rectificación de la insatisfactoria realidad”. Como bien se aclara, la insatisfacción no debe estimularse con fines literarios, de eso se encarga la vida.

Los niños viven como en un sueño, o no es cierto que los recuerdos de la primera infancia son vagos y tenues como cuando al despertarnos después de un sueño sólo recordamos fragmentos. Sin embargo, la infancia tan confusa es la que determina la vida adulta, el niño es el padre del hombre (Wordsworth), los sueños determinan lo que deseamos en la vigilia, inmenso mundo soñando las cosas por venir (Shakespeare), es por ello que Jorge Luis Borges decía que la literatura era un sueño dirigido, que desde la infancia se sueña con palabras y luego con una vocación podemos convertir esos sueños en literatura.

En fin, quiero resumir todo esto con una anécdota de Borges que nos cuenta Adolfo Bioy Casares en su Diario:

Cuenta también que hoy iba en el subterráneo y un chico preguntó: «¿Cuánto falta para Palermo?». Repitió: «¿Cuánto falta?» y después, riéndose, llegó a «¿Cuánto flauta para Palermo?» y quizá a «cuánta flauta». BORGES: «Era un momento importantísimo en su vida. Estaba descubriendo que había palabras parecidas y que ponerlas juntas era gracioso. No, era mucho más: estaba descubriendo la literatura. Los padres no le hacían caso. Hablaban entre ellos. Yo quise mirarlo, para reírme con él. No lo vi».

L. C. Bermeo Gamboa

 

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