El pueblo como ciudad imposible

L. C. Bermeo Gamboa

No voy hablar de la historia de Yumbo, sé que hay muchos aficionados a los archivos de época que de vez en cuando sacan cartillas ilustradas del pueblo viejo que somos, también conozco un historiador, Luis Alberto Londoño y cuando tenga dudas de este lugar le pediré que me cuente todo pero oralmente, que ningún historiador yumbeño escriba con intenciones artísticas, esa no es su área, al menos hasta hoy ellos no saben lo que es entretener.

Yo sostengo que la buena Literatura es fruto de una estética individual, más que de una idea de justicia y reivindicación social, el placer literario como el artístico está por encima de ideales sociales, políticos, filosóficos, históricos, psicológicos y aun culturales, quien no encuentre ese goce solitario de la lectura desideologizada, quien no pueda leer un buen libro con el mismo desinterés con que escucha una canción una y otra vez, es como decía Longino, un resentido que ha olvidado lo que es el placer.

Algunos historiadores han logrado ser artistas de la escritura como Germán Arciniegas aquí en Colombia, mientras que algunos artistas han logrado hacer historia comprobando eso que Oscar Wilde decía, tal vez con soberbia, cualquiera puede hacer historia; pero sólo un gran hombre puede escribirla.

Entre los artistas que han logrado hacer historia quiero mencionar un caso cercano y harto conocido: el escritor caleño Andrés Caicedo escribió una serie de cuentos llamados Calicalabozo donde decía sin ningún compromiso con su sociedad: Maldita sea, Cali es una ciudad que espera, pero no le abre las puertas a los desesperados. Más adelante en Infección nos dice: Sí, odio a Cali, una ciudad con unos habitantes que caminan y caminan… y piensan en todo, y no saben si son felices.

La relación que tuvo Andrés Caicedo con su ciudad fue la de un hijo que a toda costa quiere ser diferente de su padre y que a fuerza de negación terminó aprendiéndose de memoria su cara, de la ciudad, sus gestos, de su gente.

Cali, en su obra, está retratada no para hacerla lucir como a la gente de su tiempo le hubiera gustado: maricas, marihuaneros, matones, psicópatas, ladrones, putas, hippies, rockeros y salseros. La ironía es que ahora todos dan por sentada la cultura caleña como algo a flor de piel, sin embargo esa presumida actitud de los de la sultana del valle, fue una invención de Andresito, y vuelvo con Wilde: la vida copia a la literatura. Claro, el mito del autor suicida contribuyó a que fuera y siga siendo leído, sobre todo por jóvenes a quienes no les interesa la calidad, porque hay que reconocerlo Caicedo fue un preámbulo y su visión sigue siendo la más interesante de Cali.

Y a eso se debe que las nuevas generaciones se identifiquen con él, sin siquiera haber leído Qué viva la música donde se impone el arquetipo de la Eva Rumbera, es decir, una puta rubia rubísima y salsera. Los caleños viven en muchos aspectos de acuerdo a su visión, sin la cual no podemos imaginarnos con claridad a la Cali de los años 60, Caicedo fundó el mito contemporáneo de esa ciudad y ahora hasta el mismo Estado quiere aprovecharse de sus símbolos.

Las relaciones de los escritores con la ciudad siempre son de dos formas: mientras unos la celebran, otros la deploran y no puede ser de otra manera, Octavio Paz plantea que el arte siempre se nutre del lenguaje social, aunque hay que distinguir entre el arte que se inspira en las creencias e ideales de una sociedad y el arte sometido a un poder tiránico que corrompe la creatividad y le roba toda la espontaneidad a la creación.

 Hasta ahora he notado con tristeza que los artistas en Yumbo están demasiado comprometidos con intereses e ideas políticas y sociales, algunos con más suerte en la burocracia que en el arte. A parte de que siempre buscan la colectividad: asociaciones, colectivos, fundaciones, et all; cuando el arte es tarea individual, y van dejando de lado su espontaneidad para adaptarse a los estándares de valores y conductas que nuestra sociedad quiere alcanzar en términos de convivencia y respeto.

Nuestro pueblo, por supuesto, debe mejorar socialmente, cuando empiecen a matar putas conviene a los poetas quedarse en casa, pero la literatura y el arte no tienen nada que ver con eso, los artistas deben aparentar ser libres y proponer sus propias visiones del entorno sean como negación, crítica, diatriba, afirmación, elogio, culto, popular, indecente, conservadora, blasfema, religiosa, femenina, masculina y por sobre todo personal.

El defecto que veo en los escritores hasta ahora en Yumbo, es que hacen reverencia con su arte a los proyectos políticos, y quieren parecer políticamente correctos, cuando en realidad son, como diría Umberto Eco: “políticamente tontos”. Una cosa es el hombre como ser político, pero una muy diferente y aparte el artista que no se compromete con nada sólo con su obra, eso es algo que tanto artistas como políticos dirigentes deben fomentar, no de otra forma el arte en Yumbo dejara de ser débil y sin consistencia. Ya lo decía Guillermo Cabrera Infante que escribió su Satiricón habanero, el único deber, si hay uno del escritor, es escribir lo mejor posible: la literatura no se hace con ideas sino con palabras.

Dentro de los límites de la realidad el “progreso” de nuestro Municipio importa, pero dentro de los límites de la literatura, no mucho.

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