El libro como adorno

 Por L.C. Bermeo Gamboa

He llegado a saber que muchos altos ejecutivos cuando mandan amoblar su nueva oficina o estudio le encargan a alguien conseguir buenos libros para adornar su biblioteca. Entre esos libros no faltará el Quijote y la Biblia.  ¿A qué se debe esto? Antes que nada a una tradición bastante moderna, la de los libros que todos conocen pero nadie ha leído. En nuestros tiempos, el primer contacto con una gran obra, en literatura como en todas las modalidades de la creación artística, es a través de sus referencias.

No es raro, entonces, descubrirnos estimulados por los frescos de la Capilla Sixtina en la cubierta esmaltada de nuestra taza para el café. El mar de referencias es tan continuo que esas imágenes se reflejarán sobre otros soportes y formatos, lo dijo Walter Benjamin, estamos en la época de la reproductividad técnica de la obra de arte. De tal suerte que en algún momento sabremos que esas imágenes, tan bonitas, provienen de una pintura, que las pintó Miguel Ángel Buonarroti, que están en una iglesia en el Vaticano, que está en Roma, y que son arte.

Las mayoría de las personas creen conocer una obra artística cuando sólo han  conocido uno de sus referentes, por eso casi nunca entran en contacto directo con las obras, esto crea una falsa idea de cultura que no hace sino validar estereotipos de obras que en realidad no se conocen. En el caso de los libros este fenómeno es más problemático, porque actualmente hay mucha gente que sabe de libros sin haberlos leído, mientras los desocupados lectores, como los llamó Cervantes, están en vía de extinción. En nuestra sociedad, como afirmara Nicolás Gómez Dávila: “Se acabó con los analfabetos para multiplicar a los iletrados”.

Algunos dirán que la lectura no es sólo la literaria, que en el mundo es necesario leer en todos los oficios: un ama de casa lee el manual de funcionamiento de su lavadora, en el laboratorio el científico lee las teorías y procedimientos acerca de la manipulación del átomo o del genoma. En su computador un hombre solitario y desesperado lee las condiciones de acceso y pago para poder ver, a una hermosa mujer o a un hermoso muchacho, cumplir sus deseos a través de la web; otro hombre solitario y desesperado consulta su estado de cuenta, y otro lee en su tablet las ediciones de sus diarios preferidos.

¿Cómo diferenciar a alguien que sabe de libros de un verdadero lector? El verdadero lector como buen ingenuo va directamente al libro, mientras el que sabe de libros casi nunca llega al libro, debido a que toma el camino referencial y entonces va de película en documental, de ensayo en reseña, hasta que cuando lee la obra ya sabe todo de ella, ha perdido el sentido crítico y la dosis de inocencia que se necesita para que la literatura influya en nosotros.

¿Y por qué sobreviven los libros, las grandes obras literarias? Por lo que ya he mencionado, viven como referente y como nada más. En tanto, todas las referencias que a una obra se hacen la convierten en adorno, la vuelven útil. Y no estoy hablando de las referencias textuales, a través de citas. Hablo de la referencia que hay en una camiseta donde se estampa la imagen caricatural del Quijote y se vende como un  souvenir.

Y sin embargo, se sigue imprimiendo el Quijote en ediciones lujosas y conmemorativas, en formatos digitales, ilustrados con los grabados que hiciera Gustavo Doré. Y así,  a veces, sin siquiera ojearlo, llegan al pedestal que algún amante de la cultura ha construido para su exhibición permanente, quedando precisamente como utilería. En esa actitud no hay respeto sino afectación, un lector de verdad es un profanador profesional, alguien a quien los manuscritos originales, una edición príncipe o un incunable de alguna obra, lo llevan al crimen de leer; no importan las consecuencias.

El verdadero lector no resiste la tentación de saber con exactitud qué páginas están carcomidas o qué palabra se ha borrado por el tiempo, comprobar todas las erratas, y como si fuera un perro entre libros dejar su marca: subrayar con lapicero algún pasaje memorable y dejar comentarios al margen. A eso le llamo entrar en contacto con un libro, por eso las biblioteca públicas no me atraen, en ellas no permiten que el lector se adueñe de lo leído, por el contrario lo frustran cuando tratan de imponerle esa cultura solemne y tonta en la que se debe respetar absurdamente los libros. Las bibliotecas públicas actuales son grandes galerías con estantes adornados de libros, allí enseñan a los niños a ver los libros como algo sagrado e inviolable, de este modo crean a unos pervertidos que en el futuro adornarán con libros de utilería sus grandes estudios.

Anuncios