El parto de la noche

Que cada hijo tenga un nombre

que su nombre sea una sombra

que su sombra sea una hermana

por los caminos inciertos.

 

 (Changó el gran putas)

Manuel Zapata Olivella

 

A esta criatura, que los poetas

han llamado bella cuando sentían miedo,

la selva ha dado por piel la noche.

Afuera, en el día, los hombres

constructores de rejas la están buscando,

hacia sus trampas intentan llamarle.

Atrapar la noche con nombres

para ver en claroscuro cosa diferente,

desde entonces palabras han inventado.

Y cuando el crepúsculo ha iniciado

los hombres, en silencio reverente,

huyen perseguidos a sus moradas.

Y en su temerosa mirada,

el cazador que ha sido cazado

observa como la noche se vuelve raza.

Y la sombra recién parida

en rito danzando con el fuego

antes del alba toman forma de pantera.

Ahora el hombre sigue la huella

de la bestia que en la selva se ha perdido

e ignora la noche que bajo sus pies lo asedia.

L. C. Bermeo Gamboa

Poemas precedentes:

La pantera

                                                         París, Jardin des Plantes

Cansada del pasar de los barrotes,

su mirada ya no retiene nada.

Es igual que si hubiera mil barrotes,

y detrás de ellos no quedara mundo.

Su blando andar de fuertes pasos ágiles,

en círculos más cortos cada vez,

es danza de una fuerza en torno a un centro

donde, aturdido, se alza un gran deseo.

Sólo, a veces, se apartan las cortinas

de la pupila, sin ruido: una imagen

cruza la tensa calma de sus miembros,

y allá en su corazón deja de ser.

 (Rainer Maria Rilke, Poesías Juveniles)

La pantera

Tras los fuertes barrotes la pantera
Repetirá el monótono camino
Que es (pero no lo sabe) su destino
De negra joya, aciaga y prisionera.
Son miles las que pasan y son miles
Las que vuelven, pero es una y eterna
La pantera fatal que en su caverna
Traza la recta que un eterno Aquiles
Traza en el sueño que ha soñado el griego.
No sabe que hay praderas y montañas
De ciervos cuyas trémulas entrañas
Deleitarían su apetito ciego.
En vano es vario el orbe. La jornada
Que cumple cada cual ya fue fijada.

(Jorge Luis Borges, La rosa profunda)


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