A la Orilla del Río espera un Bus

Quiero dejar algo claro para los que buscan explicaciones en la poesía, estos poemas no son más sinceros que el resto, son simplemente más personales.

A la Orilla del Río espera un Bus

Era de mi papá, se lo había regalado su Papá,

adentro llevaba muchas personas a la capital

y yo era el más importante

porque conocía el camino,

además cuando ellos murieran

el bus sería mío y todos me buscarían,

por eso siempre tuve paciencia,

un día sería chofer, transportador.

 

Vivimos a orillas del río, un patio húmedo

donde se pierden las pelotas de fútbol,

con su agua lavábamos nuestro bus

que tenía muchos colores

y era como gallo de pelea

que en vez de espuelas tenía rines de plata.

 

A veces de paseo íbamos al mismo río,

pero más arriba donde tenía la garganta,

allí todos bañaban,

incluso el bus que nadaba como perro

y con su frío de metal salía a la orilla,

tomaba el sol y esperaba a sus amos

con el vientre seco

para llevarlos de vuelta a casa.

 

¿Cuántas veces en uno de tus 30 puestos

me has llevado de ida y de vuelta?

Cuando está encendido el  bus

su rugido se confunde con el del río,

ambos quieren llevarme al mismo lugar,

en uno espera Caronte en otro mi papá.

 

A la orilla del río espera un bus

sin retorno y rumbo a la muerte,

sin temor me siento

en el único puesto libre,

no es la primera vez.

 

A Ciencia Cierta…

 

 

He llegado a saber algo

de eso que los intelectuales llaman conocimiento.

Aunque siempre le creí a mi padre lo que decía:

“Tú, igual que los grandes, has nacido con estrella”.

Llegó el día en que confiado mire al cielo,

observé a mis hermanas que brillaban

a miles de años luz, pero su distancia era demasiada,

tanto que comprobé que ese destello era olvido,

era el último atisbo de algo muerto en el infinito.

Si es verdad que tengo una estrella,

entonces en realidad no la tengo, soy un desposeído,

a menos que el olvido sea un bien

y he vivido lo suficiente para comprobarlo.

Mi deber como uno de los grandes,

es deshacerme de toda luz y producir olvido,

ahora mismo comenzaría por apagar tu imagen,

aunque como dije, aprendí algo del universo,

y sé con esa fe, la que los sabios llaman ciencia,

que ese recuerdo tarda años luz en oscurecer.

 

 

 

Sin cumplir promesas

 

Los perros son como la muerte:

quieren huesos.

 

Alejandra Pizarnik

Hay que ser vela, ya lo dijo Kavafis,

regar nuestro esperma,

agotarlo por días oscuros

y jamás ser luz.

 

Y siendo justo,

negarse a dar lo suficiente,

alimentar con la ilusión

todo aquello que la presencia

haya dejado en promesas.

 

Permanecer muerto en el río

y ver a los buitres devorar

los intestinos de un perro callejero.

 

A veces vivir,

merece un poco quitarse la vida.

 

Igual, tendremos que amanecer

dándole una sonrisa hipócrita al día.

 

A veces morir,

aunque lo deseemos,

no nos quita la vida.

 

 

 

Acogimiento

 

Cuando llegue allá, a la ciudad del gran poeta,

comprenderé que mi vida nunca fue hacer el amor en casa,

¿Será Buenos Aires o París?

Si me conoces bien, pensarás en Nietzsche y llegarás seguramente a Weimar.

Me dirás que me necesitas como molde para tus hijos,

y para acabarme las colillas de tus cigarros.

 

De otro padre serán tus hijos, tal vez de uno

que se preocupe en mantenerlos

y no en leer lo suficiente para no repetir

en poemas ideas de otros

y abarcar tanto como pueda

antes de una ceguera imaginaria

a los cincuenta años.

 

Y las comidas, tu carne agria,

tu aguacate con limón,

todas las que precipitaban mi úlcera,

todos esas delicias de la pobreza,

en la costumbre de otro amor tendrán lugar.

 

Siempre volverás husmeando por las calles,

buscando en los rincones donde orino,

reconociendo mi alma,

y el día que me encuentres

ahí verás mis huesos para que los devores,

yo estaré arrastrándome,

yo seré la calle bajo el río de gente,

entre la masa que pruebes con apatía

como dos personas que se chocan

por una avenida sin tiempo de reconocerse.

 

 

 

Los Días se Desaguan

 

 

 

Otro día que no acaba,

afuera amanece,

con el río se va la luz del pueblo,

ahora se desagua la del sol.

De esta forma no llegaré a los treinta,

tanto insomnio, poca comida,

pero el hambre real es de sueño.

 

Aquí cinco libros en ciernes:

el café, la lectura y los cigarros

no tienen fin, eso lo supo Bukowski

aunque él llegó a los setenta,

¿llegaré a los treinta?

Antes puedo ir a París

esa patria decadente de Darío y Silva

¿llegaré a París?

No, allá no hay lugar para mí,

a los treinta, esa patria de la madurez

allá sí, mientras viva en este pueblo

donde la muerte nunca se ha llevado a nadie,

la gente  no deja de repetirse en otros,

no deja de ser la misma lástima,

¿me llagará la muerte?

Como voy con tanto cigarrillo, tanta cerveza,

tanto heavy metal y tanto Bartok, no creo,

aunque el río tal vez me lleve con la luz:

me desaguo de días.

 

 

 

Sobre Ruedas

La primera mujer que deseé

fue una puta que mi padre me presentó,

yo tenía 10 años

y jamás había vivido con mi madre,

lo cual no me hizo sentir culpa.

Él era como mi hermano mayor

y sabía aquello que algún día

iba a necesitar cualquier hombre:

cómo acostarse con una mujer.

 

Era un chofer de bus y me llevaba

a todos sus viajes,

la mayoría eran solo de la capital

al pueblo en unos 20 minutos,

pero otras veces eran largos caminos

que nos llevaban a ese lugar que yo

aún ignoro, ese país donde nací,

yo hablaba poco, solo observaba,

por eso no recuerdo a nadie

de esos lugares, auque en una conversación

puedo presumir aludiendo a los estereotipos,

en este país cuyo talento es ignorado,

solo se explota el clisé y cada espécimen

sirve para una postal o para una ficha de laboratorio.

 

Mi educación sentimental fue sobre ruedas,

para mi padre ningún lugar era conocido

hasta no probar sus mujeres, yo lo notaba,

en cada estación se decían entre choferes:

¿ya sabés dónde están los putiaderos?

 

Siempre fue mi hermano, a veces lo odiaba,

hoy ya es mi padre, pero de no haber sido,

por esa pequeña confusión de roles,

nunca hubiera asumido sus enseñanzas

de una forma tan fiel y humilde.

Lo único que no logré aprender jamás

fue a conducir un auto,

ahora me doy cuenta lo necesario.

 

Noviembre 25 de 2009

 

 

 

Prosa Para Pedir Perdón

 

¡Puta! Dijo mi úlcera y el ácido liquido del que vomité mis palabras en tu cara de traición. No tenía mayor comparación que Naná, eras la prostituta hija de una borracha. No soy más que un enfermo del lenguaje, alguien que no supo traducir como otros, tanto dolor en un consuelo de versos.

 

Vendrán los días risibles cuando compruebe que no hay nadie más absurdo que un poeta, que no somos hombres para el silencio de la madurez, somos niños que insultan a sus madres cuando la leche está agria en sus teteros y les decimos con la palabra más savia: ¡puta tú no sabes hervir la leche!

 

Todo perdón es un pretexto para no olvidar que fuimos ideales. Toda ofensa como la misma carne se pudre y lo que fuimos nos espanta, ahora sólo vendrán los buitres para dejar un poco de pasto manchado y la sombra de lo amado.

 

Algo sobra que el orgullo oculta y un diálogo con las calles sin respuesta, unas palabras con vergüenza quedan en el rojo de los semáforos pidiendo a los impulsivos motores disculpas por hacerles perder el tiempo.

 

 Buen Tacto

 Al regresar de la escuela

recuerdo un día cuando un niño

sin propósito alguno

se me atravesó en el camino

y me dio un golpe en la cara.

 

Me di cuenta de que yo existía

y también el mundo que me golpeaba,

entonces por puro afán de vida

encontré la manera de esquivar,

observando bien, como los poetas.

 

Aprender a boxear y a vivir

es tan sencillo que te deja loco,

te fractura el cráneo

te nubla la vista

hace que te muerdas la lengua

y escupas sangre.

¿Para qué ir a la escuela?

 

 

Insensible como es el mundo,

sin sentidos como quedamos todos,

lo más urgente es que las personas

aprendamos desde niños boxeo y poesía

darle un uso útil a las manos.

 

 

Julio 6 de 2010

 

 

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